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JUICIO CONTRA MILOSEVIC

Abriendo la caja de Pandora

El juicio del ex presidente serbio Slobodan Milosevic, por parte del “tribunal de crímenes de guerra” de las Naciones Unidas, es una hipocresía cargada de amenazas contra la justicia y la soberanía nacional. El juicio de Milosevic es un ejemplo de la fuerza bruta disfrazada de ley.

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Comencemos con el hecho de que no existen bases legales para el juicio. Los cargos son presentados por la ONU contra el ex presidente de una nación soberana, por sus actuaciones como jefe de estado, independientemente de que estemos o no de acuerdo con ellas.

Considérese también el hecho de que fue en realidad Estados Unidos la que entregó a Milosevic a la ONU. Nunca le declaramos la guerra a Serbia ni era Milosevic nuestro prisionero. Compramos a Milosevic a cambio de promesas de ayuda en la reconstrucción de la infraestructura serbia que nuestras bombas destruyeron, junto a las vidas de civiles inocentes. “Daño colateral” lo llamaría McVeigh.

El actual presidente de Serbia, Vojislav Kostunica, se opuso a la extradición, diciendo públicamente que “mis intentos de someter a juicio a nuestros ciudadanos en nuestro propio país fueron impedidos por las presiones de Washington”.

Tampoco hay precedente alguno para el juicio de Milosevic. Se trata del primer jefe de estado que es enjuiciado en un tribunal de crímenes de guerra de la ONU. Y no es que no haya habido candidatos antes. El genocidio tribal es algo bastante común en África y ningún juicio ha sido intentado contra los comunistas responsables de crímenes masivos en la Unión Soviética o contra Fidel Castro. Mugabe, el actual presidente de Zimbabue, es responsable del asesinato de colonos blancos y de opositores políticos negros. Hasta su propia Corte Suprema ha declarado en su contra.

Comparado con esos tiburones, Milosevic es una sardina. En realidad no se le sigue juicio por sus crímenes, sino para crear un tribunal que pueda hacer caso omiso de la soberanía nacional. Y allí precisamente yace el peligro. Con nuestros dólares y nuestro poder hemos establecido el precedente de llevar a un ex jefe de estado ante un tribunal extraterritorial. Se trata de algo raro para un país que rutinariamente bombardea a estados soberanos y los invade con sus tropas sin declarar la guerra.

Estamos convencidos que el poderoso tiene siempre la razón porque hoy somos los más fuertes. Pero tarde o temprano nos exigirán que entreguemos a estadounidenses acusados de crímenes de guerra. Nuestras tropas en “actuaciones policiales” y el presidente que las autorizó serán acusados de crímenes de guerra.

Es más, ya estamos experimentando interferencias en nuestros asuntos judiciales. Hace un par de semanas, el Tribunal Internacional de Justicia acusó al gobernador de Arizona y al procurador general de Estados Unidos por no haber atendido una orden de suspender la ejecución de un alemán condenado por asesinato. Si el interdicto del Tribunal Internacional contara con la fuerza, el gobernador y el procurador general podrían ser obligados a responder bajo la Convención de Viena.

Nada ilustra más claramente nuestra hipócrita posición. Ignoramos a los tribunales internacionales cuando nos conviene, pero los utilizamos para castigar a quienes nos disgustan.

Algún día podemos perder la batalla de la propaganda y de la popularidad. Por alguna oscura razón, el presidente Clinton tomó partido en el conflicto de Kosovo y lejos de criticar a los separatistas que se han dedicado al tráfico de drogas, apresamos a Milosevic, quien es culpable de responder a la barbarie con igual crueldad.

El general Wesley Clark, quien comandó los ataques de la OTAN contra Serbia, dice que el juicio de Milosevic “es una clara señal de que los gobiernos no pueden atacar, torturar y asesinar a sus propios ciudadanos”. ¿Quiere eso decir que podemos esperar un juicio como el de Milosevic en contra de Bill Clinton y de Janet Reno por atacar, torturar y asesinar a sus conciudadanos en Waco?

© AIPE

Paul Craig Roberts es columnista del Washington Times, fue subsecretario del Tesoro y es coautor de “Chile: dos visiones. La era Allende-Pinochet” (Universidad Andrés Bello, 2000)
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