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Federico Jiménez Losantos

La irreversible ilegitimidad de Sánchez

Sánchez ya ha entregado Ceuta. Nos toca recuperarla sobre las ruinas humeantes de este Gobierno. Pero no hay mejor argumento que seguir preguntando lo mismo: ¿por qué Sánchez ha traicionado, traiciona y seguirá traicionando a España?

Manifestación en apoyo a Ceuta y contra Pedro Sánchez. | EFE

La extraordinaria movilización nacional en apoyo a Ceuta y contra Sánchez marca, a mi juicio, un antes y un después en el futuro político con el que sueña el presidente del Gobierno. Por resumir: nadie de la media España que salió a la calle con el nuevo grito improvisado "¡Sánchez a prisión!" admitirá como legítimo algún tipo de continuidad suya en el poder. Y si robando las elecciones, como avisó Abascal, quiere mantenerse en el poder, la derecha política y sociológica dirá, en masa, que ha asaltado las urnas.

El valor de la bandera nacional

La movilización fue emocionante, masiva, indignada y personalizada. Y al día siguiente, en las Cortes, los líderes de la oposición le pusieron letra al himno nacional, que, a tambor batiente, le llamó traidor un millón de veces. Una gran manifestación en Madrid no es demasiado difícil de organizar, aunque la derecha haya demostrado una y otra vez que no sabe hacerlo. De toda España, con las bases del PP y de Vox unidas por primera vez en años, pueden llegar a la capital de España entre cien y doscientas mil personas. Lo difícil es llenar a la vez todas las plazas de todas las capitales de España, grandes y pequeñas, del norte al sur y del este al oeste, y viceversa.

Y todas, todas, con sólo una bandera: la española. Antaño, se unían banderas regionales a la nacional, fruto del complejo de la derecha. Hemos llegado a un punto, sin embargo, en que lo accesorio estorba. Se ha hecho realidad lo que nunca pasó de aspiración minoritaria durante la Transición: ¡España entera y sólo una bandera! Es muy probable que la mayoría de los que la llevaban con el mismo orgullo de la victoria en el Mundial de fútbol no tuvieran ni idea del gran cambio que esa unificación simbólica suponía. Y ha sido, como tantas cosas y tantas veces en la historia de España, algo espontáneo. No improvisado, sino sentido.

¿Cómo mostrar a los ceutíes que estamos dispuestos a defenderlos como parte nuestra? Con la bandera que compartimos. Algunos políticos le añadieron la bandera de Ceuta, con su blanco y negro medieval, como la de la Bretaña francesa, que pervive en la leyenda de Camelot y el rey Arturo. Pero los cientos de miles de compatriotas de los ceutíes, la nacional y basta.

Esto de que las manifestaciones contra Sánchez y su Gobierno, pero muy centradas en el odio que su desprecio suscita y su traición merece, se unan en torno a la bandera nacional que nos identifica desde el siglo XVIII tiene un precedente que los testigos de entonces dejaron claro y se olvidó: un error mayúsculo del bando republicano en la Guerra Civil de 1936-1939 fue imponer la bandera tricolor, que no tenía ninguna tradición detrás y no significaba nada como símbolo unitario, frente a la del bando nacional, que, llevaba, como es lógico, la nacional. No monárquica, nacional. Muchos líderes republicanos lo confiesan en sus memorias. La Bandera roja o la roja y negra tenían un significado profundo, el de la revolución socialista. La tricolor, republicana, era simplemente antinacional. De hecho, en la Primera República, la bandera siguió siendo la de Cádiz y el 2 de mayo. Y en las guerras carlistas, la blanca con la cruz de San Andrés o de Borgoña, iba junto a la roja y gualda. Querían una España distinta, pero una España.

Los discursos unitarios de Feijóo y Abascal

Era muy importante que al día siguiente de esa marea de indignación nacional, los líderes de los dos partidos que agrupan la intención de voto de la derecha no exhibieran sus diferencias, sino su coincidencia esencial. Feijóo, a diferencia del verano azul de los chanquetes de Génova, se ha pasado agosto en Ceuta, acompañando a Vivas, y ha demostrado, como Ayuso en los incendios de Madrid, que los líderes políticos, si tienen sentimientos, no tienen vacaciones. El PP ha estado realmente bien. Y ver la humillación de los ceutíes, que ha ido a más y a peor, ha indignado a su líder, de verdad. El tono de su discurso fue de patada en la zona maxilar. El fondo, el mismo de Abascal, y la forma, casi más agresiva y nada rajoyana.

Pero aún más importante, en la solidificación de esta alianza patriótica para echar al tirano, fue que Abascal, como ya hizo en la vuelta a esRadio del martes, defendiera el miércoles a Felipe VI, lejos del juancarlismo ridículo de los que sueñan con cuartos de banderas a base de quintos de cerveza. En la misma cara de Sánchez, tras retratarlo como siervo de su amo Mohamed, le reprochó: "El jefe del Estado hará unas cosas mejor y otras peor, pero es un monarca constitucional, no es un tirano. Su amo, sí. ¿Por qué lo sirve?".

Y en las dos réplicas, Feijóo y Abascal siguieron martilleando en el yunque de la traición sin explicar, fruto evidente del chantaje, cuyo pacto final no conocemos, pero se ve venir con claridad. Sánchez ya ha entregado Ceuta. Nos toca recuperarla sobre las ruinas humeantes de este Gobierno. Pero no hay mejor argumento que seguir preguntando lo mismo: ¿por qué Sánchez ha traicionado, traiciona y seguirá traicionando a España? Es importante que la pregunta de la oposición sea la misma. La nación encolerizada no aceptaría sectarismos y agradecerá muy de veras esta necesaria unidad nacional.

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