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Ni Soraya es del PP ni el PP es de Soraya

Cospedal todavía puede demostrar, si quiere, que el PP no es de Soraya. Casado, al exponer sus ideas y vínculos, dejó claro que Soraya no es del PP.

EFE

Soraya ganó la primera vuelta donde siempre pierde el PP. Juan Manuel Moreno Bonilla, quizá el político más inerte de Génova 13, ha trabajado y dice que seguirá trabajando –mucho trabajo parece– para que el PP sea una sucursal de Santa Pola, especializada en huir de toda idea, ignorar los problemas para que así no existan, andar sin moverse y velar por la Economía aunque no haya país donde aplicarla.

Ya se sabe que en el PP son muy dados a decir que han ganado unas elecciones cuando tienen un voto más que el resto de los partidos. Mariano Rajoy ha estado abonado a ese comentario cada vez que las cosas pintaban mal, cada vez que se le reclamaba una autocrítica y cada vez que con la excusa de la economía no conseguía tapar las vergüenzas. Pero llevar ese pobre razonamiento de balcón a las elecciones internas –o lo que sea– en un partido es mucho más arriesgado: el resultado de la primera vuelta ha dejado claro que la mayoría de militantes –los pocos que quedan de aquellos supuestos 800.000– no quiere a Soraya en La Moncloa.

Si es verdad que Cospedal juró hacer todo lo posible por evitar el sorayato final es de suponer que pondrá sus poderes al servicio de Casado en la segunda vuelta, la de los compromisarios que deciden de verdad, porque lo que votan los militantes es sólo el descarte. Así que la descartada tendrá que valorar si sigue haciendo política por un Partido Popular que se parece un poco más al de Casado que al de su enemiga, la que le birló el candidato de Andalucía José Luis Sanz para imponer al oportuno peón Moreno Bonilla.

De momento, el único discurso político que se ha oído –y el chupinazo fue en esta casa– es el de Pablo Casado y hay que reconocer que, guste o no, sorprendió a propios y extraños por su sinceridad. Hoy la sinceridad se demuestra diciendo cosas que no gusten en la izquierda y en La Sexta y parece que Casado va por buen camino. Hablar de Aznar, María San Gil y hasta de Ortega Lara y defender el liberalismo sin leerlo en un papel parece compatible con el PP que, si no tenía 800.000 militantes, desde luego sí contaba con 11 millones de votos hasta que Rajoy, de vuelta de México, llegó a Valencia decidido a defenestrar a liberales y conservadores, o sea a su mentor.

En su afán por atraer la atención, la descartada mostró también la ventana de expulsión al reprochar a Pablo Casado ser aznarista. Ya dijimos aquí que a Casado lo acusarían de juventud, de riverista y de aznarista. Lo de la edad, envidias aparte, es inevitable y no les supuso problema ni a Adolfo Suárez ni a Felipe González. Lo de Rivera no vendría al caso si Ciudadanos no hubiera sido un partido nacido de la omisión política del PP en Cataluña: si alguien del PP elogia a Rivera es porque echa de menos los principios de su propio partido. Y lo de Aznar sigo sin entenderlo por más que lo leo: ¿Casado tendría que ser fraguista? El caso es que Cospedal todavía puede demostrar, si quiere, que el PP no es de Soraya. Casado, al exponer sus ideas y vínculos, dejó claro, sin necesidad de decirlo, que Soraya no es del PP.

A la candidata del Partido Paracetamol la hemos oído clamar ahora contra las subidas de impuestos y contra el golpismo catalán, como reprochando a Pedro Sánchez el Huido sus primeros desmanes. Pero, como las palabras, también son suyas las obras: subida histórica de impuestos con implacable persecución al contribuyente y permisividad con el golpismo hasta la complicidad. No deberíamos cansarnos de escuchar aquella oferta que le hizo la entonces vicepresidenta a Puigdemont para que negara la evidencia de que se había proclamado la República catalana: "Nadie ha tenido tan fácil una respuesta y nadie ha tenido tan fácil evitar que se aplique la Constitución". Lo dijo, sí. Nadie ha tenido tan fácil ocultar un delito con ayuda del Gobierno. Y hoy es candidata a la presidencia del mismo partido que Cospedal, Casado, Núñez Feijóo…

Probablemente nada de esta guerra interna interese a los votantes del PP que, a fin de cuentas, serán los que decidan si el candidato vencedor merece ser votado en unas elecciones o lo merece otro partido o nadie. Y estos barruntos empezarán en otoño en Andalucía –donde Moreno Bonilla– y después, en mayo de 2019, en las municipales y autonómicas. Ya entonces, la imagen del PP será la de su presidente, el aspirante a La Moncloa.

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