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España como conflicto  

La política desaparece poco a poco y los españoles estamos al borde, otra vez, del abismo, es decir, del uno de octubre.

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Han pasado cuarenta años de las primeras elecciones democráticas. Se han producido obviamente grandes cambios en España respecto al régimen de Franco, pero hay tres asuntos típicamente españoles que, lejos de resolverse, han empeorado. El fracaso político de la moción de censura de Podemos contra el Gobierno es la prueba principal que aporto para mi afirmación o tesis. Si definimos a España como problema, es decir, como un país acostumbrado a vivir al borde del abismo porque es incapaz de resolver por vías pacíficas, políticas, su idea de nación, entonces tendremos que concluir que el espectáculo de la moción de censura ha sido una representación perfecta de la inutilidad de nuestro sistema político.

Los últimos cuarenta de años de democracia nos han permitido vivir con cierta paz, pues que nunca deberíamos olvidar a la víctimas del terrorismo de los separatistas de ETA, y disfrutar de un sistema de libertades que, aunque es manifiestamente mejorable, puede compararse al de otros países democráticos de la Unión Europea. Pero la pregunta que debemos responder ahora, a la luz del espectáculo de la tercera moción de censura de la historia del actual régimen político, no se refiere al grado de nuestra democracia, sino si el actual entramado institucional es viable o no para resolver las tres grandes tensiones o conflictos que han llevado, a veces, a la nación española a la absoluta ingobernabilidad o, dicho con sencillez, a la guerra. No olvidemos la afición que tenemos los españoles a ese juego macabro de sepultar nuestras piernas en el suelo y pegarnos hasta morir, sin duda alguna, alimentados por nuestra casta política.

En esa triste tradición, que viene de tiempos del infame Fernando VII, tenemos que preguntarnos: ¿ha conseguido el régimen democrático de 1977 atemperar y canalizar la llamada cuestión económica y social, la tensión regional y el odio de corte ideológico y religioso que son, se mire desde donde se mire, los tres grandes males que han llevado a España a guerras terribles? No puedo responder con optimismo, después del triste espectáculo que vimos el martes y el miércoles en el Congreso de los Diputados. Me fijaré sólo en la propuesta que hizo Podemos para atajar la tensión económica, o mejor, para canalizar cómo las clases más poderosas de España, hablando desde el punto de vista económico, pueden abandonar el reducto de sus viejos privilegios económicos y, en realidad, su viejo modo de ser y vivir.

En pocas palabras, ¿cuál fue la solución de Irene Montero para acabar con los ladrones y corruptos de toda la vida? Me temo lo peor. Me cuesta ver su diagnóstico y, más aún, el pronóstico de ese maldito problema de la historia de España. Pero, bien sabe Dios, que yo seguí su intervención de principio a fin. La lectura en voz alta, entre gritos e insultos, que hizo la señora Montero de un número muy considerable de casos de corrupción en los que está implicado el PP, debería haber provocado sonrojo a los asistentes. Imagino que así se sentirían muchos de los diputados allí presentes. Yo también sentí vergüenza ajena. Pero eso, por muy moralistas que seamos, no es una solución política sino un simple listado de corruptelas que puede hacer cualquier ciudadano medianamente informado. Todo el largo parlamento de la señora Montero resultaba extraño y ajeno a lo que debe darnos un político, a saber, soluciones. Las intervenciones de esta señora y, más tarde, la del candidato a la presidencia del Gobierno, Pablo Iglesias, me dejaron estupefacto no por lo que dijeron sino por lo que no dijeron. Fue su absoluta carencia de un concepto, una idea, en fin, de una teoría mínima sobre por qué se produce la corrupción y cómo se puede atajar lo que me hace pensar que la izquierda española está tan muerta como el partido en el poder. La señora Montero fue incapaz de explicar por qué un rico español, un hombre muy rico y de familia muy rica, persiste en seguir robando. ¿Quien no es capaz de dar un una interpretación, una teoría, o siquiera un alevoso concepto de carácter político, sobre por qué Rodrigo Rato, por ejemplo, ha robado, quizá con la misma fruición que sus antepasados, no puede postularse para presidir el gobierno de un país?

La carencia de un concepto político para atajar la corrupción me produce tanta vergüenza ajena como la vulgar retahíla de casos de corrupción del PP. Nada tienen que aportar los de Podemos para solucionar nuestra corrupción económica y política, pero menos aún dijeron sobre el conflicto ideológico y de los españoles que no quieren ser españoles. Los de Podemos sustituyen convierten la ideología en ira y rabia, o sea, en odio africano por quienes opinen de modo diferente a ellos, y entregan la nación española, la idea de España, a los separatistas para que la destrocen. Terrible. Eso es todo: la política desaparece poco a poco y los españoles estamos al borde, otra vez, del abismo, es decir, del uno de octubre.

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