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José García Domínguez

¿Toman por idiotas a los catalanes?

No puede haber movimiento de liberación nacional que tenga en tan baja estima el cociente intelectual medio de los suyos como el catalán.

José García Domínguez
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No puede haber movimiento de liberación nacional que tenga en tan baja estima el cociente intelectual medio de los suyos como el catalán.

No puede haber en el mundo movimiento de liberación nacional que tenga en tan baja estima el cociente intelectual medio de la nación a liberar como el que encabezan Mas y su fiel escudero Junqueras. Seguro que no lo hay. Tanto el apéndice sanchopancesco como su señor, esa engolada reencarnación mediterránea del doctor Pangloss, deben creer en su fuero interno que Cataluña es un país formado por siete millones y medio de tontitos de baba. Imposible, si así no fuera, comprender el tenaz, constante, obstinado afán de nuestros libertadores por vendernos burras ciegas sin el menor asomo de pudor, ni el más mínimo. Y es que una vez segregado, aseguran muy orondos y circunspectos, el país petit será Jauja.

El dinero brotará de los árboles, en especial de las palmeras. Los grandes mandatarios todos del planeta formarán largas colas en las Ramblas para suplicar que la Generalitat les conceda signar acuerdos mercantiles con Cataluña. Lejos de hundirse por la debacle del comercio con el resto de España, el PIB local dará un súbito estirón merced a la rauda conquista catalana de fabulosos mercados internacionales hoy ignotos. Huelga decir que permaneceríamos como miembros de pleno derecho de la Unión Europea, pese a las reiteradas advertencias en sentido contrario de la propia Unión Europea. Nos toman por idiotas, es evidente. Al punto de que sesudos académicos de impecable traje gris, gentes a las que se presumiría en las antípodas de showmen tipo Sala i Martín, aseguran, ¡y por escrito!, que romper España ni tan siquiera tendría efectos sobre el comercio mutuo.

La razón, según tales sabios, es que ni a España ni a Cataluña interesaría dejar de hacer caja por tamaña nimiedad. Con lúcido sarcasmo, el catedrático Clemente Polo ha lamentado al respecto que los economistas en nómina de Mas no estuvieran presentes en las disputas previas a la Guerra de Secesión americana "para explicar a federalistas y confederados que la misma les ocasionaría cuantiosas pérdidas a ambos bandos y que, por tanto, la solución más deseable era dejar que los Estados sureños se independizaran". Sin duda, de haber podido aprender de nuestras grandes luminarias domésticas, ni Lincoln ni el Congreso hubieran incurrido en el error de defender la Constitución aplastando a los insurrectos. Nos han tomado por idiotas, nadie lo dude.

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