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Juan Cermeño

Terroristas de verano

¿Verano norteño o mediterráneo? Sigue habiendo dos Españas y sigo queriendo a ambas.

¿Verano norteño o mediterráneo? Sigue habiendo dos Españas y sigo queriendo a ambas.
La infancia según Sorolla. | Archivo

¡Ay, nuestra España, tan bipolar y extrema! Cada españolito, tan local y de lo suyo, polo opuesto del vecino. Tarde o temprano necesitamos convertirnos en la Hierbas, esa histriónica vecina de Aquí no hay quien viva, escupirnos las verdades a la cara y, acto seguido, volver al nido para convivir en paz y armonía hasta la próxima. Es deporte nacional. Algún día descubriré la raíz de nuestro desdén por el grupo y aprecio desmedido por lo de uno. Mientras tanto, procuro disfrutar de ello; puede que ese constante acuerdo en la diferencia sea lo que nos une.

Se agolpa el español en las costas peninsulares estos días de canícula, empujando mar adentro al local. Y para no faltar a la tradición, las dos Españas toman partido: verano norteño o mediterráneo. El primero, de jerséis marineros, helados bajo cielo nublado, mariscadas a la orilla de la ría y playas de aguas turquesas cuando asoma el sol. El segundo, con sus arroces, el salitre como segunda piel, cielos naranja fuego y el legado grecorromano por bandera.

Hace unas semanas visitamos a unos amigos de Murcia. La huerta aún conserva esa idiosincrasia de la Españita feliz noventera, antes de que los smartphone trajeran el apocalipsis zombie y decidiéramos ofendernos por todo. La plaza del Cardenal Belluga, jalonada por el Palacio Episcopal y esa imponente catedral con su guiño joseantoniano, es parada obligada de la geografía nacional. En sus calles se respira alegría y libre albedrío, y sus camareros, nuestro tesoro patrio más preciado, son tan diligentes que da apuro cantarles la comanda en lugar de compartir con ellos las rondas que se acumulan sobre la mesa.

A orillas del Mar Menor, cayendo el sol y a la luz de las chiribitas del mar que atardece, discutimos sobre los dos veranos. Un servidor es fiel defensor del norteño, por sus orígenes y limitaciones fisiológicas. Algunos, cuando las temperaturas rozan los treinta, padecemos erupciones cutáneas, sudores y sofocos menopáusicos. Otros, hijos del Mediterráneo, se carbonizan al sol y uno no puede sino admirarse de cómo sus cuerpos absorben todos esos rayos sin humear. Mi cuadrilla, que forma parte de éstos, nació al abrigo del dios Helios. Y, sobre todo, son hijos del desorden: sin planes, reglas o tiempos. Ningún rato de playa es suficiente para ellos. Los tardeos son una burda patraña para no volver a casa hasta los primeros rayos del sol del día siguiente, tras zascandilear por chiringuitos playeros, pubs irlandeses y terrazas chill-out durante los largos días y breves noches de verano. Su verano es la dictadura del caos. Mientras me debato entre el disfrute de su compañía y la denuncia de esta suerte de terrorismo social, me arrastro como alma en pena, inyectándome azúcar en vena para no sucumbir a ese ritmo aparentemente inofensivo, pero tan exigente para los del norte. No estoy genéticamente dotado para el Mediterráneo.

Es curioso este horario en el que los días se hacen préstamos de horas los unos a los otros. Se solapan entre ellos hipotecándose; y uno deja de regirse por horas o responsabilidades para hacerlo por funciones vitales: come, duerme y retoza cuando el cuerpo se lo pide. Confieso que ando perdido en este desorden, pero los míos se ponen al timón y guían a la cuadrilla como los primeros navegantes, que fiaban todo a los astros para saber el lugar y momento que habitaba uno.

Y es al pasar los días cuando ese resquemor y caos se convierten en gozo y disfrute. Calzarse un tercio a las once, tomar el aperitivo a las tres. Renunciar a la siesta de sofá para echarla –si es que no la sustituye un tinto de chiringuito– sobre la arena. Posponer la cena a plena madrugada y amanecer a la hora de comer –o merendar, lo que usted quiera– del día siguiente. Caigo en la cuenta de que ese desorden horario tranquiliza el espíritu y contra todo pronóstico, mis taras mentales sucumben a este modus operandi que también es civilización. Me gusta pensar que, de serie, traigo una más luterana o racional, por así decirlo. Ellos, por su parte, me enseñan una más bárbara y caótica; una civilización espiritual, si lo prefieren. En fin, ya lo ven: sigue habiendo dos Españas y sigo queriendo a ambas.

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