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El nacionalismo también hace peligrar la salud

La prohibición del uso del español en las emergencias médicas pone en riesgo un servicio básico a los pacientes que exige rapidez y coordinación.

EDITORIAL
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La erradicación progresiva del español en Cataluña es un objetivo de la máxima prioridad para los nacionalistas catalanes, para cuya consecución no han tenido nunca reparos en utilizar todos los recursos económicos y políticos a su alcance. Después de eliminar la lengua común de todos los españoles de la escuela, la administración pública y los medios de comunicación, ahora le ha llegado el turno al sistema de emergencias médicas de la comunidad catalana por mandato de los gestores de ese trascendental servicio público. Causa escalofríos leer la nota que ayer reproducíamos en Libertad Digital, en la que la empresa adjudicataria de la atención de las emergencias médicas advierte a sus empleados que sólo pueden utilizar el catalán en sus comunicaciones cotidianas. La falta de escrúpulos que revela esa instrucción y el desdén hacia las consecuencias que su cumplimiento pueda tener para la salud de los ciudadanos, revela bien a las claras la falta de ética del nacionalismo en Cataluña desde toda perspectiva.

Si ya es grave que se prohíba el uso de la lengua española en cualquier ámbito administrativo, mucho más lo es que esa prohibición se extienda a un terreno en el que se está poniendo en cuestión la atención de urgencias médicas, de cuya rapidez y coordinación depende en muchos casos la vida de los usuarios. Pues bien, el Sistema de Emergencias Médicas no sólo ha ordenado que sus trabajadores utilicen el catalán entre ellos mientras cubren este servicio, sino también en la atención personal a los enfermos a pesar de la discriminación flagrante que una decisión de este tipo supone para los usuarios que no conocen la lengua vernácula. Los errores y retrasos que este "protocolo lingüístico" pueda provocar y las consecuencias que acarreen a los pacientes se irán viendo en el futuro, pero sea cual sea el resultado diario de su aplicación, es evidente que estamos ante una nueva imposición totalitaria que vulnera los derechos constitucionales de los catalanes que utilizan habitualmente el español para comunicarse.

Precisamente por eso causan sorpresa episodios como el de la visita del Rey de España a Cataluña realizada esta semana, en la que el monarca se abstuvo de utilizar el español en su discurso oficial. Esta subordinación voluntaria a los intereses del nacionalismo no va a hacer que los separatistas modifiquen su opinión del resto de España sino que, por el contrario, les confirma en su empeño de erradicar una lengua que ni el Jefe del Estado se atreve a utilizar cuando visita esa región. Es el español el que está perseguido en Cataluña, no el catalán, a cuya imposición totalitaria el nacionalismo va a seguir empleando todos sus esfuerzos. La prohibición del uso del español en las urgencias médicas demuestra hasta qué extremos está dispuesto a llegar el nacionalismo, al menos mientras las altas instituciones del Estado actúen como si nada de esto estuviera pasando.

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