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Cayetano González

Aplausos para la muerte

¿Por qué aplaudían esos diputados? ¿De qué se alegraban?

Cayetano González
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Una de las escenas más tétricas que se han producido en el Congreso de los Diputados en los últimos tiempos tuvo lugar la pasada semana cuando los diputados de PSOE, Podemos, ERC, Juntos por Cataluña, Bildu, Compromís y Más País arrancaron a aplaudir puestos en pie tras aprobarse la ley de la eutanasia. El tiro de cámara no permitió ver si asimismo aplaudieron los diputados del PNV, partido que también apoyó la ley, aunque su lema fundacional sea “Dios y leyes viejas” y entre sus militantes y votantes todavía haya un buen grupo de emakumes (mujeres) de misa y comunión diarias.  

¿Por qué aplaudían esos diputados? ¿De qué se alegraban? ¿Por qué manifestaban tanto entusiasmo tras aprobar una ley que, se mire como se mire, se llame como se llame –el eufemismo de “muerte digna” es especialmente irritante–, es un atentado al derecho a la vida que asiste a toda persona?

Con la aprobación de esta ley, España tiene el triste honor de ser el sexto país del mundo –junto a Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Canadá y Colombia– donde se legaliza la muerte asistida de las personas más dependientes, más desprotegidas, más vulnerables. Y además se hace en un momento en el que en nuestro país han fallecido unas 70.000 personas por el coronavirus, entre ellas un gran número de ancianos.

La ley de la eutanasia, al igual que la del aborto, es en el fondo un fracaso absoluto de la civilización, de los legisladores, de los gobernantes. Legislar contra la vida –sea en el momento de su concepción o en el tramo final de la misma– no puede ser considerado más que un ataque a los cimientos morales, éticos, cívicos de una sociedad.

Hay argumentos más que sobrados para oponerse a este tipo de leyes, y, en el caso de la aprobada hace unos días en el Congreso, fueron expuestos de forma clara y contundente por los portavoces de PP y Vox, José Ignacio Echániz y Macarena Olona, respectivamente.

No hace falta ser católico practicante o apelar a la fe para estar en contra de una ley como la de la eutanasia, aunque es evidente que una concepción de la vida basada en valores morales que hundan sus raíces en el cristianismo ayuda, y mucho. “Recomiendo a mis contemporáneos que intenten imaginar cómo sería un mundo sin Dios”, manifestó hace años el escritor alemán Heinrich Böll, y el profesor de Sociología de la Universidad de Navarra Alejandro Navas, abundando en esta idea, señalaba en un reciente artículo:

La fraternidad humana universal tiene sentido si se basa en una filiación compartida. La dignidad humana sólo puede aspirar a ser un valor absoluto si el hombre es imagen o reflejo del Absoluto, hijo de Dios.

Hay argumentos de todo tipo para defender el derecho a la vida, a la dignidad de la persona humana, independientemente de su edad o estado de salud. El problema no reside en aliviar el sufrimiento de una persona que tenga una enfermedad irreversible –los cuidados paliativos han avanzado mucho y son de una gran eficacia en el momento actual–, sino en la concepción de la persona y de la vida que tengan el legislador o los Gobiernos y partidos políticos que apuestan por una cultura de la muerte en lugar de por una cultura de la vida.

Quienes en el momento presente quieren establecer en nuestro país un nuevo régimen, un nuevo modelo de sociedad, saben que uno de sus objetivos principales es socavar los cimientos morales y éticos de la misma. La aprobación de la ley de la eutanasia cumple con ese objetivo, porque una sociedad que no defiende la vida, que no protege a los más vulnerables, a los mayores, a los desvalidos, a los que están por nacer pero que ya tienen vida en el seno materno, es una sociedad débil, de alguna manera enferma, con una enfermedad de la que cuesta mucho tiempo recuperarse.

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