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Atreverse a intentarlo

Cuando un ministro no sabe qué hacer, lo aconsejable es que no haga nada.

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Quien así condiciona su acción no es, desde luego, un ejemplo de arrojo y valentía, y menos aún de reflexión y ponderación, a la hora de pronunciarse sobre decisiones u opiniones, por complejas que fueren.

No parece propio, sin embargo, en el caso de políticos, ministros o no, que lanzan peroratas a diestro y siniestro, no teniendo el menor recato al hacer promesas, tan amplias y onerosas como se requieran, cuando no las piensan cumplir, porque, entre otras razones, su cumplimiento es imposible.

Tampoco, en la dimensión que estamos perfilando, el hecho de atreverse a intentar algo es propio de la iniciativa empresarial, pues en ésta siempre existe un riesgo que, asumible en menor escala, llegará a eludir la iniciativa, cuando se hace presente la incertidumbre, originada por las arbitrariedades del poder.

Estas líneas muestran hoy el temor a decidir, quizá por jugarse el cargo, a la vez que el desconocimiento del oficio, que compromete a quien así se manifiesta, poniendo también en ridículo a quien le designó. Una depauperada relación ministro-presidente del Gobierno.

¿De quién estamos hablando y a quién teme? Quizá lo habrán imaginado; son varios los cabos y fácil su atadura. Me refiero al ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, don Pedro Duque, quien responde, no ante los españoles, como bien debería esperarse, sino ante el presidente del Gobierno que le nombró, y que, en cualquier momento, puede cesarle.

El señor ministro –silencioso, hasta el límite de dudar de su existencia– podría haber sido aun más cauto, por lo que es de agradecerle esa disposición a atreverse a intentar algo que, según confiesa, quisiera hacer.

Lo que quiere atreverse a intentar es –¡oh cielos!– derogar los decretos de 8 de septiembre de 1954 y de 31 de diciembre de 1970, ambos promulgados en período de dictadura franquista. Si es por temor a la resurrección, dada la pretendida exhumación del dictador, yo le diría que esté tranquilo; no hay evidencias de algo semejante. Como muchos, pude ver a Lenin, en su lujoso mausoleo, siempre en idénticas condiciones.

¿O es que hay que crearse trabajo cuando no se sabe qué hacer? En estos casos, mi opinión es la contraria: cuando un ministro no sabe qué hacer, lo aconsejable es que no haga nada.

Lo que sí convendría, con urgencia, es que conozca la legislación universitaria, pues el referido decreto del dictador fue derogado por el Real Decreto 898/1985, de 30 de abril, en lo correspondiente al profesorado; y, en lo referido a estudiantes, la Ley Orgánica de Reforma Universitaria, Ley 11/1983 de 25 de agosto –artículo 27.3–, delega la regulación disciplinaria de alumnos a las propias universidades; tampoco al Ministerio. Ambas disposiciones, promulgadas por Gobiernos del PSOE –ministro Maravall–.

Además, señor ministro, ¿acaso el principal problema de la universidad es el derogado decreto? Sus manifestaciones y preocupaciones nos obligan a pensar que el ministro Duque vive en la Luna, y, aunque profesionalmente será correcto, como gobernante será desastroso.

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