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Pablo Planas

Sánchez y la alarma infinita

En Sánchez el estado de alarma es una vocación, un ideal, un modelo social.

Pablo Planas
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En Sánchez el estado de alarma es una vocación, un ideal, un modelo social.
Pedro Sánchez en el Congreso. | EFE

La pretensión de Pedro Sánchez es que el nuevo estado de alarma dure seis meses y quede al margen del control parlamentario y del judicial. Con la excusa del coronavirus, el inquilino de la Moncloa quiere dotarse de una herramienta excepcional, un dispositivo jurídico inédito, un estado de alarma a su gusto, un instrumento de control ajeno a cualquier control, un artefacto norcoreano, el sueño de cualquier déspota.

El presidente del Gobierno vuelve a estar en su salsa. La segunda ola del virus ha reactivado sus funciones motoras. Es, de nuevo, el tipo de la tele que recomienda sangre, sudor y lágrimas para salir más fuertes, unidos y demás zarandajas, el gurú de la autoayuda, el telepredicador de estilo bolivariano que pide a la prensa que no llame "toque de queda" al toque de queda sino "restricción de la movilidad nocturna". Sí, claro, y no digan que el muerto está muerto, sino que no respira.

En Sánchez el estado de alarma es una vocación, un ideal, un modelo social. Y como no le apetece tener que acudir cada quince días al Congreso para gestionar su renovación, plantea un estado de alarma directamente dictatorial, seis meses de excepción porque ya da por seguro que la pandemia va para largo. Si lo sabrá él, que no hace nada para remediarlo. Porque, más allá del estado de alarma y los toques de queda, el Gobierno es la expresión de la pura inanidad, de la más escalofriante incompetencia encarnada por el propio presidente, el vicepandemias Iglesias, ese Illa que pasaba por ahí y el nefasto Simón, el doctor cuyo mayor mérito es que ha logrado no acertar nunca.

Lejos de proponer una coordinación sanitaria entre las comunidades autónomas, de anunciar la contratación de más médicos y enfermeras, de destinar más recursos a la investigación, de plantearse un programa de protección de las residencias de ancianos, de aumentar la capacidad de rastreo, de comprar más material sanitario y pruebas de detección del virus, lo que hace el Gobierno es regodearse en las medidas de control social, en las prohibiciones y las restricciones. Es decir, en dar satisfacción a su pulsión autoritaria y antidemocrática.

No hay en el discurso de Sánchez sobre el coronavirus prácticamente alusión alguna a providencias relacionadas con la investigación y tratamiento de la enfermedad o el aumento de la capacidad sanitaria. Y cada vez son menos las referencias a las medidas destinadas a paliar los efectos económicos de la emergencia sanitaria. El estado de alarma es el principio y el fin de la retórica sanchista, un estado entre cuyas particularidades más molestas destacan las irrupciones televisivas del hormigonado rostro presidencial pidiendo a los ciudadanos la responsabilidad que él no practica.

Mientras tanto, continúa el rosario de muertes ocultadas bajo toneladas de desinformación patrocinada por el Ejecutivo, la incompetencia como norma de conducta del Gobierno, la mentira como política oficial de comunicación. De la primera ola del coronavirus no se ha aprendido nada y no han hecho nada para afrontar la segunda. Y ahí están los ciudadanos, desprotegidos, a merced de los elementos, del Gobierno y de los Gobiernos regionales, víctimas propiciatorias de la enfermedad o de unas consecuencias económicas agravadas por la pavorosa torpeza de Sánchez y sus ministros.

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