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Cristina Losada

El discurso del Rey

El golpe acabó el 3 de octubre. Después  del discurso del Rey, toda España supo que el golpe separatista estaba ya en el vertedero de la Historia.

El golpe acabó el 3 de octubre. Después  del discurso del Rey, toda España supo que el golpe separatista estaba ya en el vertedero de la Historia.
El rey Felipe VI se dirige a los españoles. | EFE/Casa de S.M. el Rey

A los cinco años del golpe separatista del 1 de octubre, los acontecimientos de aquellos días han vuelto a pasar por la moviola y se han sometido a recapitulación. Pero se han visto o vuelto a ver en frío y, en más de un sentido, desde la distancia. Sabiendo ya en qué quedó aquella rebelión contra el orden constitucional, con una sentencia que la redujo a sedición —fue una ensoñación, dijo el tribunal—, se ha perdido, al pasar por el filtro del tiempo, la medida exacta de su gravedad, de la conmoción que causó y del impacto que tuvo en el resto de España. El recuerdo se centra tanto en lo que ocurrió en la propia Cataluña, que se ha difuminado precisamente eso último: cómo se vivió fuera de allí. Cómo lo vivieron los ciudadanos de otros lugares de España que asistieron aquel octubre al intento de despojarles, como titulares de la soberanía nacional, de una parte de su territorio.

Fue un golpe anunciado, sí, pero frente a este tipo de hechos no hay anuncio que valga. En el instante en que suceden, se pasa de la dimensión imaginaria a la dimensión intensa e irreductible de lo real. Un golpe de estas características nunca figura en el calendario como un asunto más de la agenda, aunque uno sepa de su preparación y dé por sentado que ocurrirá. Sólo existe cuando existe, por decirlo en tautología. Es por ello que no pueden difuminarse, y tampoco deberían, la sacudida, el sobresalto, la angustia y la inquietud que produjo el 1-O entre muchos ciudadanos del resto de España.

Hay que pasar por la moviola, otra vez, aquellos días sin olvidar, esta vez, la presión que los golpistas catalanes lograron ejercer. Si consiguieron ejercerla fue, de forma destacada, gracias a las legiones de la prensa internacional que acudieron a ver el gran espectáculo del referéndum provistos de todas las cámaras y dispositivos del mundo, pero de sólo dos o tres tópicos sobre Cataluña y sobre España. Cualquiera que leyera esos días la prensa internacional o fuera entrevistado por alguno de sus enviados especiales y no tuviera simpatía por el separatismo ni por su referéndum, sabrá de qué estoy hablando. No merece la pena, hoy no, entrar en el tenor de aquellas supuestas informaciones. Baste recordar que el efecto general de aquel hervidero fue una presión insoportable. Presión a la que el Gobierno de Rajoy, con Saénz de Santamaría como experta en asuntos catalanes, no estaba siendo capaz de hacer frente.

Ahí es donde entra el discurso del Rey del 3 de octubre. Fue un discurso inesperado. Entró, como quien dice, por la puerta pequeña, pero salió por la puerta grande. Proyectó toda la solemnidad y toda la conciencia de la gravedad de los hechos golpistas de la que habían carecido las declaraciones del Gobierno. El Rey salió a las 21:00 por todas las cadenas y seis minutos después, los españoles sabían que se iba a restablecer la legalidad en Cataluña y que no se dejaría que los separatistas impusieran de una u otra forma su voluntad. No desapareció por ensalmo la inquietud, pero se tuvo la certeza de que la incertidumbre se despejaba y que el Estado estaba dispuesto a actuar sin vacilación. El discurso del Rey anuló la presión que estaba ejerciendo el separatismo, con la ayuda de algunos pobres tontos útiles que siempre hay. El golpe del 1-O se acabó, realmente, el 3 de octubre. Después del discurso del Rey, toda España supo que el golpe separatista estaba ya en el vertedero de la Historia.

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