El 11 de enero de 1944 se constituía a través de un Manifiesto el Partido Istiqdal de Marruecos, es decir, el Partido de la Independencia. Lo firmaban un notable grupo de intelectuales de corte nacionalista e izquierdista, entre los que se hallaba también una mujer, Malika el Fassi. Reivindicaban un Marruecos independiente, con el sultán Mohamed V a la cabeza, pedían al propio sultán que negociase la independencia, eran partidarios de que Marruecos firmase la Carta Atlántica y pedían un gobierno constitucional y monárquico. Ni el general De Gaulle ni su homólogo español, Francisco Franco, tomaron en consideración estas propuestas, aunque el movimiento independentista marroquí empezaba a cobrar fuerza. La década posterior sería la de su ascenso imparable. Como el sultán apoyaba sus reivindicaciones adquirió un fuerte sentido monárquico que facilitaba su penetración en la sociedad y le daba resonancia internacional. En 1946 cayó Charles de Gaulle y los socialistas franceses practicaron una tolerancia política que favorecería el desarrollo del nacionalismo. Más tarde, cuando trataron de regresar a políticas más represivas, la doctrina ya estaba incardinada en el pueblo y la violencia sólo engendraba adhesiones más fuertes. España, mientras tanto, asistía como espectador de lujo a los acontecimientos. Su idea de protectorado se ceñía a un sentido más tutelar, que trataba de ahondar en los lazos culturales e históricos. Cuando en 1953 Francia exilió a la fuerza al sultán, España respondió a favor del independentismo, manteniendo una política dual y difícilmente sostenible.
El 12 de enero de 1832 aparece el primer artículo de Mesonero Romanos, «El retrato», en las Cartas Españolas. De todo el grupo de escritores costumbristas de la revista, Mesonero Romanos será el más notable y el que más contribuya a difundir el género costumbrista en España.
Es bien conocida la larga batalla que la Iglesia católica libró contra la usura durante la Edad Media y el primer Renacimiento. Pero, en gran medida, oponerse a la usura era oponerse al préstamo mismo, del que necesitaban no sólo los pobres, sino también los nacientes empresarios capitalistas y hasta los estados. En medio de este clima se organizaron los primeros «montes», es decir, acumulaciones de dinero para necesidades políticas o civiles. A mediados del siglo xv, fueron los padres franciscanos, que tenían algún «monte» procedente, sobre todo, de la limosna y de ayudas reales, los que decidieron convertirlos en «montes de piedad»: instituciones dedicadas a la ayuda a los más pobres, que daban préstamos sin interés aunque con alguna garantía, como joyas, vestidos u otros bienes no perecederos; lo que hoy se denomina préstamo prendario. En el Concilio de Letrán de 1515, ante la presión de la realidad, se admitió por vez primera la posibilidad de cobrar un muy moderado interés en esos préstamos —hasta entonces los usureros jamás bajaban del 20 por ciento— y treinta años más tarde, en Trento, se oficializó la condición benéfica de los montes de piedad.
El 14 de enero de 1514 se permitía, mediante Real Cédula, el matrimonio entre españoles e indias, una ley que confirmaba el carácter igualitario que los Reyes Católicos trataron de darle siempre a la conquista y que tantas veces ha sido distorsionado por la Leyenda Negra. Para los Reyes Católicos los territorios americanos eran una parte del reino de Castilla, y en un principio trataron de extender la estructura legal de Castilla a las Indias.
El nombre de Juan de Herrera (1530-1597) está indisolublemente unido al de Felipe II y el Monasterio de El Escorial, cuya construcción inició junto a Juan Bautista de Toledo en 1563. Muerto éste en 1567 y quedando Herrera como director de la obra en 1572, modificó radicalmente el proyecto original y terminó el edificio que conocemos, que constituye en sí mismo toda una teoría de la arquitectura, amén de ejemplificar un estilo, el herreriano, que alejaría la estética del periodo de Felipe II del precedente plateresco, próximo al gótico flamígero, con fachadas divididas, recargadas de figuras, escudos y ornamentos. En oposición a ello, Herrera plantea y realiza una edificación de gran austeridad, sobria decoración y exteriores uniformes, en unas dimensiones mayores que las imaginadas por su antecesor, además de rediseñar la gran fachada oeste, la basílica y el templete del Patio de los Evangelistas.
El 16 de enero de 1556 Carlos V abdicaba en su hijo Felipe y se retiraba al convento de Yuste a pasar sus últimos años en soledad y recogimiento. Había llegado altivo y extranjero y quería marcharse con sencillez desde aquel regazo extremeño de España. Felipe tenía veintinueve años y ya contaba con un largo aprendizaje. Desde los dieciséis años ejercía de regente en las ausencias del Rey y a los veintiuno viajó con su padre a los Países Bajos para recibir instrucción práctica de gobierno y conocer a sus súbditos flamencos. Desde su primera experiencia como regente, el Rey nunca dejó de aconsejarle a través de una fluida correspondencia en la que le desnudaba los pormenores de la política interior, los intereses de la corte y se entrometía incluso en su vida íntima, velando por la castidad de su hijo, a quien recomendaba alejarse de las mujeres.
El 17 de enero de 1600 nace en Madrid Pedro Calderón de la Barca, el último de los grandes escritores de nuestro Siglo de Oro. Fue la última joven promesa de un siglo ya maduro, al que, sin embargo, consiguió conquistar con el arte precoz de sus versos y comedias. Su vida no se prodigó en aventuras, salvo alguna chiquillada, fruto de sus escasos recursos, que le valió sin quererlo la enemistad de Lope de Vega, a cuento de un incidente en el convento de las Trinitarias, la orden de su hija. Se alistó como soldado en Flandes e Italia, sin obtener mención de consideración en sus campañas pero trayéndose buen bagaje para convertir en literatura. La década que va de 1630 a 1640 fue la más pródiga del autor. Estrenó La vida es sueño, El médico de su honra y El alcalde de Zalamea, obras que consolidaron su fama como dramaturgo.
El 18 de enero de 1535 Francisco Pizarro fundaba la ciudad de Lima. Desde la derrota de Atahualpa y la caída del gran imperio de los incas, el conquistador estaba inmerso en la búsqueda de un emplazamiento para la nueva capital. El 6 de enero de 1535 había enviado a tres jinetes, Ruy Díaz, Juan Tello de Guzmán y Alonso Martín de Don Benito, en busca de un lugar adecuado, y lo encontraron al norte, en la confluencia de los ríos Rímac, Chillón y Lurín. Había ya un importante asentamiento de indios en esta región, lo que no fue óbice para que se escogiese la margen izquierda del río Rímac, la de mayor presencia, para establecer la ciudad, que tenía además características para ser una importante referencia portuaria.
El 19 de enero de 1887 el marino e inventor Fernando Villamil hacía entrega de su invento a la Armada española, el primer buque destructor. Se trataba de un barco de guerra acorazado pero a la vez muy veloz, ligero y maniobrable, capaz de defender a otros barcos más pesados dentro de una formación. A mediados del siglo xix el gran peligro de las flotas pesadas eran los torpederos, barcos letales y de pequeñas dimensiones con gran capacidad destructiva y veloz retirada. El destructor venía a ser un «antitorpedero», capaz de perseguir a estos pequeños y peligrosos barcos, alcanzarlos y destruirlos.
El 20 de enero de 1486 Cristóbal Colón expone ante los Reyes Católicos su proyecto de abrir una ruta por el Atlántico para llegar a las Indias Orientales. Para obtener esta audiencia, ha movido todas las influencias que le había proporcionado su amistad con el fraile de La Rábida Antonio Marchena, eminente astrónomo onubense y fiel defensor de sus teorías. Sin embargo, su encendida defensa sólo logra despertar un frío desdén por parte de Fernando y una remota curiosidad en Isabel. Los Reyes de Castilla y Aragón están ocupados en culminar la Reconquista y no ven rentabilidad ni garantías en la ocurrencia del marino genovés.