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Uno de los tics más sonrojantes de la llamada nueva política es su terco afán autorreferencial.

José María Albert de Paco
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Uno de los tics más sonrojantes de la llamada nueva política es su terco afán autorreferencial. En el talent show del lunes por la noche, los dos concursantes adscritos a dicha corriente no dejaron de subrayar su presunta condición de novísimos. Lo hicieron, además, prefigurando una suerte de alianza cuyo único requisito de pertenencia es precisamente ése, la novedad. Así, Pablo Iglesias selló por triplicado su complicidad con Albert Rivera ("Podríamos entendernos en el asunto de las puertas giratorias"; "Estoy de acuerdo con las propuestas que ha hecho Albert"; "Estoy de acuerdo [con Albert] con que se puede reformar el Senado") y Albert Rivera, aunque no se prodigó tanto como Pablo Iglesias, fue más incisivo que éste a la hora de delimitar la frontera entre unos y otros: "Esto Pablo y yo lo hemos hablado y estamos de acuerdo, y espero que los viejos partidos se quieran sumar a los nuevos".

Respecto a Iglesias, sobra decir que, antes que lo nuevo, es el nuevo. No en vano, representa un mundo que, en las últimas semanas, en Argentina y en Venezuela, ha rendido (¡nuevamente!) sendos tributos de rebosante vejez. Por lo demás, que cite a Churchill erróneamente o asegure que los andaluces votaron algo parecido a seguir perteneciendo a España (ante el inquietante silencio del resto de los contendientes, lo que prueba que lo que aconteció no fue un debate, sino una demostración de contorsionismo verbal); tales desatinos, en fin, resultan menos reprobables por su futuro como político que por su pasado como docente. En este sentido, ocurre otro tanto con Manuela Carmena: no es tan preocupante que sea alcaldesa cuanto que haya sido jueza, y no una cualquiera.

En cuanto a Rivera, justo es decir que rebatió todos los argumentos humanamente rebatibles. Tanto es así que incluso se rebatió a sí mismo, y de modo retroactivo, al sugerir que había que "comprender" a los dos millones de independentistas catalanes que quieren romper España. Tan sólo miró para otro lado cuando Soraya Sáenz hizo ademán de quitarse la zapatilla: "Como se nota que no estaban ustedes aquí hace cuatro años". Se entiende, no obstante, que en ese punto callara como una ramoneta, pasando por alto el detalle de que lleva diez años en esto. Que su novedad, por decirlo en su jerga, es ya una novedad de rancio abolengo.

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