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Rajoy toca a rebato

Ahora que ya está todo perdido y se ha dilapidado una mayoría absoluta empiezan los nervios en el Partido Popular.

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Por fin, Mariano Rajoy toma una decisión en tiempo y forma. Ha convocado la Directiva Nacional del PP después de dos años sin hacerlo. Empieza a existir vida inteligente en este partido, eximio continuador de la nefasta política zapaterista.

Ahora que ya está todo perdido y se ha dilapidado una mayoría absoluta empiezan los nervios en el Partido Popular, una formación fundada e inspirada por Manuel Fraga para recoger el voto conservador y liberal en una España, la de 1989, en la que el socialismo felipista y la izquierda caviar eran dueños y señores del relato político y social. La derecha estaba avergonzada de sí misma y sólo el incombustible Fraga pudo montar una formación que en siete años llegaría a La Moncloa gracias al desgaste del PSOE.

Pero sólo era eso: conquistar el poder y compartirlo con las castas nacionalistas para seguir la senda de corrupción sistémica implantada por el felipismo desde el escándalo Filesa. Porque este partido nunca ha tenido principios, idea de nación ni ideología (la primera alusión intelectual de algún miembro destacado se produjo hace unos días en Es La Mañana de Federico, cuando el delfín Pablo Casado mentó a Hayek). El PP era y es una máquina de poder que se pone en marcha en períodos electorales de la mano de Arriola. Mientras los socialistas tienen Andalucía como referente para su diseño electoral, el PP basa su estrategia en las distintas baronías autonómicas de tradición conservadora. Este partido es una pura matemática demoscópica que cuando alcanza el poder encomienda la gestión a una legión de tecnócratas salida del entorno del Opus.

Así, después del azote zapaterista, los ciudadanos españoles, en un último intento de dignificar la nación y reconducir los excesos socialistas y las infamias nacionalistas, dieron una histórica mayoría absoluta a Mariano Rajoy, un veterano político que con 27 años ya era presidente de diputación. Todo un reto sublime que se quedó ya desde el primer día en un fiasco porque, entre otras atrocidades, nombra un Gobierno economicista y tecnócrata que pacta con Merkel una brutal subida de impuestos a trabajadores y empresas para evitar el espectáculo del rescate; prosigue y bendice la vergonzosa agenda de Zapatero para excarcelar de forma masiva asesinos en serie etarras (una herida mortal para la decencia y dignidad de cualquier nación) y permite la pertinaz sedición de la Generalidad catalana hasta el punto de que el jefe del Estado hace de chófer de su presidente. Y sus barones autonómicos siguen también la misma línea darwinista: la mayor parte están afectados por el síndrome de Estocolmo nacionalista (Galicia, Baleares y Valencia) o socialista (Extremadura).

En definitiva, una mayoría absoluta tirada por la borda por culpa de un presidente anodino que no ha hecho una sola reforma administrativa destacable, porque el Estado es un monstruo que acumula deuda, compuesto por casi tres millones de funcionarios (esa pasión de la izquierda), mientras los trabajadores, que son los que pagan el convite, soportan condiciones laborales cada vez más precarias. No hay nación ni idea de ella (Vascongadas y Cataluña son territorios dominados por el totalitarismo nacionalista), y sin rumbo definido no hay viento favorable alguno. Por eso Mariano Rajoy no caerá por Bárcenas (el enésimo escándalo de un régimen trilero y viral que empezó con Filesa) sino por su desnortada acción de gobierno. A su vez, el Partido Popular sucumbirá por la inanidad y el populismo de su estructura de poder debido a la irrupción de nuevos y frescos actores políticos como Ciudadanos y Vox. Hasta ahora, el voto conservador y liberal estaba cautivo del PP porque no había propuestas, pero éstas ahora surgieron con fuerza e inteligencia.

El toque a rebato de Rajoy suena, en sentido figurado, a los redobles de campanas evocados en los versos de John Donne.

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