
Hay algo que no encaja. Cuando un futbolista marca 85 goles en sus 100 primeros partidos con un equipo, lo lógico sería que no hubiera debate en torno a su figura. O, como mucho, que fuera accesorio. Pero con Kylian Mbappé en el Real Madrid no ocurre así. Los últimos episodios protagonizados por el francés han mostrado un evidente distanciamiento de la afición merengue —e incluso se comenta que de parte de la directiva— con el delantero.
Goles, sí, pero también ciertas actitudes que denotan una posible falta de compromiso con el madridismo. Nadie en su sano juicio puede discutir que Mbappé ha cumplido —y con creces— en el apartado goleador. 85 tantos en un centenar de partidos son cifras descomunales. Pero el Real Madrid no es un club de estadísticas, sino de símbolos. Y ahí es donde el francés empieza a hacer aguas. Basta con ver su pasividad a la hora de defender. "Que corran otros", parece decir Kylian en sus fueros internos cuando se pone la camiseta.
Esta desidia ya se la recriminó Luis Enrique a la estrella gala en la primavera de 2024, en la etapa en la que ambos coincidieron en el Paris Saint-Germain y semanas antes de anunciarse el fichaje del jugador por el Real Madrid. "Eres un fenómeno, un top mundial, ninguna duda. Pero eso no me vale. Un líder de verdad es el que el día que no nos puedas ayudar marcando goles, cojas y te pongas a defender como nadie (...) . Si coges y te pones tú como ejemplo de presionar, lo que tenemos es una puta máquina de equipo. Eso es lo que quiero que hagas como el líder que eres", le espetó Luis Enrique a Mbappé en una charla que se hizo viral. En el Madrid no parece haber cambiado esa actitud.
El último episodio, el de su escapada junto a Ester Expósito, no ha hecho más que agravar una sensación que viene de lejos. El delantero, lesionado, fue cazado en Cerdeña con su pareja y aterrizó en el aeropuerto de Madrid-Barajas el domingo a las 20:48 horas, apenas 12 minutos antes de que comenzara el partido frente al Espanyol en Cornellá (0-2), en el que Vinícius marcó dos goles. Una imagen muy reveladora en términos simbólicos.
No era la primera vez. Antes estuvo París, durante la recuperación de la lesión de rodilla que le tuvo en el dique seco en los últimos partidos de 2025 y en los primeros de 2026, después de haberse asegurado que los servicios médicos del Real Madrid examinaron su rodilla equivocada. Y mucho antes (finales de 2024), Estocolmo, con una escapada nocturna en pleno proceso de lesión que ya levantó ampollas, incluyendo una denuncia de agresión sexual que jamás pudo ser demostrada y que rápidamente archivó la Fiscalía.
¿Tiene derecho a hacerlo? Probablemente sí. ¿Es inteligente hacerlo, siendo además el jugador franquicia del Real Madrid? Seguramente no. Porque el problema no es el viaje, sino el mensaje que manda al madridismo.
El ruido ya no es externo
Durante años, Mbappé convivió con el ruido mediático en París. Era parte del paisaje. Pero en Madrid el listón es otro. Aquí no basta con marcar; hay que representar. Y lo preocupante para el club es que el distanciamiento ya no es solo mediático o de redes sociales. Empieza a ser estructural. Interno. Incluso emocional.
Según diversas informaciones, en el club no gustaron las imágenes del viaje, no por el permiso —que lo había— sino por la exposición pública en un momento crítico de la temporada. Y en la grada el juicio es aún más severo. Parte del madridismo interpreta que el francés no prioriza al equipo en los momentos decisivos, chocando frontalmente con la cultura del club. En otras palabras: el problema ya no es lo que hace Mbappé, sino lo que parece que siente.
El espejo de Vinícius
En este contexto, la comparación es inevitable. Y para Mbappé, bastante incómoda. Mientras el galo acumula goles y polémicas, Vinícius se ha ganado al Bernabéu desde otro lugar: el del compromiso visible. El brasileño puede fallar, puede desesperar, puede incluso equivocarse, y no solo en el terreno de juego, sino con ciertas actitudes que irritan a las aficiones rivales. Pero nadie a estas alturas duda de su compromiso, de que está ahí, una vez olvidada su turbia relación con Xabi Alonso, después de que el anterior entrenador lo sustituyera en el Clásico del Bernabéu contra el FC Barcelona.
Y en el Real Madrid, estar lo es todo. De hecho, parte de la crítica reciente hacia Mbappé se ha alimentado precisamente de ese contraste: uno suma cifras; el otro genera identificación. Y cuando eso ocurre, los goles dejan de ser un escudo suficiente.
El riesgo de la desconexión
El Real Madrid ha convivido con estrellas de todo tipo. Desde la disciplina casi obsesiva de Cristiano Ronaldo hasta el talento anárquico de otros perfiles. Pero hay una línea roja que nunca se ha cruzado sin consecuencias: la de la desconexión emocional.
Y Mbappé empieza a caminar peligrosamente cerca de ella. Porque el Bernabéu puede perdonar una mala racha. Puede incluso tolerar un bajón de rendimiento. Lo que no tolera es la sensación de indiferencia. Esa idea —quizá injusta, pero ya instalada— de que el club le importa menos de lo que debería.
Un problema aún reversible
Lo más llamativo de todo esto es que la situación, pese a su ruido, sigue siendo reversible. Mbappé no está ante un escenario de ruptura, sino de advertencia. Porque en el Real Madrid no basta con ser el mejor; hay que parecerlo en todo momento. Dentro y fuera del campo. En los partidos… y hasta en los días libres.
"En su tiempo libre cada uno puede hacer lo que quiera", dijo el técnico Álvaro Arbeloa en la rueda de prensa posterior al choque contra el Espanyol, cuando le preguntaron por la ausencia de Mbappé con el equipo. El problema es que, mientras algunos muestran un compromiso inquebrantable con el equipo, otros enseñan una actitud que parece de desidia. Y eso, en el madridismo, sienta a cuerno quemado...







