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Desde la Transición ha tenido que ser Madrit, con su caverna, la que pusiera a los catalanes frente al espejo revelándoles sus corruptelas y miserias.

José María Albert de Paco
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Es de sobra conocido que ningún medio informativo catalán ha dado jamás una exclusiva de cierto calado. Desde la Transición, ha tenido que ser Madrit, con su caverna, la que pusiera a los catalanes frente al espejo, revelándoles así sus corruptelas y miserias. En TV3, a lo sumo, se hacían eco, eco, eco de la noticia, y siempre, claro está, abrochando las entradillas con la insinuación (¡cuán sutiles somos!) de si en el fondo ese "supuesto" escándalo no es otro intento de España de ahogar las ansias de libertad de Cataluña, correlato F5 de aquel 'a partir de ahora, ajá, de ética hablaremos nosotros'.

Por qué, entonces, esa porfía en el 'espai català de comunicació', como tan pomposamente lo llamaron sus principales ideólogos, Joan Manuel Tresserras y Enric Marín. Obviamente, para ir incrustando en el discurso hegemónico (que no sólo se ciñe a las arengas de la televisión autonómica) la especie de que Cataluña es diferente de España, bien entendido que la diferencia es la tinta simpática de la superioridad. No en vano, e históricamente, el nacionalismo catalán ha concebido el lenguaje como un campo (semántico) de batalla sobre el que ir fundando fantasmagorías. Se trataba, en suma, de torcerle el pescuezo a las palabras. Normalización lingüística, minoría catalana, la resta de l'Estat... El sentido profundo de la prensa catalana (SA) no ha sido sino la ingeniería social, el afán de afianzar la superchería de que la historia le debe algo a Cataluña como el fútbol al Atleti.

Dicho lo cual, ¿de qué hablamos cuando hablamos de 'vía unilateral', de 'órdago independentista', de 'documento para la aprobación de las leyes de desconexión', de 'luz verde a la aprobación de las conclusiones de la comisión parlamentaria de estudio sobre el proceso constituyente'? La fraseología no está extraída de órganos nacionalistas, sino de periódicos de vocación democrática -de obediencia española, dirían los segadores-. De periódicos, en fin, a quienes habría que recordar que España ha sido pródiga en vías unilaterales, empezando por el 36 y acabando por el tejerezo, sucesos que por respeto a la verdad no han pasado a la historia como vías ni unilaterales, sino como golpes e intentonas.  

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