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A la calle

Si los representantes hacen bien su trabajo, los representados no necesitan blandir pancartas, corear gritos ripiosos y aglomerarse un sábado bajo la nieve.

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Manifestación durante el Día Internacional de la Mujer | C.Jordá

La afición por protestar en la calle es inversamente proporcional al grado de satisfacción de los ciudadanos con su clase política. Si los representantes hacen bien su trabajo, los representados no necesitan blandir pancartas, corear gritos ripiosos y aglomerarse un sábado bajo la nieve. Se podrá decir, no sin razón, que las grandes manifestaciones no solo canalizan el espíritu reivindicativo de la gente. Es verdad. Con mucha frecuencia son la herramienta de combate con que la izquierda trata de apedrear las recetas políticas de la derecha. Es un hecho constatable que socialistas y comunistas, por tradición, diligencia y pericia agitadora, saben usar mejor que sus adversarios la vía pública para hacer de las suyas.

Pero también es verdad, o al menos a mí me lo parece, que de un tiempo a esta parte no son solo ellos quienes forman el grueso del pelotón de los manifestantes. En las dos últimas convocatorias con respuesta multitudinaria -la de la mujer y la de los pensionistas- ha habido gente de toda clase y condición ideológica, aunque admito que no en partes equivalentes. La izquierda es un jinete avezado en el arte de cabalgar sobre el enfadado de la marabunta.

Cometeríamos un grave error, sin embargo, si despacháramos el asunto de las dos grandes movilizaciones del mes de marzo -la del 8 y la del 17- con el escueto diagnóstico de que son cosas del populismo izquierdoso. También, sí. Pero no solo. Las dos causas que sacaron a tanta gente a la calle, más allá de la habilidad de cada cual para rentabilizarlas, son tan propias de la izquierda como de la derecha. Ni la desigualdad de la mujer ni la dignidad de las pensiones son banderas patrimoniales de unos o de otros. Ninguna de las dos hubiera resultado tan numerosa si el lema de la convocatoria se hubiera circunscrito a consignas partisanas.

Si los socialistas fueran más espabilados se darían cuenta de esa circunstancia y dejarían de hacer el canelo en algunos ámbitos donde su tendencia a dejarse llevar por las apelaciones al hemisferio emocional de su electorado sobrepuja a cualquier planteamiento racional. Se lo ha dicho Javier Solana durante la celebración de la escuela de buen gobierno que había programado Pedro Sánchez para mayor gloria de sí mismo: ¿Qué diablos hace el PSOE abandonando la subcomisión parlamentaria que buscaba un gran pacto educativo? ¿Por qué trata de ganar a gritos, y no con razonamientos, debates como el de la prisión permanente revisable? A la izquierda europea se la empezó a llevar por delante su falta de equilibrio a la hora de medir el peso de la seguridad frente al de la libertad en la ecuación clásica que ha distinguido hasta ahora las señas de identidad de la derecha y la izquierda. ¿Frente a la creciente demanda social de mayores dosis de seguridad, la única respuesta socialista es la vocinglera?

Es evidente que la enfermedad de la "podemitis" tiene sorbido el seso de los gurús de Ferraz. Para que Iglesias no se haga fuerte en solitario en las causas tradicionales de la izquierda -que para más inri está en crisis-, la táctica de Sánchez parece consistir en ver quién grita más alto, quién se manifiesta con más entusiasmo o quién firma la iniciativa parlamentaria más campanuda, ya sea para pedir penas de cárcel a quien se le ocurra hablar del franquismo sin otro motivo que no sea denostarlo o para dinamitar el espíritu fundacional del pacto de Toledo.

El deseo de no amilanarse ante el vocerío podemita llevó a los ediles socialistas del consistorio madrileño a guardar un ominoso silencio, el viernes pasado, mientras el barrio de Lavapiés se convertía en un campo de batalla deliberadamente embarrado por los los agitadores anticapitalistas. Tuvo que salir José Luis Ábalos, que ya había ejercido de bombero el día anterior tras el fiasco del debate de la prisión permanente revisable, a imponer un poco de sentido común.

No entiendo por qué no toma nota Pedro Sánchez de lo saludable que ha sido para él la búsqueda de acuerdos para defender en común la idea de España y de lo perjudicial que ha sido para Iglesias la postura contraria. ¿Por qué no sigue la misma pauta en materia de educación o de memoria histórica? Con la única complicidad de Podemos, sus reivindicaciones políticas no hubieran llevado a la calle ni la mitad de los manifestantes que se han dejado ver estos días. Solana tiene razón: a la dirección actual del partido solo le preocupa controlar el poder orgánico mientras afuera el mundo cambia a una velocidad vertiginosa y no presta atención a esos acontecimientos que le pasan por encima.

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