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'Catalunya' ya no existe

Ese pobre necio expatriado aún no sabe lo que ha hecho.

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EFE

Estos días de furia conviene realizar el ejercicio, yo al menos lo hago a diario, de leer entre líneas a los creadores de opinión del nacionalismo, a esos intelectuales orgánicos del establishment barcelonés cuya tarea cotidiana consiste en escribir el guión del cuento, eso que todos los cursis han dado ahora en llamar "relato", del Proceso. Tengo por norma seguir a los más inteligentes, los que elaboran el discurso canónico que va dirigido al público menos básico, la clientela que no se conforma con las simplezas y los maniqueísmos burdos de la brocha gorda panfletaria. Los que se prodigan en las páginas de Opinión de La Vanguardia, sin ir más lejos. Con lúcida y apenas disimulada consternación, han sido ellos los primeros en intuir el cambio profundo, de calado, que sufre ahora mismo la sociedad catalana, ese que tan caro le va a costar no haber descubierto a Pablo Iglesias. Porque lo que se acaba de romper aquí, y para siempre, es el gran consenso básico que se estableció justo tras la muerte de Franco y el inicio de la Transición. Un consenso fuera del cuyas lindes programáticas solo ha existido espacio para la más estricta marginalidad en la Cataluña de los últimos cuarenta años. Era ese un mínimo común denominador, pues procede ya hablar de él en pasado, que giraba en torno a dos premisas fundamentales que acaban de desmoronarse en apenas meses, si no en días.

La primera de ellas apelaba al espacio privado, la segunda a la comunidad política. Se trataba, y ese era el contenido normativo e insoslayable de la primera, de que la mitad de la sociedad catalana aceptase de grado callar por norma frente a cuantos dictados de orden identitario y de lealtades nacionales estableciese la otra mitad. De ahí el invento propagandístico del mítico "un sol poble" que nunca hemos formado los ciudadanos de Cataluña. Esa ficción interesada, la del "un sol poble", ha resultado al cabo la primera víctima colateral del Proceso. Porque los ciudadanos de Cataluña, escindidos siempre entre silentes y principales, no hemos estado unidos nunca. Jamás. Pero solo desde que Puigdemont cometió ese alarde genital tan temerario, el de traducir la charlatanería independentista en hechos legislativos, nuestro secreto divorcio crónico ha salido, por fin, a la luz. Y ahora ya es demasiado tarde para tratar de esconderlo de nuevo, de taparlo ante las miradas indiscretas de los de fuera.

Si se quiere poner una fecha que sirva de referencia, desde el pasado 1 de octubre Catalunya dejó de existir. Lo que existe desde entonces, y basta con pasearse con los ojos abiertos por cualquier ciudad catalana para comprobarlo, son las Cataluñas, dos mundos simbólicos, sentimentales, afectivos e identitarios por entero distantes y ajenos entre sí, pero que comparten, compartimos, un mismo espacio físico.

El segundo elemento, en fin, de la pax catalana recién fallecida adoptó durante todo este tiempo la forma de un contrato de adhesión. Se trataba, e insisto en hablar en pasado, de hacer extensivos los principios básicos del catalanismo político, los fijados por los padres fundadores a finales del siglo XIX, a la totalidad de las fuerzas políticas con presencia en las instituciones locales. Unos principios básicos que giraban en torno a la estricta exclusión del castellano de la vida pública, primero, y a la reafirmación constante de la pretendida excepcionalidad catalana, el manido hecho diferencial, como punto de partida de cualquier principio de acuerdo de colaboración con el resto de España. Una Cataluña no catalanista, como la que por millones de personas se ha manifestado en el centro de Barcelona hace unos días, era, simplemente, inconcebible dentro de ese esquema mental. Pero, como las meigas, resulta que existía. Aquí, nada volverá a ser igual nunca. Nunca. Y algunos de ellos, los más despiertos, ya lo han visto.

Ese pobre necio expatriado aún no sabe lo que ha hecho.

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