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Pablo Molina

Un poco de optimismo

La perspectiva de unas nuevas elecciones aterroriza al electorado del centro-derecha, pero el futuro no tiene por qué ser tan espantoso.

Pablo Molina
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La perspectiva de unas nuevas elecciones aterroriza al electorado del centro-derecha, pero el futuro no tiene por qué ser tan espantoso.
LD

La perspectiva de unas nuevas elecciones aterroriza al electorado del centro-derecha, convencido de que Sánchez arrasará esta vez y se pondrá a gobernar a placer con los separatistas y los marqueses de Teherán en el papel de simples palmeros. Las últimas encuestas alimentan el temor con unos datos que resultarían difíciles de creer si no fuera porque nadie creía tampoco que Sánchez iba a ser presidente del Gobierno tras ser expulsado por su propio partido y ahí lo tienen, atornillado a la Moncloa junto con su señora con la pompa y el boato de un monarca medieval.

La sensación de derrota de las derechas, alimentada cada día por todas las televisiones, parece situar a los tres partidos que representan el voto liberal-conservador ante un precipicio electoral del que lo mejor que pueden esperar es que no sea demasiado profundo, para que el batacazo no sea definitivo. Sin embargo, la situación en cuanto al número de votos obtenidos en las últimas citas electorales presenta un panorama bien distinto, de prácticamente empate técnico entre los dos bloques.

En las tres últimas elecciones generales los dos bloques han sumado en torno a once millones de votos, y solo el mayor fraccionamiento del electorado de la derecha ha dado una ligera ventaja en escaños a la izquierda. Valga como ejemplo un dato bien significativo: en 2011, el PP obtuvo 186 diputados con 10,8 millones de votos, mientras que en 2019 la suma PP-Cs-Vox tiene tan solo 147 con 11,2.

La conclusión es fácil de extraer a poco que uno apague un rato La Sexta y vea qué es lo que dice la realidad, aunque difiera por completo de los exabruptos de los tertulianos de Ferreras. Pero la solución para plantar cara a la izquierda en las urnas con garantías de éxito no es formar una coalición oportunista basada en el mero cálculo electoral, sino trabajar a fondo para convencer al electorado liberal-conservador, hoy dividido, de que los tres partidos que aspiran a representarlo tienen una base común ideológica tan sólida y tan amplia que un acercamiento de ese tipo ante las más que probables elecciones del próximo mes de noviembre sea visto con total naturalidad.

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