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Nos da igual quién gane en Irán

El sistema electoral en Irán es directamente un fraude, un artificio controlado por el líder supremo que no deja ni un resquicio a la modernización

Manuel Fernández Ordóñez
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Mientras escribo estas líneas se ha procedido ya al recuento de casi diez millones de votos en las elecciones del país persa. Los pronósticos, nuevamente, han fallado y parece que asistiremos a una victoria muy holgada del candidato "reformista", Hasan Rohani. Pero no nos engañemos, lo que en Irán consideran moderado y reformista no tiene el mismo significado que en Occidente.

El sistema electoral en Irán es directamente un fraude, un artificio controlado por el líder supremo que no deja ni un resquicio a la modernización del país ni a salirse de la senda marcada por el discurso radical islamista fabricado por el ayatolá Jamenei y los clérigos de Qom, creadores y mecenas de grupos terroristas como Hezbollah y el gran apoyo del régimen del terror impuesto en Siria por Al Assad y sus armas químicas.

El pueblo iraní vota, sí, pero lo hace eligiendo entre unos candidatos seleccionados de manera arbitraria por el líder supremo. Para presentarse a las elecciones, el candidato ha de haber nacido en Irán, ha de creer en Dios, en el Islam, en la Revolución y ser mayor de 21 años. Esto ya limita bastante la supuesta democracia que dicen ostentar.

La lista de candidatos es revisada por el Consejo Guardián, una institución a través de la cual el ayatolá controla los poderes ejecutivo y legislativo en Irán. Este Consejo está formado por seis clérigos elegidos por el ayatolá y seis miembros elegidos por el Parlamento, pero aprobados también por Jamenei. La lista de candidatos es filtrada por el Consejo, que impide presentarse a aquellos candidatos que no son aptos para la Revolución Islámica e impide, del mismo modo, presentarse a las mujeres. A modo de curiosidad, el Consejo Guardián tiene también derecho de veto a cualquier Ley que sea aprobada por el Parlamento si ésta no es compatible con el espíritu de la Revolución o la concepción del Islam del líder supremo. Ésa es la democracia en Irán.

En estas elecciones de 2013, el Consejo vetó a todos los candidatos moderados de la lista como Rafsanjani, Mashaei, Karoubi o Mosavi (que perdió las elecciones de 2009 frente a Ahmadinejad de manera sospechosa). Este hecho puede explicar el gran apoyo recibido por el candidato más reformista de los que sobrevivieron a la criba, Rohani, como indicio de que la sociedad iraní quiere cambio y progreso. Pero conviene no confundir los términos, cualquiera que se presenta a las elecciones tiene el visto bueno del ayatolá Jamenei y no se desviará del camino y los planes previstos por la Revolución, si no fuera así, no estaría en la lista.

Los otros dos candidatos favoritos en las encuestas eran Saeed Jalili y Mohamed Qalibaf, ambos salidos de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica y considerados del ala más dura y conservadora que seguirían, previsiblemente, una política continuista similar a la de Ahmadinejad. Jalili, de hecho, es el actual secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y lleva personalmente el liderazgo de las negociaciones nucleares con Occidente con los resultados que todos conocemos, más de diez años de marear la perdiz y beligerante léxico antioccidental. El previsible ganador, Rohani, también ostentó este puesto entre 1998 y 2005.

La realidad es que gane quien gane las elecciones en Irán, la política llevada a cabo por el país persa será la misma de los últimos años porque, en lo fundamental, los designios de Persia los dirige Jamenei y no el presidente electo. Amén de divergencias y enfrentamientos personales, como los vividos entre el ayatolá y Ahmadinejad, los pilares fundamentales que sustentan las riendas de Irán no se conforman en el Majlis, sino en la sede del líder supremo y en la ciudad santa de Qom. Eso no va a cambiar, gane quien gane las elecciones.

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