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José T. Raga

Cuando el poder se desvanece

Cuando el poder como 'potestas' se desvanece, del ser humano no queda nada, porque nada hubo.

Cuando el poder como 'potestas' se desvanece, del ser humano no queda nada, porque nada hubo.
Pedro Sánchez en el pleno del Congreso | EFE

Lo permanente en nuestras vidas son muy pocas cosas, y éstas se dan en personas de gran corazón; es decir tampoco por casualidad. Al igual que hay que regar las plantas para que crezcan y fructifiquen, las relaciones humanas requieren igualmente un riego de bondad, de generosidad, de honradez, de sinceridad, de probidad. Porque, en otro caso, todo se marchita y lo que creíamos grato y apetecible se convierte en odioso y aborrecible.

Nada puede dejarse al albur de las circunstancias. Lo más noble y enriquecedor en las relaciones humanas, con toda probabilidad, es el amor. Entrañable en próximos, sacrificado entre íntimos. Y cuántas veces oímos que el amor, por el tiempo, se desvanece hasta desaparecer.

Pues el poder se desvanece, incluso con mayor celeridad que el amor en nuestra vida perecedera. El poder más permanente es aquel que enraíza en la autoridad de quien lo ejerce, aquella a la que los clásicos llamaban auctoritas, no en lo que muchos creen tener por razón de su potestas. Al primero, para que no nos llamen cursis utilizando términos latinos, solemos distinguirle con el apelativo de autoridad moral, mientras que al segundo se le suele mencionar como simple poder dativo, en ocasiones dictatorial, arbitrario, absoluto, delictivo o criminal.

Cuando el poder como potestas se desvanece, del ser humano no queda nada, porque nada hubo. Por ello, quien lo ejerce no se resigna y su resistencia le convierte en un ser gratuito para el que lo que hoy es verdad, mañana, o dentro de unas horas, será mentira. El presidente Sánchez está presentando signos evidentes de una conciencia propia de quien considera que su poder –potestas– se está desvaneciendo. Su improvisación ante graves problemas de la nación, su nerviosismo, su afán desmedido de presencia –temiendo ser olvidado–, su postergación incluso de los más próximos.

Un signo alarmante de esta situación es que quien así percibe su poder vive aspirando una permanente laudatio; todo lo que hace es magnífico, perfecto, y cuando alguien le atribuye responsabilidad por los resultados nefastos de su política, cambia falazmente el discurso, atribuyendo la responsabilidad a cualquier Ministro, o incluso al pueblo sometido a su poder. Atribuir la inflación que estamos soportando (10,20% en junio) a que los consumidores están haciendo subir los precios, por sus excesos, o a que las empresas elevan los precios para conseguir beneficios extraordinarios, es una buena muestra de cuanto digo.

El Presidente, licenciado en Ciencias Económicas, sabe que eso no es así. Que si buscamos responsabilidad de la inflación yo la repartiría entre la señora Lagarde, Presidenta del BCE –ofreciendo dinero fácil– y nuestro Presidente endeudándose gratuitamente, fomentando el consumo sin fomentar la producción. Por lo que, más dinero en manos del público y estancamiento o disminución del producto, sólo puede resolverse o a tiros entre los consumidores, o con elevación de precios. Afortunadamente ha predominado la última, gracias a su renuncia de fijar los precios máximos para, supuestamente, evitar la inflación.

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