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Cataluña no es Europa

Junqueras, que se quedó de presidente de la Generalidad accidental sin viajar a Perpiñán, todavía se está riendo.

Pablo Planas
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EFE

Al cuerpo diplomático catalán le huelen las posaderas a pólvora. El ministro Romeva no se anda por las ramas después de que Puigdemont se haya subido por las paredes y amenaza con cortar cabelleras. El embajador catalán en Bruselas, Amadeu Altafaj, no ha conseguido que ni un conserje de la UE se digne recibir al president, cuyo primer viaje oficial al extranjero se ha saldado con un paseo en gabarra por el puerto de Gante y un abochornante desmentido de una portavoz europea.

Ante la negativa de Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, a recibir a Puigdemont, el titular de la Generalidad afirmó que él no había pedido ninguna reunión con ningún miembro de la Comisión Europea. Falso, según Mina Andreeva, portavoz del Ejecutivo comunitario que deslizó ante los periodistas que el gabinete de Puigdemont había solicitado una reunión al presidente de la Comisión.

El titular de la Generalidad, presidente por accidente, ha quedado retratado, expuesto, desnudo ante la evidencia de que su agenda en Bruselas era la de un turista de fin de semana, un viaje de placer acompañado por Romi, el ministro imaginario, y con Altafaj de guía monumental: aquí el edificio de la Comisión y al lado, una estupenda cervecería en la que sirven mejillones con patatas fritas y donde hemos quedado para comer con un nacionalista flamenco.

La Unión Europea es un juego de engaños en el que se admite no decir nada e incluso no decir la verdad, pero jamás mentir de manera patatera. Si Puigdemont se hubiera callado en lugar de pregonar ante el plante que él no había pedido reunirse con nadie, la Comisión Europea no le habría rectificado y desmentido en toda la boca.

Es improbable que Puigdemont visite Bruselas en 36 ocasiones, tal como Pujol, según el libro La vuelta al mundo con Jordi Pujol, las imprescindibles memorias de Ramon Pedrós, jefe de comunicación del antedicho. El iaio de la deixa era un genio a la hora de colarse en las cancillerías acompañado por un nutrido séquito de servidores públicos, periodistas y empresarios. También Mas se dedicó a extender el catalanismo por el mundo e incluso llegó a reunirse a la primera con Juncker, que dijo una vez y no más.

Puigdemont, asesorado por el inconsistente Romeva, cayó en la trampa propagandística de Mas y se creyó que la diplomacia catalana era una vasta estructura de Estado con contactos de primer nivel. Nein, nen. Las embajadas catalanas son una colocadera de parientes, amigos y colegas cuya función es meramente ornamental, pura fachada con un coste inmobiliario inversamente proporcional a sus efectos prácticos.

Se avecinan cambios en el departamento de Exteriores de la Generalidad ante el ridículo perpetrado por Puigdemont en su primer desplazamiento oficial al extranjero. Junqueras, que se quedó de presidente de la Generalidad accidental sin viajar a Perpiñán, todavía se está riendo.

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