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Pedro de Tena

Un féretro para Marta

Hubo un pacto de sangre entre todos ellos de modo que jamás pueda saberse dónde fue arrojado el cuerpo de Marta del Castillo.

Pedro de Tena
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Hubo un pacto de sangre entre todos ellos de modo que jamás pueda saberse dónde fue arrojado el cuerpo de Marta del Castillo.
Marta del Castillo | Archivo

La primera vez que vi a Ángela Mendaro fue en Jerez. En 1969, la Academia de San Dionisio, de la que formaba parte el denigrado ahora José María Pemán, había programado una sesión de teatro en sus instalaciones. Constaba la representación de dos obras, una de Alfonso Sastre y otra de Alfonso Jiménez Romero. En la primera, Cargamento de sueños, actuamos Paco Lobatón, María del Carmen Ribelles y yo mismo, bajo la dirección del gran Pepe Marín. Aun siendo novedosa e ideológicamente cargada de mesianismo izquierdista, fue la segunda, Oratorio, con el Teatro Estudio Lebrijano, la que deslumbró por su espectáculo agro-dionisíaco, su combinación de sonidos, luces y cánticos y su descripción de una epopeya ritual interpretable como antidictatorial. Hasta ganó el premio de teatro en Nancy. Franco vivía. Mendaro era miembro del coro y le acompañaba también el exalcalde socialista de Lebrija y luego enchufado en la FAFFE, Antonio Torres.

La segunda y última vez que la vi en persona fue en Sevilla, en el Teatro Lope de Vega, en el que se representaba Un féretro para Arturo, una obrita de Jorge Teixidor en la que se hacía una crítica de la propaganda comercial "capitalista" haciendo propaganda política de izquierdas a costa del negocio de la muerte, ataúdes Perpetus. En esa ocasión, Ángela Mendaro era ya una figura destacada sobre el escenario y Juan Bernabé, el creador del grupo lebrijano, había muerto de un tumor cerebral a los 25 años.

Ayer estuve viendo con un gran interés el documental en tres partes de una hora que Nacho Abad, Paula Cons y Ricardo Pardo y otros han impulsado en Netflix sobre la muerte de Marta del Castillo y la tortura de su familia, Antonio, Eva y sus hijas que sufre un agujero negro en el corazón. Creo que el trabajo que se ha hecho es admirable. No sólo por su sobriedad técnica y por su precisión expositiva, sino por la aportación que hacen de indicios, dudas razonables y errores policiales, piruetas judiciales y absentismos fiscales. De hecho, el documental abre puertas que deben impedir que el caso se cierre.

¿Cómo es posible que un grupo de jóvenes sin formación ni experiencia judicial alguna haya engañado, toreado, falseado, jugado y salido airosos de años de investigaciones policiales y judiciales? Cuando se presta atención atenta al documental se deduce que hubo un pacto de sangre, con todas las letras y nunca mejor dicho, entre todos ellos de modo que jamás pueda saberse dónde fue arrojado, enterrado, calcinado o disuelto el cuerpo de Marta del Castillo. Lo han conseguido hasta ahora, pero para ello han necesitado muchas otras complicidades.

Destaca en la serie el testimonio de María García Mendaro, hija de Ángela Mendaro, que era la novia de Francisco Javier Delgado, hermanastro del asesino confeso y desconfeso, Miguel Carcaño, al que este acusó finalmente de haber sido el verdadero asesino de Marta. García Mendaro dijo que aquella noche en la que murió la desgraciada joven en un domicilio de Sevilla –que los demás mencionaron con pelos, horas, minutos y señales–, no había pasado nada porque ella estuvo allí estudiando con la luz encendida toda la noche. Ni siquiera oyó cómo el padre de Marta aporreaba las ventanas para preguntar por el paradero de su hija. Con su testimonio encubrió a todos y a ella misma, pero los demás probaron el jarabe carcelario. Todos menos ella.

Con el tiempo, aquella actriz lebrijana de buena y acomodada familia que fue Ángela Mendaro fue evolucionando desde las posiciones extremo-marxistas iniciales hasta mansear en el PSOE. Lebrija fue, por entonces, 1969-1976, un foco de activismo comunista a través del Partido del Trabajo de España, Bandera Roja, OMLE y otros grupúsculos y un germen de obrerismo cristiano gestado en torno a los franciscanos del pueblo, ya inexistentes. Entre ellos, recuerdo a Luis, no su apellido, y al luego famoso José María Casasola, con los que hablé no pocas veces.

Ángela Mendaro llegó a ser una figura relevante en el PSOE de Sevilla. De hecho, además de su puesto gerencial en la Diputación de Sevilla, formaba parte del Foro Clara Campoamor (quien, como se sabe, nunca fue socialista pero así se la asimilaba a la causa), que presidía Amparo Rubiales, socia de Javier Pérez Royo, y en cuya dirección estaba la propia Susana Díaz y la élite feminista del PSOE.

Mendaro no pudo tener responsabilidad alguna en las acciones y omisiones de su hija, fueran los que fueran. Pero el documental pasa muy por encima de la "coordinación" necesaria y articulada para que, a pesar de las mentiras, los falsos testimonios, dos sentencias firmes con hechos probados contradictorios y toda la porquería que el documental arroja sobre la Justicia y la Policía, sólo Carcaño esté en la cárcel y no haya cadáver. Tamaña obra única de arte judicial-policial, ¿es una coincidencia del destino?

Nunca olvidaré que Antonio del Castillo me contó una vez que se puso en contacto con Ángela Mendaro para rogarle que le dijera dónde estaba el cuerpo de su hija, que le dijera la verdad de lo ocurrido y que dejarían de acusar a su hija porque sólo quería enterrar a Marta en paz. Pero ni ella ni la familia colaboraron nunca con los del Castillo-Casanueva. No sale en el documental, como tampoco quién era quién en las defensas y por qué se hicieron unas cosas y no otras. Dos detalles. El abogado de la familia del Castillo, que dejó de serlo tras desencuentros en 2013, el fiscal en excedencia José María Calero, es ahora el defensor de José Antonio Griñán, Susana Díaz, de Ignacio Caraballo y otros.

Y dos. La defensa del hermanastro de Miguel Carcaño la ejerció Juan Manuel Carrión Durán, que era profesor asociado en la cátedra que dirigía Javier Pérez Royo. El socio del bufete de Carrión Durán era Antonio Jiménez Almagro que, fíjense, fue el primer abogado de Miguel Carcaño. Y no es todo. La defensa de María García Mendaro la llevó José Antonio Salazar Murillo, en cuyo bufete trabajó el primer marido de Amparo Rubiales Torrejón, José Ramón Alarcón Caracuel.

Todo, tal vez, tal vez, tráfico de coincidencias. Pero, a estas alturas y con lo que una familia, Sevilla, Andalucía y España hemos llorado, en vez de Un féretro para Arturo, ¿no sería posible, lo ruego a quien corresponda por compasión, encontrar, entre todos, un féretro para Marta?

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