Menú
José García Domínguez

El Gran Germà del patio

Ahora se dedican a espiar a los niños para constatar que esos pequeños traidores a la pàtria se siguen empeñando en hablar el idioma que les da la gana.

José García Domínguez
0
José García Domínguez - El Gran Germà del patio
Un colegio catalán | Gordon Press

Ahora se dedican a espiar a los niños en los patios de los colegios para constatar, y con infinita desolación, que esos pequeños traidores a la pàtria se siguen empeñando en hablar el idioma que les da la gana en cuanto nadie los controla. Pero eso es ahora. Porque Plataforma per la Llengua, la enfermiza cofradía de acosadores de la infancia catalana que ampara Torra, no es más que el nuevo nombre oficial que adoptó, allá por 1990, la Crida a la Solidaritat, aquella trama de agitación e intimidación callejera auspiciada por Pujol y la totalidad de los partidos catalanistas como respuesta al Manifiesto de los 2.300 en defensa de la la lengua común castellana. Ruidoso chiringuito, la Crida, que tuvo por vicepresidente e impulsor principal al ahora afamado golpista Jordi Sànchez. Parece, pues, que nuestros muy patrocinados talibanes domésticos acaban de descubrir con horror que en Cataluña, y ya desde la más tierna infancia, es costumbre habitual practicar eso que los filólogos llaman diglosia, esto es, el hábito de cambiar de idioma de forma casi inconsciente según el contexto social en el que el hablante se encuentre.

Una práctica colectiva que solo tiene unos quinientos años de antigüedad en la plaza. Así las cosas, siendo yo niño, todos mis profesores impartían sus clases en castellano, pero la gran mayoría de ellos se pasaba al catalán en cuanto sonaba el timbre de salida. Muchos años después, cuando yo mismo fui profesor, seguía ocurriendo lo mismo, solo que al revés: las clases se impartían exclusivamente en catalán, pero al volver a pisar la calle, alumnos y profesores, todos, retornaban al castellano de modo automático. Retornaban y siguen retornando, pues justo eso es lo que ahora mismo continúa aconteciendo tal como certifican alarmados los informes confidenciales de los espías de Torra. Y es que, frente al falsario cuento lacrimógeno de los catalanistas a propósito de la terrible persecución sufrida por la lengua vernácula a lo largo de la Historia, lo cierto y verdadero es que la diglosia ya era algo muy normal en Cataluña cuando Felipe V firmó el Decreto de Nueva Planta.

De ahí que, mucho antes de 1714, los buenos burgueses y gentilhombres de la élite de Barcelona educaran a sus retoños en castellano, acudieran a ver representaciones de teatro en castellano dentro de los muros de la ciudad, leyeran libros en castellano y hablasen con notable desenvoltura y pericia formal en castellano cuando se topaban con algún interlocutor que tuviera esa lengua por propia. En todo lo demás, seguían utilizando el catalán. O sea, una situación muy similar a la de hoy mismo, tanto en los patios de los colegios como en las aceras de las calles o en las barras de los bares. Frente a la gran mentira canónica catalanista, el castellano no entró en Cataluña ni tras las bayonetas de Felipe V, a principios del XVIII, ni tampoco dentro de las maletas de madera de los emigrantes interiores que arribaron en distintas oleadas a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Su gradual penetración a partir de la Baja Edad Media fue un proceso por entero endógeno, no exógeno. Y que la Stasi con barretina y su jefe supremo, ese gran asno llamado Torra, todavía lo ignoren para nada cambia las cosas. Escupen contra el viento.

En España

    Lo más popular

    0
    comentarios

    Servicios

    Máster EXE: Digital Marketing & Innovation
    España Baila Flamenco