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EDITORIAL

La enésima razón para que dimita Marlaska

Ha desmantelado la unidad que coordinaba la lucha contra el narcotráfico en la zona, permitiendo que nuestros agentes se enfrenten a un enemigo poderoso sin unas condiciones mínimas.

El asesinato brutal de dos guardias civiles por unos narcotraficantes en la costa gaditana ha revelado las penosas condiciones en las que estos agentes se juegan diariamente la vida contra un enemigo infinitamente mejor dotado.

El doble crimen de Barbate, en efecto, ha sacado a la luz las reclamaciones que durante años vienen planteando los agentes, sindicatos policiales y asociaciones de la Guardia Civil, para dotar a las patrullas costeras de medios suficientes con los que cumplir la misión que tienen encomendada en el área del estrecho, la zona donde operan las principales organizaciones de narcotraficantes, como es bien sabido. No es de recibo que los guardias civiles asesinados tuvieran que enfrentarse a bordo de una pequeña zodiac a una narcolancha, capaz de alcanzar velocidades de vértigo y pilotada por asesinos dispuestos a todo, pero esas son las condiciones en las que nuestros agentes se ven obligados a trabajar diariamente.

La escasez de inversiones en un sector crucial para la seguridad de nuestra frontera sur contrasta dolorosamente con los dispendios que el Gobierno de Sánchez realiza a diario por las razones más peregrinas. Porque no se trata de que España carezca de recursos suficientes para erradicar el narcotráfico y barrer del mapa a todos los criminales que operan en el litoral andaluz, sino de que el Ejecutivo social-comunista no cree que esa imprescindible labor de profilaxis costera sea una prioridad. Marlaska debe dimitir, no por la muerte de los agentes de la Guardia Civil, una eventualidad que siempre puede ocurrir en profesiones tan arriesgadas, sino por haber desmantelado la unidad que coordinaba la lucha contra el narcotráfico en la zona y permitir que nuestros agentes se enfrenten a un enemigo poderoso sin unas condiciones mínimas, no ya para perseguir con eficacia a los criminales, sino simplemente para poder salvar la vida en caso de un enfrentamiento directo.

La basura humana que jaleaba desde una escollera a los asesinos mientras embestían contra la embarcación de la Guardia Civil es también una buena muestra de la situación actual en esa zona, donde una parte de la población no esconde su apoyo a los delincuentes y su odio a los policías que tratan de perseguirlos. La fiscalía debería ordenar la detención y procesamiento de todas las alimañas humanas que celebraron con risas y gritos de apoyo un crimen tan atroz, delito de odio donde los haya, aunque la izquierda prefiera aplicarlo únicamente a los casos que encajan en su discurso ideológico.

El doble asesinato de guardias civiles en Barbate tiene que despertar la conciencia de la sociedad española sobre el terrible problema al que nos estamos enfrentando. Un drama al que el Gobierno prefiere mantenerse ajeno, como demostró tan gráficamente Pedro Sánchez un día después, acudiendo a la gala anual del brazo artístico de la izquierda con la mejor de sus sonrisas.

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