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José T. Raga

Ya lo ha explicado el FMI

El Gobierno está más comprometido con la vertiente publicitaria de sus escasas y, las más de las veces, inútiles acciones que en diseñar un plan no para vivir en crisis sino para contrarrestar la depresión reduciendo sus efectos.

José T. Raga
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Tras las nuevas y fundamentadas previsiones del Fondo Monetario Internacional sobre la economía española –unos días antes se había pronunciado en idéntico sentido la Comisión Europea–, resulta ya innecesario que el señor presidente del Gobierno acuda al Congreso de los Diputados para tratar de explicar la recesión económica en España, sus consecuencias económicas y sociales, y sus posibles soluciones. Sin embargo, el espectáculo político del PSOE y de las formaciones complacientes con él, bloqueando la decisión que requería la presencia del señor presidente ante los representantes de la voluntad popular, ha quedado fijado de manera indubitada como un acto vergonzoso de la historia parlamentaria, mediante el cual el poder legislativo renuncia a conocer la realidad en la que vive la Nación y las ideas del Ejecutivo, si es que existiera alguna, para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos.

Personalmente, nunca pensé que su presencia fuera a explicar algo que en sí mismo fuera congruente, y menos aún que tuviera algo que ver con la realidad. Ya son cinco años de filípicas, de énfasis esdrújulos en frases vacías de contenido, de movimientos repetitivos, aunque acompasados, de manos, hombros y miradas que a nadie se dirigen, y todo ello con el propósito de diseñar un escenario idílico, capaz de embaucar a quienes viendo la tormenta se ponen la mano en la cabeza para protegerse de ella. Refugiado en el dogmatismo, dice y desdice con la misma serenidad y desparpajo que la de aquel que, siguiendo al refranero, nunca ha roto un plato.

Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional, y no el del señor Rato que estaba siendo investido Doctor por el Universidad Rey Juan Carlos, no ha tenido la mínima consideración a la hora de corregir al Gobierno español en sus más pesimistas previsiones, acentuando la gravedad de la situación y fijando un pronóstico que tenemos que reconocer, con tristeza, que se sitúa ya en el entorno de las previsiones realizadas por técnicos, políticos y agentes sociales desde mediados de 2006.

Soy consciente de la especial predilección que el presidente Rodríguez Zapatero tiene a los meses de marzo. A marzo se ha referido con frecuencia, como los idus en los que todos los males encuentran su solución. Aún están presentes sus recientes manifestaciones de que en el marzo próximo –sí, dentro de dos meses– se empezaría a crear empleo con un repunte claro de la economía nacional. Bien es verdad que después matizó retrasando algo la fecha comprometida, pero ahí queda la visión del estadista por si a alguien convence. Y la verdad es que él sabe que hay quien está deseoso de dejarse convencer. Aunque no por eso deja de quejarse cuando vive la situación real que, fatalmente, es la que es, sin que sobre ella ejerza influencia la convicción.

Pues bien, el Fondo Monetario Internacional se muestra implacable: ni marzo, ni abril, ni diciembre de 2009, ni siquiera el año 2010. España vivirá en recesión durante el año 2009, con una contracción prevista del Producto Interior Bruto del 1,7%, y seguirá en su escenario de recesión en el año 2010, en el que se prevé un retroceso del PIB del 0,1%. Ya sé que el Gobierno considera que el FMI, la Unión Europea, la OCDE y cuantos organismos vaticinen malos augurios para la economía gestionada por el Gobierno de España se equivocan con mucha asiduidad, pero da la casualidad de que los españoles que aún tenemos la fortuna de pensar en libertad, y de expresar igualmente lo que pensamos, tenemos muestras más que sobradas para pensar que o el Gobierno no sabe por donde va, hundido en la propia confusión de manifestaciones y contra-manifestaciones, o siendo consciente de la gravedad de la situación y de su incierto futuro –en definitiva tiene más información que nadie para ello– quiere engañar a los españoles, bien para conseguir un aprobado fraudulento a su gestión, bien al menos para que no se le revuelvan demasiado los agentes sociales y la misma sociedad, con aquella aspiración, tan enraizada en nuestro ser, de tener la fiesta en paz.

Sólo así se explica que, mientras la economía se deteriora paulatinamente, vemos disminuir el Producto Interior Bruto, aumenta de forma alarmante el volumen de desempleo, crece sin compasión el déficit público y la deuda del Estado, y el sistema financiero, con desigualdades, anda a trancas y barrancas, el Gobierno esté más comprometido con la vertiente publicitaria de sus escasas y, las más de las veces, inútiles acciones que en diseñar un plan no para vivir en crisis sino para contrarrestar la depresión reduciendo sus efectos. El señor presidente, por su parte, se inclina más por sus apariciones estelares –no me refiero a la brillantez intelectual sino al estrellato en los medios– que en ir, exponer, contrastar y convencer a las Cortes de sus pertinentes ideas para afrontar la difícil situación económica española que, junto con la italiana, nos sitúa a la cola de los países de la OCDE.

Se queja de que se siente sólo y, en momentos de especial clarividencia y honestidad, llega a afirmar que el Gobierno solo no puede resolver los problemas que hoy tiene planteados la economía de la Nación. Lo comprendo, pero sólo una metodología que conduzca a la convicción podrá llevarle al apoyo general apetecido. Tenga en cuenta que, aunque hay quien sigue practicando el hábito de las adhesiones incondicionales, éstas, a Dios gracias, quedaron enterradas en aquella memoria histórica que usted trata de resucitar, cuando el pueblo español optó por la democracia.

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