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Ámsterdam, mucho más y nada menos que canales

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Hacía más de veinte años que no visitaba Ámsterdam, algo insólito en mi vida de viajero frecuente, que es más bien tardía y no ha dado tiempo a ausencias tan prolongadas. Pero en el caso de la ciudad holandesa no fue así: fue uno de los destinos de ese viaje cuasi iniciático que para mi generación suponía la excursión de tercero de BUP.

He de confesarles que a los 16 o 17 años elabajofirmante no era lo que podríamos considerar un viajero ideal, excepto para los establecimientos especializados en expender cervezas de grifo, pero aún así guardaba un buen recuerdo de Ámsterdam, algo neblinoso, he de admitirlo.

Aun así, en mi vuelta a Ámsterdam tanto tiempo después me he llevado una buena sorpresa ya que en mis recuerdos de bares, paseos en bicicleta y furtivos recorridos por el Barrio Rojo no había espacio para lo más importante: lo hermosa que era, que es, esta ciudad de canales y casas estrechas.

400 años de canales

Y aprovechando que saco el tema de los canales, les contaré que ellos fueron, precisamente, el motivo –o la excusa- de mi reciente viaje: el sistema de calles acuáticas de Ámsterdam que cumple este 2013 nada más y nada menos que 400 añazos, muy bien llevados, eso sí.

Muchos de ustedes sabrán que esos canales son Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO; pero seguro que son menos los que saben que son completamente artificiales y fruto de una decisión política: se decidió crearlos para ampliar la ciudad en un más que ambicioso plan urbanístico que cuatro siglos después sigue marcando el carácter y el presente de la urbe holandesa.

Ámsterdam era por entonces una ciudad muy rica que se beneficiaba de su apertura al comercio y de la libertad que ofrecía a sus habitantes, lo que la hizo refugio de minorías perseguidas en toda Europa. Por ejemplo, allí acabaron bastantes familias judías sefardíes expulsadas de España un siglo antes.

La parte vieja estaba, por tanto, completamente abarrotada y se diseñó todo un plan de expansión en el que, como una forma de favorecer el transporte de mercancías y el comercio, los canales tenían un papel fundamental.

La "Casa de los Canales"

El mejor lugar para saber cómo ocurrió todo es la Casa de los Canales -Het Grachtenhuis- un excelente museo abierto hace poco más de un año que, con una serie de brillantes recursos audiovisuales, cuenta buena parte de la historia, desde las reuniones de notables que decidieron el plan urbanístico, con un delicioso despliegue de planos históricos proyectados- hasta la vida dentro de esas casas y en la que, por aquel entonces, era seguramente la ciudad más rica de Europa.

El museo es un final idóneo para otro hito imprescindible de la ciudad: un crucero por los canales. El paseo se hace en unos barcos estrechos y bajitos, estrecheces a las que obligan la altura y la anchura de muchos de los puentes bajo los que pasa, en una auténtica exhibición de habilidad al timón.

Tan habilidoso capitán les llevará tanto por las preciosas y estrechas callejuelas de la ciudad, por las que el propio barco pasa por los pelos, pero también por la zona más ancha y holgada de los muelles, junto a museos como el modernísimo NEMO, en un espectacular edificio de Renzo Piano; o el Marítimo, reinaugurado el pasado año y junto al que descansa la bellísima réplica de uno de aquellos barcos que traía especias y otras riquezas del otro lado del mundo.

Bajo la nieve

Les he contado ya que tras más veinte años redescubrir Ámsterdam había sido toda una sorpresa, pero me he guardado un detalle para el final: estuve en la ciudad holandesa hace sólo unas semanas y justo un par de días después de una fenomenal nevada.

Las calles y los canales, sobre todo los menos transitados, tenían un aspecto distinto y créanme que maravilloso: tranquilo, un punto irreal allí donde había menos pisadas, casi se diría que preparado para tomar una fotografía o, mejor aún, que un pintor clásico pintase un cuadro.

Pasear por las calles y los puentes, escuchando el sonido de las bicicletas que se aventuraban por las aceras heladas y esforzándome por no peder mi propio equilibrio era un delicado y frío placer que he experimentado en pocos lugares.

Pero no se preocupen, si no tiene la gran suerte que tuve yo y no conocen Ámsterdam bajo el blanco manto de la nieve podrán conocerla en un soleado y florido día de primavera o verano, o entre las hojas caídas del otoño: de una forma u otra disfrutarán de una de las ciudades más hermosas y agradables de Europa. No se lo pierdan.

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