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Columna publicada el 04-06-2004
Tal vez sólo sea para desmarcarse de la inflación de marxistas de los de Groucho que ha aportado el Tripartito, pero el caso es que Maragall se esfuerza cada día por demostrar que lo suyo es otra cosa: la escuela austriaca. No, por cierto, la de Hayek y Von Mises, sino la otra, la del doctor Freud de Viena. Por esa vía, gracias a que en contadas ocasiones piensa lo que dice pero casi siempre dice lo que piensa, los escasos lectores de Cataluña Económica, una revista local a la que ha concedido una larga entrevista, nos hemos enterado, por fin, de cuál es su proyecto para España.
Repetía por enésima vez el President a su interlocutor la vieja idea de moldear bajo su hégira ese territorio que tanto se parece a unos Països Catalans diseñados por Mariscal, el que agruparía a Cataluña, Aragón, Baleares, Valencia y las comarcas al otro lado de la frontera francesa. Bien, pues dicho eso, añadió impertérrito el Honorable: “Hay que cambiar los mapas físicos de España”. Así, con dos comillas. Hasta ahora, el Adeu, Espanya de su abuelo se había interpretado de mil maneras, a cada cual más inquietante, pero nunca con la literalidad material que parece dispuesto a llevar a la práctica el nieto. Porque o esas palabras son un acto fallido, o es cierto que esta vez los nacionalistas catalanes están dispuestos a cortar por lo sano.
Si hay que hacer caso de la segunda posibilidad, habremos de conceder que Maragall se propone impulsar la mayor obra pública de la Historia. Al lado de lo suyo, la Gran Muralla china quedará en un asunto de colegiales, juego de chiquillos con cubo y pala en la arena de la playa. Que yo sepa, sólo ha existido en el planeta un precedente ingenieril de ambición tan olímpica como el que se está fraguando en la mente de don Pasqual. Fue aquél que diseñó su amigo Saramago en La balsa de piedra. La idea era parecida: se trataba de dinamitar los Pirineos para que la Península se pudiera separar físicamente de Europa, y luego flotar a la deriva por el Atlántico en peculiar singladura, como diría un periodista de los de antes. Pero cuando vinieron los comunistas portugueses y le ofrecieron al maestro un escañito en el Parlamento europeo ya se empezó a olvidar del proyecto. Y, al final, ni compró la goma 2 para empezar volando el paso de la Junquera, ni nada hubo.
Esas cosas pasan en el mundo de la bohemia y la farándula, ya se sabe. Caso distinto es el del prócer catalán, hombre sensato donde los haya y que jamás hablaría a humo de pajas. Por lo leído, el plan para cambiar la geografía española sólo es uno más, y ni siquiera de los más importantes, entre los innumerables que se amontonan en la cabeza de Maragall. Se entiende, pues, que obviara los aspectos técnicos de su iniciativa, espetándole al atónito plumilla que tenía delante un “no desearía extenderme en este aspecto”. Y como no deseaba extenderse, cerró el capítulo aclarando que de lo que se trata es de crear otra España, “en forma de estrella”. De cómo se puede construir una nación en forma de estrella asimétrica puede hacerse una idea el lector si repara por un instante en la geometría del logotipo de La Caixa. Concluido el ejercicio, concéntrese un instante y piense mal. Si así lo hace, créame, acertará.

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