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Columna publicada el 06-11-2000
Al final, ante la jaula de los monos, ¿quién más simiesco? ¿El chimpancé que ejecuta sus automáticos gestos funcionales o el humano que fantasea excesos grotescos para verlos rebotar en la mirada del primate? La jaula de los monos es espejo ante el cual el mono humano puede exhibir su mugre sin fenecer instantáneamente de vergüenza. Simiam inter simias agendo, dice el clásico: placer del reconocimiento y la distancia. ¿Quién mima a quién? Espejo que refleja a espejo.
Así, el televisor.
¿Quién es más mono, el que se rasca piojos en el Gran Hermano o el otro, el vidente que, desde la aparente condescendencia, lo contempla en el altar doméstico donde el televisor impera?
Sujeto de sabiduría absoluta, Gustavo Bueno afronta eso en su último libro, Televisión: apariencia y verdad, que acaba de editar Gedisa. Es, el de Bueno, un caso excepcional: el del sabio que, a fuer de sabio, puede permitirse el lujo supremo: escribir lo que le da la gana. Aun lo más extremo, aun lo más inesperado. Y hacerlo siempre con una majestuosa maestría.
Hace ya mucho que el único maestro de la filosofía española de la última mitad de siglo, decidió ponerse la respetabilidad por montera. Resultó este prodigio de inteligencia y mala uva que es el Gustavo Bueno de ahora: el que levanta iras unánimes de los políticos bienpensantes de la a sí misma llamada izquierda; y el único que, cada día, en su ruptura metódica de lo establecido, nos pone ante ese estupor fantástico que es el único territorio de la filosofía. A su lado, el resto de las figuras académicas contemporáneas resultan de una grisura insoportable. Lo tremendo de Gustavo Bueno es que cualquiera de sus colegas, puesto a su lado, naufraga en el automático ridículo de lo simiesco (nada más cercano al gesticular del mono que el del orador solemne).
La tele es hoy el mundo. Dios, tal vez. La máquina de producción de realidad perfecta. Y, al afrontar su análisis, Gustavo Bueno se ríe de ese meapilismo de solteronas provincianas del cual está hecha nuestra retórica humanista. El filósofo se ríe de esos monos solemnes que ríen de los monos desde las mugrientas jaulas de sus cátedras.
Una vez más, Bueno ha hecho un libro asesino. Mas, ¿puede la filosofía ser algo que no sea un paciente asesinato?

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