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Libertad y seguridad a la luz del terrorismo

Libertad y seguridad no son abstracciones sino más buen cuestiones prácticas que han de resolverse con la inestimable ayuda del Estado.

Mikel Buesa
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Hay ocasiones en las que los acontecimientos adquieren una especial significación, remueven los cimientos de nuestra conciencia y nos envuelven en un tropel de emociones que despiertan el conocimiento para alcanzar una luz que antes era poco más que un atisbo, un resplandor lejano, un punto débilmente encendido allá en un horizonte de oscuridad. Uno de esos sucesos ha tenido lugar en París hace poco más de una semana, a raíz de los atentados cargados de muerte contra la redacción de Charlie Hebdo y contra la comunidad judía de Francia. De repente, ante esas explosiones de violencia, los ciudadanos y los políticos europeos hemos sentido próxima la amenaza que antes no era sino el eco apagado de un remoto peligro. La yihad terrorista ha irrumpido así en nuestra vida común, despertando una alerta olvidada después de aquellos 11-S, 11-M y 15-J que parecían ya sólo un mal sueño y evocaban un problema que se quería ver ajeno.

Los países más amenazados han reaccionado con una resolución inusitada; y así, vemos que en Francia, Alemania, Reino Unido, España y Bélgica se han anunciado medidas para atajar la yihad terrorista -concebida ahora por buena parte de los actores políticos como una suerte de guerra- cuya pronta adopción emulará, no sólo en lo simbólico, también en lo material, la Patriot Act con la que Estados Unidos arbitró hace ya más de una década su combate contra Al Qaeda y el islamismo militante. Y no se trata únicamente de dar forma jurídica a la lucha contra esta amenaza, pues el programa que se atisba incluye una formidable movilización de recursos humanos y medios materiales para reforzar la seguridad, así como una intensificación de la cooperación en materia policial, judicial y de inteligencia.

Enseguida, como ya ocurrió al despuntar el siglo en Estados Unidos, ha aflorado el viejo debate en el que se contraponen la libertad y la seguridad, como si ambas nociones encontraran en su esencia conceptual una contradicción entre ellas. Un debate en el que quienes más acechan son, precisamente, los que políticamente se ubican en las fronteras del sistema democrático-liberal y aspiran a superarlo, cuando no a demolerlo, en pro de un tipo inconcreto de organización social que cada vez más se aproxima a los otrora idealismos conducentes al totalitarismo. Y así, la libertad y la seguridad se evocan como abstracciones cuyo contenido nunca se especifica con precisión.

Sin embargo, libertad y seguridad no son abstracciones sino más buen cuestiones prácticas que han de resolverse con la inestimable ayuda del Estado. Fue Adam Smith el que, en el comienzo del libro quinto de La riqueza de las naciones, escribió: "La primera obligación del Soberano (…) es la de proteger la sociedad contra la violencia (…) de otras sociedades independientes", para añadir unas páginas después:

El segundo deber del Soberano (…) consiste en proteger, hasta donde sea posible, a los miembros de la sociedad contra las injusticias y opresiones de cualquier otro componente de ella.

La seguridad -cuya existencia se apoya sobre el trípode institucional que forman el ejército, la policía y los jueces independientes- encuentra así amparo en la esencia misma de la vida social. Smith advertirá también contra "los hombres de ideas republicanas" que consideran que esas instituciones son "peligrosas para la libertad", indicando que cuando están

en manos de quienes tienen el mayor interés en defender la autoridad civil, (…) [entonces] jamás pueden ser peligrosas para la libertad [y], por el contrario, la favorecerán las más de las veces.

En lo que a mí concierne, debido a las excepcionales circunstancias que me ha tocado vivir como consecuencia del terrorismo, he aprendido que cuando la seguridad aparece garantizada para todos, o sea, cuando la seguridad es una abstracción general, mi libertad no ha encontrado límite alguno. Pero cuando la amenaza se ha cernido directamente sobre mí -lo mismo que sobre tantos otros que fuimos designados como objetivos a batir por una organización terrorista-, entonces he perdido la libertad envuelto en una red de servicios de seguridad que han garantizado mi vida. Entonces mi seguridad era un asunto concreto que me hizo vivir durante años con un policía delante y otro detrás, con mi agenda escrutada al milímetro, con las operaciones de contravigilancia verificando cada detalle de mi entorno, con mi libertad tirada por los suelos para que, paradójicamente, pudiera expresarme sin cortapisas.

Por eso apruebo las medidas que se diseñan para garantizar la libertad de todos, aunque supongan manejar la información de nuestros viajes o el control de nuestras presencias en tal o cual lugar. No está ahí la tentación totalitaria, puesto que esos medios acaban siendo controlados por jueces independientes del poder ejecutivo, como quería Adam Smith, y esas fuerzas policiales o militares se orientan a preservar la democracia en la que vivimos.

Y a la vez me conmuevo pensando en los que ahora, hasta que se restablezca la seguridad general, van a vivir estrechamente vigilados y protegidos por un enjambre de agentes, como en este momento ocurre en las escuelas judías de Francia, donde los niños son recibidos por gendarmes sólidamente armados, o en las calles del Marais parisino, en las que patrullan las furgonetas policiales con una frecuencia inusual. Es ahí donde la vida se hace difícil, donde hay que tener cuidado y estar alerta, donde la libertad se ve severamente limitada gracias a la seguridad. ¡Qué paradoja! Las potenciales víctimas de la yihad terrorista pierden su libertad mientras que, para poder restablecerla, será necesario adoptar normas y medidas de seguridad repudiadas por quienes nunca sentirán en su nuca el aliento de los que matan para reivindicar su política.

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