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José García Domínguez

¿Cuántos separatistas habrán pisado Hospitalet?

En el fondo, el drama de nuestros muy mimados y malcriados burguesitos y burguesitas separatistas es que conocen mucho mejor Bruselas que la Torrasa.

José García Domínguez
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En el fondo, el drama de nuestros muy mimados y malcriados burguesitos y burguesitas separatistas es que conocen mucho mejor Bruselas que la Torrasa.
EFE

Cuanto más y más se engorda ese censo oficioso, el de los asistentes a la excursión de los separatistas en Bruselas, más y más se desinfla esa gran bola, la de la sufrida minoría nacional oprimida y expoliada por la artera potencia colonial española. Porque minorías nacionales oprimidas y expoliadas por algún tercero imperialista hay muchas en este mundo, pero minorías nacionales oprimidas y expoliadas por algún tercero imperialista que estén en disposición de pagarse durante un fin de semana todos los hoteles de Bruselas, una de las ciudades más caras de la ya de por sí muy cara Europa, solo se conoce la catalana. ¿O acaso alguien ha visto alguna vez a 45.000 refugiados palestinos colapsando con sus bolsas de viaje y sus zapatillas de marca los aeropuertos de Nueva York antes de partir rumbo a la sede de las Naciones Unidas para allí reclamar la pertinente atención internacional para su causa? ¿O a 45.000 kurdos desplazándose a Estrasburgo para hacerse notar ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos antes de tomar el vermú en alguna terraza de la plaza Kleber?

Yo no sé cuánto obreros de la Torrasa cogerían el otro día un avión en El Prat para ir a consolar al Papa Luna de Gerona. La Torrasa, ese barrio de Hospitalet del Llobregat donde los anarquistas de la FAI colgaron aquella célebre pancarta en las muy agitadas vísperas del 18-J del 36. Una que, lacónica, advertía: "¡Cataluña termina aquí! ¡Aquí empieza Murcia!". Lo que sí sé, en cambio, y lo sé con plena certeza gracias a la propia Generalitat, que patrocinó encuesta para averiguarlo, es que únicamente el 22,7% de cuantos catalanes se perciben como miembros de la clase baja confiesan ser entusiastas de la doctrina separatista. Al igual que sé, y merced a idéntica fuente, que solo un tercio de los parados catalanes cree que la estelada les ayudaría a resolver su precaria circunstancia vital. Únicamente, sí, un tercio. De idéntico modo, esa prospección demoscópica oficial reveló que en el segmento de las personas sin estudios académicos reglados no pasa de un pírrico 25% la adhesión al afán secesionista de las tres expresiones políticas del catalanismo asilvestrado, Esquerra, el pospujolismo y la CUP.

Y que, en fin, en la cohorte sociolingüística de los que tienen el castellano por lengua materna el rechazo expreso a la ruptura con el resto de España alcanza nada menos que a un 86% de sus miembros, la práctica totalidad del grupo. Ocurre que la revuelta de los catalanistas contra la Nación es un berrinche de los ricos, por los ricos y para los ricos; una algarada clasista tan cercana al mezquino paisaje intelectual y moral de la Liga Norte y su Padania como ajena a cualquier proyecto genuinamente popular y emancipador. En el fondo, el drama de nuestros muy mimados y malcriados burguesitos y burguesitas separatistas es que conocen mucho mejor Bruselas que la Torrasa. La próxima vez que vayan a dar un golpe de Estado, yo les aconsejaría que compraran antes un billete de metro de la línea 1, que es la que llega hasta Hospitalet. ¡Cuántos disgustos se hubieran ahorrado estos días si se hubiesen animado a viajar a Cataluña!

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