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Javier Somalo

España y lo que importa

Hay cosas que deberían importarnos siempre porque, al contrario de lo que algunos piensan, son las que provocan o impiden nuevas crisis.

Javier Somalo
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Las crisis generales siempre suponen un mayor acercamiento de los ciudadanos a la crítica política porque ven en juego sus intereses, sean los que sean. Hoy los que tienen salud, trabajo y sueldo quieren saber si podrán salir de vacaciones o si, como empieza a verse, volverán a confinarnos de una u otra manera. Los que están sumidos en un ERTE, siguen pendientes de si lo cobrarán o si el final del verano les traerá un despido ineludible. Los que lo han perdido casi todo resistirán apretando la mandíbula y esperando que algún cambio les traiga esperanza sin aplausos en los balcones. Pero además de cada interés, cada caso y cada afán, hay cosas que deberían importarnos siempre porque, al contrario de lo que algunos piensan, son las que provocan o impiden nuevas crisis.

En estas últimas semanas han corrido ríos de tinta sobre algunas cuestiones que no hacen sino ocultar la enfermedad crónica de España y tratar de desviar la atención. Habrá más, pero me quedo con tres:

La moderación en el PP. O la política ya discurre por derroteros que no alcanzo a comprender o la clase política que nos ha tocado en suerte ya no distingue sombras de luces. La discusión política y periodística en torno a la moderación del PP tras los resultados electorales en Galicia y el País Vasco ha superado, en mi opinión, cualquier expectativa razonable, como si nada extraordinario estuviera sucediendo alrededor. A Alberto Núñez Feijóo le votan por su buena gestión administrativa, y por eso es complicado ver las siglas de Génova 13 en sus campañas. Gallegos que no son de derechas eligen a Feijóo porque las cosas, más o menos, les funcionan. Se entiende, pues, a la perfección que huya de doctrinas, salvo la que le distinga del independentismo. Lo que importa en el PP no es la moderación –ni PSOE ni Podemos ni el resto de partidos socios del Gobierno son moderados– sino la verdadera oposición de una vez por todas y sin encuestas.

El espionaje al teléfono móvil de Roger Torrent. Ha sido la gran exclusiva conjunta de El País y The Guardian –¡qué pocas veces ha tenido que investigar nada El País por sí mismo!– que, según dicen, ha desatado un escándalo político sin precedentes. Que una trama golpista suscite cierto interés de servicios de espionaje a mí me escandaliza bien poco. La propia Generalidad de Cataluña presumía de tener un servicio de inteligencia –digamos mejor, espionaje– propio: el Cesicat. Naturalmente, estaba volcado en el golpismo y, por esa misma razón, quedó impune la absoluta ilegalidad de sus actos o de su mera existencia..Pero si de intervenciones telefónicas o prácticas irregulares con terminales se trata, el Gobierno o su vicepresidente no alzarán demasiado la voz.

Los escándalos –conocidos hace dos décadas– de Juan Carlos I. El objetivo no es otro que herir a la monarquía para cambiar de régimen buscando desesperadamente una Gürtel de Palacio y que salpique como sea a Felipe VI. Sostuve aquí la semana pasada que el cambio de régimen en el que estamos sumidos requiere necesariamente abatir el estandarte de la estabilidad institucional que supone la monarquía. Siendo monárquico o sin serlo, urge defenderlo –además se puede– en la figura de Felipe VI. Y siendo monárquico o sin serlo las razones para la abdicación de Juan Carlos I ya eran públicas y notorias a principios de siglo, cuando a tantos escandalizaba que se reclamara. Llevar a 2020 el desastroso tramo final de un reinado que en su inicio fue la clave de nuestra democracia para dañar al actual rey sólo es posible… cuando se permite, como el golpe de octubre de la Generalidad, como el cierre en falso del 11-M. España no ataja sus males, llegue el gobierno que llegue, y por eso se repiten y nos condenan periódicamente a sufrirlos.

El comunismo sólo llega al poder del todo aprovechando y provocando accidentes. Nunca lo han ocultado y ahora se lo estamos poniendo en bandeja.

Lo importante

¿Qué es, pues, lo importante? Los dos primeros puntos son coyunturales y, por tanto, urgentes. El resto es el mal de siempre, el que ya se arreglará, el que nos hundirá mientras suena la orquesta:

Detener la pandemia o hacer todo lo posible, con personas y medios apropiados, honestidad y raciocinio, no sólo usando la práctica medieval del confinamiento y la delictiva del ocultamiento que permite legislar de forma excepcional a favor de un proceso que se aleja de las constantes democráticas.

Detener la sangría de empleos descargando de gasto a las empresas y no practicando rescates o "subvenciones estratégicas" –¿para quién?– que buscan convertirse en votos pagados por todos, favores devueltos, seguros de buena vida futura o una mezcla de todo ello. El desastre económico que se avecina en España empieza a borrar las sonrisas europeas que tanto persigue nuestro presidente.

Devolver a España su peso en el mundo, un peso que se basaba en la estabilidad institucional y que voló por los aires un 11 de marzo de 2004, sin que sepamos a ciencia cierta quién lo ideó. Ni el coronavirus viene de una sopa de murciélago o de una caldereta de pangolín ni los trenes fueron volados por Al Qaeda como castigo a nuestra testimonial presencia en Irak. Pero aquí dudar es propio de conspiranoicos y fachas salvo que la duda sea planteada por la izquierda. El caso es que si en 1898 nos quedamos sin imperio, en 2004 perdimos la nación, como si tal cosa. El trueno de aquella tormenta de marzo aún no ha cesado de retumbar.

Parar el golpe de Estado de Cataluña porque sigue en marcha y ahora estamos mucho más cerca del contagio completo al País Vasco, pedazo de España que un día estuvo a punto de arrinconar al independentismo con una alianza entre el PSE de Nicolás Redondo Terreros y el PP de Jaime Mayor Oreja… que no fue del agrado de Juan Luis Cebrián. Julio, el mes de Miguel Ángel Blanco, cuando todo se paró, ya no es para el recuerdo sino para la angustia: sabiendo dónde hemos acabado, si pudiéramos volver atrás pagaríamos su rescate. Nos han prohibido hasta el martirio.

El gran juicio celebrado mientras el golpe de Cataluña seguía activo es ya una broma pesada que nos recordarán cada día con una sonora pedorreta los presos –si lo suyo se puede llamar prisión– en práctica libertad por decisión de la propia institución golpista.

Que el centro derecha recapacite y vea lo que nos hace perder a todos por pretender ganar un poco cada uno de ellos. Mientras se debaten entre la moderación o el radicalismo se les escapa la arena del infantil puño: sin una oposición adulta volcada en los problemas de España el cambio de régimen será un paseo militar, verde oliva.

Que vuelva la igualdad ante la Ley y que si la reclaman para Juan Carlos I empiecen dando ejemplo con Pablo Iglesias, un vicepresidente del Gobierno metido de lleno en una trama imposible de explicar y que ya habría costado el puesto y algo más a cualquier político del centro derecha. La actual oposición, acostumbrada a dimitir por cursos y cremas –también por corrupción– debe abandonar los complejos y no tachar de radical a quien sabe exponer y denunciar las miserias del comunismo aunque Núñez Feijóo gane en Galicia porque gestiona bien Galicia. Que vuelva también, por cierto, esa igualdad por razón de sexo, violada en una Ley de imposible encaje democrático.

Que asome definitivamente la Justicia como poder independiente y sirva de algo el valiente empujón de muchos jueces y fiscales que se han atrevido a enfrentarse al cambio de régimen. Y que se descubra a los que han formado parte del desastre antes de que éste nos aboque a una nueva e irreversible pérdida.

Si alguien piensa que esto es mucho pedir o que, en realidad, estos asuntos no le incumben, póngase para siempre la mascarilla y prepárese para hacer "tres comidas al día". Así se lo disfrazarán y más de uno lo merecerá.

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