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Robotaxis en Madrid

La llegada de los primeros coches sin conductor puede mejorar la movilidad urbana, pero Madrid no debe convertirse en un laboratorio sin reglas.

Madrid podría convertirse en una de las primeras grandes ciudades europeas en las que pedir un coche sin conductor deje de ser ciencia ficción y pase a formar parte de la movilidad cotidiana. Uber, WeRide y Avomo han anunciado planes para lanzar robotaxis antes de que termine 2026.

Un robotaxi es un vehículo que utiliza cámaras, radares, sensores, mapas e inteligencia artificial para circular sin una persona al volante. Se trata de un servicio de VTC bajo demanda que aspira a funcionar como un taxi o un VTC con conductor.

El gran reto de los coches sin conductor es que deben desenvolverse en lo que técnicamente se llama "entornos desestructurados", es decir, aquellos en los que deben estar programados para tomar decisiones ante "cualquier cosa". Y Madrid no se lo pondrá fácil. El tráfico denso, los carriles bus, las motos que se filtran entre los vehículos, la doble fila que regresó tras la era Gallardón para quedarse, los repartidores en sus raudos patinetes inmunes a todo semáforo, las obras que surgen continuamente como los champiñones en la Normandía, las calles estrechas y los peatones apresurados que no quitan la vista de su móvil bajo ningún concepto forman parte de un entorno urbano difícil de reducir a un conjunto de instrucciones. Conducir por la capital exige respetar las normas, pero también reaccionar ante su incumplimiento masivo y cotidiano.

La ventaja teórica de la conducción autónoma resulta evidente. Una máquina no se cansa, no mira el teléfono, no deja el coche con olor a tabaco, no escucha reguetón, no pierde la paciencia ni conduce bajo los efectos del alcohol ni de los porros. Puede vigilar simultáneamente distintos puntos del entorno y reaccionar con una regularidad imposible para cualquier ser humano. Además, tiene un cerebro centralizado, que aprende de todos los vehículos a la vez. Puede acumular años de experiencia al volante en pocos días; siglos, en pocos meses. Así, podrán contribuir a reducir doblemente los accidentes: mediante una conducción segura y prudente, y previendo y analizando las faltas y los despistes ajenos para actuar con destreza.

Sin embargo, el problema son las excepciones. Una obra mal señalizada, un agente que contradice un semáforo, una ambulancia que necesita paso, una manifestación inesperada o un peatón que cruza fuera del paso de peatones pueden poner al vehículo ante decisiones que no aparecen claramente en ningún manual. Todo esto deberán aprenderlo los VTC autónomos en Madrid, como piloto europeo, este año.

España ya dispone de un marco para autorizar pruebas de vehículos automatizados bajo la supervisión de la DGT. En las fases controladas se establecen entornos operativos restringidos, evaluaciones previas y, cuando corresponde, operadores de seguridad. El despliegue madrileño debería respetar esa prudencia: pocas unidades al principio, recorridos delimitados, supervisión técnica y publicación transparente de los incidentes.

También habrá que definir quién responde cuando algo sale mal. Si un robotaxi atropella a una persona, ¿la responsabilidad recae en el fabricante, la plataforma, el operador, la aseguradora o en la Administración que autorizó su circulación? A esta incertidumbre se suman la protección de datos y la ciberseguridad. Estos vehículos observarán continuamente las calles, registrarán imágenes y recopilarán información sobre los trayectos y los usuarios. No pueden convertirse en cámaras móviles sin controles efectivos.

El conflicto tampoco será exclusivamente tecnológico. Miles de taxistas y conductores de VTC pueden percibir los robotaxis como una amenaza directa para su empleo, con toda la razón. Eliminar al conductor reduce los costes para la empresa, pero no garantiza viajes más baratos para el usuario en un mundo tecnológico devastado por los oligopolios.

Finalmente, ninguna autorización administrativa bastará para lograr la aceptación social. Muchas personas sentirán inquietud al subir por primera vez a un coche sin conductor. Necesitarán saber qué ocurre si el vehículo se detiene, cómo pedir ayuda o quién interviene en caso de emergencia. La confianza no se decreta: se gana kilómetro a kilómetro.

¿Se subirá usted a un robotaxi madrileño?

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