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¡Viva la inmersión lingüística!

'La Vanguardia' afirma que el bilingüismo en Cataluña "únicamente encuentra un apoyo relevante entre la minoría de personas con escasa escolarización"

Pablo Planas
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La elaboración de encuestas es una de las más oscuras de entre las ciencias ocultas, una especialidad a medio camino entre la gastronomía molecular y el tarot. Sólo desde esta perspectiva se pueden comprender fenómenos como que el PP se despegue del PSOE a la que Bárcenas deja de ser trending topic; la popularidad de Duran Lleida en Madrid o las siempre crecientes expectativas electorales de Izquierda Unida. En Cataluña, como no podía ser menos, las encuestas, estudios de opinión y sondeos han alcanzado un grado tal de sofisticación que se abren nuevas vías al desarrollo de las disciplinas adivinatorias y las artes manipulatorias.

El último ejemplo se ha publicado en La Vanguardia, el periódico de la tercera vía. Después de pronosticar un empate virtual entre CiU y ERC, lo que sí parece dentro de lo posible, se afirma que el 51 por ciento del electorado de Ciudadanos y el 41 por ciento del PP está a favor de la inmersión lingüística. O sea, que la mitad más uno de los votantes de Albert Rivera ya ve bien lo que pasa en las escuelas pese a que su candidato se rompe la garganta reclamando cosas como que las dos lenguas, esto es, el catalán y el español, sean vehiculares en la enseñanza. O también que 41 votantes de cada cien que tiene el PP en Cataluña están en contra del ministro Wert y su descabellado intento de que los pobres niños catalanes aprendan las mismas cosas que los mocosos de Murcia. Y aquí el que suscribe sin enterarse de semejante noticia, perplejo sin remedio ante el espejismo de una imposición lingüística que, si es que existe, resulta que es del agrado de una amplísima mayoría de catalanes. Cómo será la cosa que en el análisis que practica el propio diario que publica la encuesta se lee: "Incluso entre quienes se expresan básicamente en castellano, el proyecto de Wert despierta las críticas de casi el 56 %, y únicamente encuentra un apoyo relevante entre la minoría de personas con una escasa escolarización". ¡Ondia! Y en página impar, la trece, abriendo sección, en el cuerpo de texto, última de la primera columna, por más señas, y sin que hasta el momento nadie se haya quejado, ni siquiera de entre los que hemos sido escolarizados escasamente.

Pero lo que las encuestas te quitan, los sondeos te lo dan. El mismo refrito del diario de Godó advierte de que existe un 19 por ciento de los catalanes que no es exactamente partidario de la inmersión lingüística, que tiene sus dudas. A ver si va a ser verdad que no se puede estudiar en castellano en Cataluña, se preguntan. Después de tantos esfuerzos, campañas y adoctrinamientos varios, resulta que los refractarios a las virtudes y bondades del monolingüismo son una grey más nutrida que la que conformaban los independentistas hace sólo un lustro. En pleno apogeo del tripartito, el apoyo a la secesión de Cataluña se estimaba en torno a un quince por ciento. Poca cosa, nada en comparación con el tsunami independentista que registran ahora todos los sondeos.

No es por insistir en los márgenes de error de los sondeos, pero si en tan poco espacio de tiempo aquello que era minoritario se ha convertido en la corriente central de la política catalana, con un 19 por ciento de contrarios a la apnea lingüística, las bases para el rebote son más que sólidas, tanto, al menos, como la de los partidarios de Junqueras hace cuatro días mal contados. Y más cuando los "minimamente escolarizados" son, cómo decirlo, más asilvestrados.

Podría pensarse que un ochenta por ciento a favor de un procedimiento educativo es un porcentaje más que suficiente para dejar de dar la murga con el temita, sobre todo por parte de la Generalidad, que es quien lo remueve a diario. Pero no, la inmersión es sagrada, como el pendón de Santa Eulàlia o los cimientos del viejo mercado de hortalizas del Borne. Otra cosa es que ahora los independentistas paseen por las teles locales y den bola a un grupo de "españoles" residentes en Cataluña que han grabado un vídeo a favor de la independencia. En castellano, claro, para que se entienda y para que se vea hasta qué punto son excelsas las virtudes del irredentismo trabucaire que incluso se pueden pregonar en la lengua del invasor. De hecho y sobre esto, Mas y Junqueras prometen y no dan abasto. Aseguran que en el futuro Estado catalán el castellano será oficial, lo que más que un reconocimiento implícito del vapuleo y desprestigio actual parece una buena razón, y de peso, para hacerse soberanista. O de Llodio, como en el chiste de los aceros.

De todas maneras, se debe insistir en la ductilidad de los estudios de opinión y su capacidad para producir estados estupefaccientes y paradójicos. El CIS de la Generalidad, que se llama CEO (Centre d'Estudis d'Opinió), le sugirió a Mas ahora hace un año que convocara elecciones porque las tenía ganadas por una mayoría más que absoluta. No hace falta recordar el estrepitoso fracaso de la quiniela cocida en las mismas entrañas de la plaza de San Jaime. Esa voluptuosidad de los sondeos, cuyos autores siempre tienen una explicación a mano tan convincente como incomprensible, podría dar pie a la creencia de que Rivera no se entera y de que Alicia está en la higuera en relación a lo que piensan sus propios electores respecto a la cuestión lingüística. Téngase en cuenta eso de "la minoría de personas con una escasa escolarización", pero tal vez sea todo lo contrario. Qué sabe nadie.

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