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José T. Raga

Radares por tierra, mar y aire

¿Se ha preguntado la DGT cuál sería el efecto en siniestralidad si se resolvieran los problemas clásicos de la red española de carreteras?

José T. Raga
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Me dirán que exagero, porque por mar no parece que nos vayan a sorprender los radares que nos multen por lo que sea. No estoy seguro, pero si así es, les aseguro que alguien estará pensando en cómo hacerlo. Nuestra esperanza está en que, por el momento, los mares no son competencia de la Dirección General de Tráfico.

Los radares, al menos en España, no son artilugios inocuos; están concebidos para multar y, de hecho, esta es la amenaza que acompaña a su establecimiento en manos de la DGT. Se me dirá, por los más puros, que estos artefactos, voladores o fijos, proporcionan información útil para tomar decisiones correctas sobre los problemas de tráfico.

Aunque no puede soslayarse que multar según el fotograma de un dron equipado con radar tiene un coste ínfimo respecto las multas directas por agentes, por fotogramas de rádares fijos, o más aún por los de los helicópteros al uso.

Se dijo que los radares fijos tenían el efecto de reducir la velocidad –reduciendo siniestralidad –, al ser advertido el conductor de su presencia. ¿Quién va a advertir al conductor de la presencia del instrumento volador que puede captar su infracción?

No se dice que en las zonas en las que vaya a actuar el dron equipado con radar se advierta, como se hace con los radares tramo de carretera, para que esta advertencia aumente la prudencia del conductor. Si no ocurre así, concluiremos que el radar en el dron es para pillar in fraganti al conductor infractor o al distraído; no para reducir siniestralidad.

¿Se ha preguntado la DGT cuál sería el efecto en siniestralidad si se resolvieran los problemas clásicos de la red española de carreteras?

Creo que cualquiera que tuviera que enjuiciar el verdadero significado de señales con permanencia de lustros en nuestras carreteras, tales como "curva peligrosa", "¡precaución! firme deslizante", "¡precaución! alcances", "¡precaución! vientos laterales", o quizá la más siniestra, en buena parte eliminada quizá por vergüenza salvo en advertencias luminosas, de "tramo de accidentes frecuentes", especificando, en ocasiones, el número de accidentes y su gravedad.

Acepto que en el proyecto de una vía haya un error de cálculo en el peralte o en el ángulo de giro de una curva, también en su ejecución, lo que exigiría una señal de advertencia. Lo que no es admisible es que la curva y la advertencia sigan en las mismas condiciones durante diez, quince o veinte años.

Esta negligencia me parece atribuible a que quien penaliza no es penalizado. Un privilegio que rompe los esquemas del Estado de Derecho, que supone que todos, sector privado y sector público, están sometidos a las mismas leyes, aplicadas con el mismo rigor.

Hasta la DGT, al introducir los nuevos drones con radar, aclara que actuarán, prioritariamente, en aquellos tramos donde el riesgo de accidentabilidad es mayor. ¿Y…?

En fin, la clásica persecución al automovilista; los demás – ciclistas, motociclistas y ¿peatones? tienen la condición de vulnerables.

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