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Autobuses en Egipto: de Asuán a Abu Simbel

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Una triste noticia encontrada ayer en el periódico me ha hecho recordar una parte bastante curiosa de mi viaje a Egipto: el traslado en autobús entre Asuán y el templo de Abu Simbel. El accidente al que hace referencia la noticia no ha sido en esa ruta pero, como les digo, no he podido dejar de recordar aquel peculiar día.

El traslado en autocar entre Asuán y Abu Simbel es la forma más habitual de visitar el impresionante templo situado al sur de Egipto y al borde del lago Nasser, el tremendo lago artificial creado por la presa de Asuán. El viaje dura varias horas, en primer lugar porque la distancia que separa ambos puntos es de unos 300 kilómetros y en segundo porque, al menos cuando yo lo hice allá por el año 2004, a pesar de que te despertaban a las tres de la mañana para abandonar el barco no se salía de verdad hasta un par de horas después porque, por razones de seguridad, todos los autocares que iban a hacer la ruta esa mañana debían unirse antes para hacerlo en una larguísima caravana.

Las mismas razones de seguridad obligaban a que en cada uno de los autocares viajase un soldado convenientemente armado, aunque el de nuestro autobús no aportó mucha seguridad y sí un cierto cachondeo: rápidamente fue bautizado como "el hombre del increíble cuello de goma" por las mil imposibles posiciones en las que llegó a colocar su cabeza mientras dormía durante toda la ruta.

No obstante, la preocupación por la seguridad parecía olvidarse en cuanto las ruedas empezaban a dar vueltas: los expertos conductores llevaban a sus autobuses a velocidades endiabladas a lo largo de la carretera de doble dirección que atraviesa esa pequeña porción de desierto. Y cuando les digo endiabladas pueden creer que no exagero: en el viaje de vuelta puede comprobar que recorrimos 280 kilómetros en dos horas justas.

Como les digo, al ver la noticia de un accidente de autocar en Egipto he recordado automáticamente este trayecto, no obstante, he de reconocerles que, a pesar de llevar los pelos de punta al ver el cuentakilómetros llegando cerca de su tope, en ningún momento sentí que la cosa fuese peligrosa. Además, si bien la carretera era de doble sentido prácticamente todo el recorrido eran largas rectas con una perfecta visibilidad.

Una vez que les he contado toda la "parte chusca" del viaje tenemos que prestar un poco de atención a lo mucho de bueno que tuvo: en primer lugar el propio trayecto a través del desierto, ciertamente impresionante, especialmente durante la salida del sol. Desde entonces tengo una deuda pendiente con los desiertos que todavía no he podido saldar pero ese inmenso paisaje aparentemente vacío me impactó profundamente.

En segundo lugar, obviamente, el propio templo, uno de los lugares más impresionantes y especiales que he conocido. Sólo por Abu Simbel vale la pena viajar a Egipto, aunque está claro que luego el país africano nos dará mucho más.



Como la mayor parte de ustedes sabrán el templo de Abu Simbel fue desplazado piedra a piedra desde su emplazamiento original, a sólo unos metros pero ahora bajo las aguas del lago Nasser. La reconstrucción fue muy cuidadosa: se ha ubicado el templo en una colina artificial en la que se reproducen casi a la perfección cualidades que tenía el templo cuando el faraón Ramsés II lo mandó construir más de 1.200 años antes del nacimiento de Jesucristo, como que (copio del artículo correspondiente en la wikipedia):

El templo está construido de forma que durante los días 20 de febrero y 20 de octubre, los rayos solares penetran hasta el santuario, situado al fondo del templo, e iluminan las caras de Amón, Ra, y Ramsés, quedando sólo la cara del dios Ptah en penumbra, pues era considerado el dios de la oscuridad. Se cree que estas fechas corresponden respectivamente a los días del cumpleaños del rey y al de su coronación, aunque no existen datos que lo corroboren.

El casi es porque actualmente el fenómeno ocurre de la misma forma pero dos días más tarde, lo que dadas las circunstancias me parece una aproximación más que suficiente. Curiosidades aparte, el templo es tan bello como impresionante y visitar un lugar de más de 3.000 años de antigüedad es una sensación difícil de igualar.

Por cierto, aquellos que lo deseen también pueden hacer el trayecto en avioneta (creo recordar que costaba como unos 200 euros extra por aquel entonces), seguro que también es muy hermoso, pero he de confesarles que no estoy seguro de que sea mucho más seguro.
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