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Especulaciones electorales

La hipótesis de la gran coalición bipartidista emerge como la única que puede dar salida al caos político que ya se vislumbra.

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El bipartidismo es una característica estructural de nuestro sistema electoral que se deriva principalmente del carácter provincial de las circunscripciones y de la asignación a cada una de ellas de un mínimo de dos diputados. Buena prueba de ello es que, considerando las once elecciones generales que se han celebrado en España desde 1977, los escaños para los dos primeros partidos han oscilado entre un mínimo de 282 en 1989 y un máximo de 323 en 2008, siendo los porcentajes de voto por ellos obtenidos del 65,5 y 83,8 por ciento, respectivamente.

Dos son las condiciones que conducen a que esto haya sido así. La primera es que en el sistema predominan las circunscripciones de tamaño reducido, pues hay 27 que eligen hasta un máximo de cinco diputados y otras 18 en las que el número asciende hasta los ocho representantes. Y la segunda es que, en general, el electorado ha registrado hasta ahora un bajo grado de fragmentación en la mayor parte del país, siendo excepcional a este respecto el comportamiento de las provincias en las que concurren fuerzas nacionalistas.

El funcionamiento del sistema en las circunscripciones más pequeñas hace que todos los escaños se repartan entre dos partidos, pues resulta difícil llegar en ellas al umbral de votos necesario para entrar en la adjudicación, que en las últimas elecciones se situó por encima del 19 por ciento. Sin embargo, ha habido casos -como los de Álava, Navarra y Lérida- en los que una fuerte fragmentación del electorado ha llevado al Congreso, en esas circunscripciones, hasta a cuatro partidos. En las de tamaño intermedio -hasta ocho diputados- ese umbral se reduce a la mitad y ello hace que las oportunidades para los partidos minoritarios sean mayores, lo que no obsta para que en buena parte de ellas la representación recaiga en solo dos partidos. La excepción está de nuevo en las regiones del norte de España, además de en Canarias, en las que, al superponerse sobre el eje ideológico izquierda-derecha las opciones nacionalistas, el electorado se fragmenta y concede escaños a los candidatos de estas últimas.

Por tanto, lo que cabría esperar en las elecciones del 20 de diciembre sería un comportamiento como el descrito, salvo que la fragmentación del electorado se haya extendido desde las regiones norteñas hacia el interior y el sur de la península. Los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas apuntan en esa dirección, de manera que, si se proyectaran sobre los comicios generales, reflejarían una dramática reducción del bipartidismo, y así entre el PP y el PSOE apenas llegarían a los 250 diputados, quedando el centenar restante distribuido entre una multiplicidad de partidos, buena parte de ellos representantes de los nacionalismos regionales.

Los sondeos electorales que se han ido publicando a lo largo de este último año reflejan también esa fragmentación, aunque aparezcan centrados en el juego de cinco partidos: PP, PSOE, Podemos, Ciudadanos e Izquierda Unida. El primero de ellos registra una tendencia temporal ascendente, hasta rozar el treinta por ciento del voto. El segundo, después de remontar en los primeros meses, se ha estabilizado en alrededor del 24 por ciento de los electores. El tercero, a su vez, ha entrado en barrena, reduciendo de manera importante su intención de voto para ubicarse en los últimos sondeos en un promedio del 16 por ciento. El cuarto sigue una trayectoria contraria al anterior, con un importante crecimiento hasta el mes de mayo y una suave regresión posterior que le deja en el entorno del 12 por ciento. Y el quinto se muestra estabilizado entre el cuatro y el cinco por ciento de las preferencias de los electores. Por consiguiente, tendríamos todavía un trece por ciento del voto nacional a repartir sobre otras candidaturas, entre las que las nacionalistas están llamadas a entrar preferentemente en el Congreso debido a su concentración en unas pocas circunscripciones.

De acuerdo con los datos que se acaban de exponer, el bipartidismo, que seguiría siendo un efecto del sistema, quedaría reducido al 54 por ciento del voto; o sea, diez puntos por debajo del mínimo histórico al que antes se ha aludido. Y la hipótesis de que, bajo la órbita de los dos primeros partidos, sólo hubiera 250 diputados no parece nada descabellada. En estas circunstancias, la fragmentación del Congreso sería extrema, pues nada menos que otros 16 partidos, además del PP y el PSOE, podrían obtener representación con un total de cien escaños. El prorrateo de estos últimos es indudablemente incierto, pues los datos disponible no permiten afinar demasiado, pero una hipótesis razonable es que cuarenta de ellos pudieran repartírselos los partidos minoritarios nacionales -Podemos, Ciudadanos e Izquierda Unida- y los otros sesenta, las formaciones nacionalistas -entre las que la más destacada, con cerca de 25 escaños, sería el consorcio independentista entre Convergencia Democrática de Cataluña y Esquerra Republicana-.

Con esta fragmentación electoral es difícil intuir cualquier coalición que pudiera llevar adelante la gobernación de España con garantías de estabilidad bajo el liderazgo del PP o del PSOE. Los acuerdos de dos partidos en ningún caso permitirían obtener una mayoría simple suficiente; y para llegar al dominio absoluto se necesitarían no menos de cinco partidos en el caso del PP y de siete en el del PSOE. Cualquier solución de esta naturaleza pasaría por meter a varias formaciones nacionalistas en la alianza de gobierno, siendo siempre una de ellas el consorcio catalán.

Como se comprenderá fácilmente, las soluciones gubernamentales de esa naturaleza, estén lideradas por la derecha o por la izquierda, se encuentran destinadas al fracaso, entre otras cosas porque tendrían que dar paso a la desmembración de España, empezando por Cataluña. La hipótesis de la gran coalición bipartidista emerge así como la única que, afrontando una amplia reforma institucional del país, incluido su sistema electoral, puede dar salida al caos político que ya se vislumbra. Que ello vaya a ser así o no está fuera del alcance de cualquier análisis actual y bien podría ocurrir que, llevados de su ceguera, ninguno de los dos grandes partidos estuviera dispuesto a enterrar sus demonios y sus prejuicios para alumbrar una nueva etapa política, pues como dejó escrito en la antigüedad el gran historiador Heródoto,

no es posible evitar lo que los dioses han decretado, mas la peor de las desdichas humanas es, seguramente, poseer el conocimiento y, sin embargo, carecer de la fuerza necesaria para realizarlo.

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