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Pedro de Tena

Negarse en Redondo y afirmar en Redondo

Se expulsa a Nicolás Redondo Terreros porque representa otra forma de entender el socialismo en España.

Se expulsa a Nicolás Redondo Terreros porque representa otra forma de entender el socialismo en España.
Nicolas Redondo Terreros, Fernando Savater y Jaime Mayor Oreja en un acto político celebrado en San Sebastián en 2001. | EFE

La noticia de la expulsión de Nicolás Redondo Terreros, del PSOE de Pedro Sánchez me asaltó tras haber meditado ante el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén en las vísperas de la fiesta del Rosh Hashaná, año nuevo judío. No me quedé de piedra, no, porque antecedentes ya había, el de su padre, por ejemplo, al que defenestraron poco a poco durante el cesaropapismo laico de Felipe González. Pero sí que me escandalizó setenta veces siete la cara dura de esa ministra y vicesecretaria general de este partido, andaluza por desgracia, cuando mintió bellacamente declarando que, en el régimen sanchista, el que se mueve sí sale en la foto. Se le olvidó decir que sólo unos segundos, el tiempo de borrarlo como en tiempos de Stalin.

¿Cuál es el pecado cometido por Redondo? Se ha dicho oficialmente que el "reiterado menosprecio" a las siglas del partido. Tal yerro no existe en los Estatutos del PSOE que, por cierto, destacan que, en su seno, no se rían, hay democracia y que uno de sus principios es "el respeto a la libertad de conciencia y a la libertad de expresión en el seno del Partido". Pero, claro, sólo se puede hablar dentro del Muro de las Lapidaciones de Ferraz porque si se expresan "públicamente sus opiniones en términos irresponsables o con deslealtad al Partido" (léase a Sánchez y a sus pretorianos), la expulsión está garantizada. Entonces, democracia, ¿para qué?

Nada nuevo bajo el sol, desde luego. Ya había sido expedientado junto a Joaquín Leguina, que sí fue expulsado, por haber asistido a un acto de Isabel Díaz Ayuso en 2021. Ahora dicen que es que se ha opuesto a la voluntad de la cúpula socialista de apoyar una miserable amnistía para los golpistas del separatismo catalán y quién sabe para quienes más. O sea, que se ha negado en Redondo a la tropelía, como también se han opuesto a ella Felipe González o Alfonso Guerra o Joaquín Almunia entre otros, sin que se les haya abierto expediente, que sepamos. (Mejor uno a uno y poco a poco, que todo se andará.)

No, no, no. Hay que decirlo claro. Se expulsa a Nicolás Redondo Terreros porque representa otra forma de entender el socialismo en España, forma y reforma que podría calar en muchos socialistas de base porque tiene eco en muchos medios de comunicación y en redes sociales. Esta nueva manera de ser socialista en la España del siglo XXI, latente pero no expresa con claridad en el pasado, se opone a la destrucción de la realidad nacional española porque tal crimen quebranta la riqueza de una tradición largamente despreciada por las izquierdas como recordaban don Ramón Menéndez Pidal o don Claudio Sánchez Albornoz, entre muchos.

Tal ruptura de la unidad de la nacional destruirá la idea básica de la solidaridad, de las libertades civiles y de la igualdad de oportunidades de todos los españoles nazcan donde nazcan y vivan donde vivan. Y, desde luego, privilegiará descarada e impunemente a las castas separatistas de algunas regiones sobre todos los ciudadanos, especialmente los de las regiones más pobres.

Pero, además, este socialismo por alumbrarse, puede ser realmente democrático. Esto es, la democracia, sus valores y sus instituciones derivadas de la Transición ya no serían una pura formalidad a destruir, utilizar y ocupar como trampolín para un golpe dictatorial como lo fue doctrinalmente para el socialismo histórico español desde Pablo Iglesias Posse hasta ahora, con leves y limitadas excepciones.

Este nuevo proyecto democrático y socialista por ese orden, podría hacer, de una vez para siempre, un examen de conciencia sobre lo acontecido en la España de finales del siglo XIX , todo el siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI y admitir sus responsabilidades políticas y éticas. Es por impedir tal propósito por lo que lo han echado, para que no tenga opciones organizativas ni se atreva a anunciar la creación de una nueva propuesta política que podría reducir a la nada el psanchismo filocomunista y filoseparatista en muy pocos años.

Claro que para eso debería tener una altura de miras que Felipe González no tuvo en las elecciones del País Vasco en 1998 cuando alentó un gobierno de Juan José Ibarreche frente al de coalición del PSE con el PP de Jaime Mayor Oreja. Dicho con toda claridad, Nicolás Redondo puede afirmarse, junto con otros, con la fundación de un nuevo partido democrático y social que, además de consolidar ideas políticas compartidas por muchos socialistas, contribuya también al fin de la oligarquía y el caciquismo de unos partidos vigentes que degeneran la democracia nacional, las libertades y la igualdad real ante la ley como ya denunció el lúcido Joaquín Costa hace más de un siglo. Pero, claro, la grandeza no se regala. Se conquista cuando se desea y se tiene valor. O sea, que hay que atreverse.

Ya sé que estoy soñando despierto, pero la expulsión de Redondo podría ser un mal que por bien vendría a esta tan maltratada nación. Como dice el poeta sevillano de Paradas, Javier Salvago, en su último libro de versos:

No hay mal que por bien no venga.
Pero que venga corriendo
que tanto mal desespera.

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