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Santa Tecla

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Cuando era muy pequeño un amigo veraniego tenía una inmensa casa en el pueblo con cuatro plantas llenas de habitaciones y de gente en las que pasábamos tardes enteras buscando entretenimiento. Estábamos en el pueblo pero no por eso dejábamos de ser niños de ciudad, así que nunca fuimos demasiado callejeros y nos recorrimos todos los juegos de mesa habidos y por haber, que por cierto en aquella casa eran tan abundantes como las habitaciones.

Entre ellos había uno que se llamaba algo así como “Viajemos por España” y cuya dinámica no recuerdo bien. Me acuerdo mejor de su tablero que era un mapa de la península Ibérica con un montón de sitios y ciudades turísticas por los que debíamos transitar de acuerdo a determinadas reglas y con ciertos fines que, desde luego, soy incapaz de recordar.

Lo que sí puedo recordar claramente es uno de los sitios turísticos del tablero, quizá porque era de los que no resultaba conveniente que te tocasen (estaba a trasmano de todo), quizá porque me llamó la atención su nombre, quizá por que coincidía con el de una notaría en Gandía por cuya puerta pasaba mucho… Fuese por lo que fuese el caso es que cuando viajé a Galicia por primera vez y mi madre me comentó que le habían recomendado ir a Santa Tecla me vino a la mente el dibujo del tablero y pensé que sí, que no podía perdérmelo.

Así que por esas llamativas no-razones me vi un día en la cumbre de Santa Tecla, con el Atlántico a mis pies por un lado y la maravillosa desembocadura del Miño por el otro. Y es que Santa Tecla no es otra cosa de una pequeña montaña embutida en un escaso pedazo de tierra entre el océano y el río, junto a la localidad de La Guardia, y que nos ofrece unas vistas sin duda de las mejores de Galicia.

Para llegar allí hay que pasar por La Guardia, desde donde sólo debemos dejarnos guiar por las indicaciones, luego dejaremos el coche en un aparcamiento junto a un espectacular castro celta a mitad de subida, ya que hacer parte de la subida a pie nos permitirá disfrutar mejor de las vistas y, en la parte superior cabe la posibilidad de que no encontremos sitio para aparcar.

Después del esfuerzo (la cuesta no está nada mal) se sentirá sobradamente recompensado por el panorama que se abre ante sus ojos y por el permanente viento que le regala el atlántico, fuerte, frío, vivificante. Tras su encuentro con el viento un café calentito en un bar junto a la cumbre le permitirá subir un poco la temperatura corporal mientras sigue disfrutando del panorama desde sus amplios ventanales.

No piense que al bajar de Santa Tecla se habrá acabado el día: a unos pocos minutos en coche y en la otra parte de la cercana frontera le espera la bellísima localidad portuguesa de Valença, un entramado de intrincadas callejuelas defendidas por varios recintos amurallados y ciertamente espectacular. Desde allí podrán ver la que puede ser la última etapa de su excursión de un día: Tuy, la última española ciudad en el camino del Miño, supongo que por eso nos mentían a medias cuando nos decían que el gran río gallego desembocaba allí, cuando la verdad es que lo hace junto a Santa Tecla.




El río Miño, poco antes de llegar al mar.

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