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Pablo Planas

Mano dura

Este Gobierno insiste en reiterar los errores del anterior Gobierno y en no poner en práctica su único conato de acierto, aquel 155 que se quedó tan corto.

Pablo Planas
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Lo único que entienden los políticos y dirigentes independentistas es la mano dura. No hay otra solución ni manera porque no hay más que ver cómo se las gastan cuando los poderes del Estado les tienden la mano. Repárese si no en la sentencia del Tribunal Supremo, un desatino encaminado a facilitar que los condenados salgan de la prisión ("prisión" por llamar de alguna manera al Hotel Spa Lledoners) cuanto antes, tal como ha reconocido el dirigente socialista catalán Miquel Iceta. Se les condena a las menores penas posibles y se descarta la petición de la Fiscalía para que cumplan íntegra la pena y van sus cachorros y le pegan fuego a media Cataluña, además de amenazar con la expulsión a la media Cataluña que no piensa como ellos.

El moderado Oriol Junqueras, condenado a trece años de cárcel, de los que no cumplirá ni una cuarta parte, ha abandonado su pose beatífica para proclamar a los cuatro vientos: "El indulto se lo pueden meter por donde les quepa". Ese Junqueras transido de amor al prójimo que decía estimar tanto a España y a los españoles en sus alegatos ante el tribunal es ahora el político de colmillo retorcido que, lejos de apaciguar a sus huestes, las calienta con expresiones procaces.

Vaya, vaya, que se metan el indulto por donde les quepa. ¿A qué se referirá? Y qué raro, con lo espiritual que se mostraba Junqueras en sus epístolas de Soto del Real y lo borde que está en Lledoners, donde los funcionarios que no le hacen la pelota son inmediatamente represaliados. Natural. La cárcel depende de una consejera de Justicia que le debe el puesto al preso más famoso de Cataluña. Como para no bailarle el agua. Puede que si en vez de trece le hubieran metido treinta años no dijera eso de que se metan el indulto por donde amargan los pepinos.

Está crecido Junqueras, y no es para menos. Le quedan pocos meses de trena y el separatismo se ha revitalizado gracias a una sentencia pacata y a un Gobierno pánfilo, las condiciones ideales para que florezca la violencia y prospere el chantaje. Como el diálogo, la distensión, las cesiones y las contemplaciones ya se han probado, no estaría de más probar por una vez con el orden y la ley. No hay más que recordar lo templados que se quedaron los nacionalistas cuando se aplicó aquella especie de sucedáneo del 155. En aquel entonces, el inflamado vicepresidente regional Pere Aragonès era el secretario de Economía de la Generalidad y el enlace con la Administración del Estado. Roberto Bermúdez de Castro, el enviado de Madrid, cuenta y no para sobre lo diligente, solícito, servil y adulador que era el muchacho, igual que Elsa Artadi.

Dicen que no se dan las condiciones para aplicar el artículo constitucional ni la Ley de Seguridad Nacional, pero el Gobierno tiene manera, vaya que si tiene, para dejar a los separatistas con el trasero al aire. Solo con cortarles el grifo financiero ya se aplacarían bastante los ánimos. Pero no es probable que eso pase. Este Gobierno insiste en reiterar los errores del anterior Gobierno y en no poner en práctica su único conato de acierto, aquel 155 que se quedó tan corto.

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