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Rajoy no da más de sí

El balance que se puede hacer sobre la gestión de Rajoy al frente del Gobierno de España es absolutamente desolador.

Cayetano González
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Cuando, en marzo de 2008, perdió sus segundas elecciones generales con Zapatero, Rajoy no dejó de decir a todo aquel que le quisiera escuchar que tenía derecho, como tuvo Aznar, a una tercera oportunidad. Por eso se enrocó ante quienes –pocos dentro de su partido, muchos fuera de él– le reclamaron su dimisión y empezó a reunir avales a diestro y siniestro para el Congreso de Valencia del, que salió reelegido con el 100% de los votos. Eso sí, días antes consiguió que María San Gil y Ortega Lara se fueran del PP, condenó al ostracismo a todo lo que oliera a la etapa de Aznar –Acebes, Zaplana, etc.– y ascendió, conviene recordarlo porque fue una decisión suya, a Luis Bárcenas, de gerente a tesorero del partido.

Rajoy hizo de llegar a la Presidencia del Gobierno, más que un objetivo político, una obsesión personal. No quería pasar a la historia como el candidato del PP que perdió unas elecciones generales en el 2004 viniendo de estar en el Gobierno con una mayoría absoluta, el que no fue capaz de ganar a un personaje como Zapatero, al que despreciaba. Y, efectivamente, en noviembre de 2011, 10.866.566 españoles le dieron una amplia y cómoda mayoría absoluta de 186 diputados en el Congreso. ¿Por méritos propios, labrados por el político gallego en sus siete años de líder de la oposición? Parece claro que no. Más bien, porque una mayoría de ciudadanos entendió que una tercera legislatura con el PSOE en La Moncloa supondría la ruina total de España.

Transcurridos diecisiete meses desde ese triunfo electoral, el balance que se puede hacer sobre la gestión de Rajoy al frente del Gobierno de España es absolutamente desolador. Se mire por donde se mire, se coja por donde se coja. Él ha proclamado a los cuatro vientos que a lo único a lo que se iba a dedicar era a sacar el país de la crisis económica. Y bien que lo ha cumplido: me refiero a la primera parte de su aseveración; no, obviamente, a la segunda.

Porque, efectivamente, Rajoy ha renunciado a hacer política, a dar la batalla de las ideas, a defender con todas las consecuencias y con la mayoría absoluta a España como una Nación de ciudadanos libres e iguales ante la ley y ante quienes quieran romper las reglas del juego. Dos ejemplos: Cataluña, a través de Artur Mas, planteó hace meses un órdago soberanista al Estado, y a Rajoy todo lo que se le ocurrió fue decir que eso eran "dimes y diretes". En la lucha contra ETA, el presidente del Gobierno se ha limitado a administrar la hoja de ruta del mal llamado "proceso de paz" que heredó de Zapatero y que éste le transmitió al incompetente ministro del Interior del PP en una reunión de dos horas celebrada en la sede del Ministerio, al mes de haber dejado aquél La Moncloa. Pero es más: para explicar su política antiterrorista, Rajoy suele emplear el siguiente argumento, absolutamente falaz: "Gobierno como si ETA no existiera". ¡Pues menos mal!, habría que replicarle, porque ETA, sin que el actual presidente del Gobierno hiciera nada por evitarlo, volvió a ser legalizada después de llegar él a La Moncloa, y en la actualidad es la segunda fuerza política del País Vasco, gobierna en Guipuzcoa y en numerosos ayuntamientos del resto de la Comunidad Autónoma Vasca y de Navarra.

En cuanto a su partido, Rajoy ha conseguido su práctica inacción. El PP ha dejado de ser ese proyecto político de centro-derecha, liberal, que Aznar, con la ayuda de otra mucha gente, refundó en Sevilla a comienzos de 1990 y que gobernó España durante ocho años con gran éxito y solvencia. En la actualidad el PP no se sabe lo que es, qué defiende, qué valores representa. En su sede de Génova se ha quedado un retén de personas manifiestamente mejorables, comandadas por una secretaria general que tiene que compatibilizar su tarea partidista con presidir una comunidad autónoma, lo cual es de entrada bastante cuestionable, al menos desde el punto de vista estético, si no ético.

Y en el terreno económico, para qué abundar. Si a las 72 horas de saberse que en España hay ya 6.202.700 parados; que el 54,7% de los jóvenes menores de 24 años no encuentra empleo; que en 1.906.000 hogares no entra un euro porque todos sus miembros están sin trabajo; si después de reconocer el Gobierno que cuando acabe la legislatura habrá 700.000 parados más que cuando empezó, al presidente lo único que se le ocurre –¡no es posible que eso sea un consejo de Arriola!– es pedir paciencia a los españoles, añadiendo a continuación que "el Gobierno sabe a dónde va y lo que tiene que hacer", entonces hay que llegar a la conclusión que Rajoy no da más de sí, ha perdido el sentido de la realidad, carece de la más mínima capacidad para ponerse en el lugar del ciudadano de a pie, que lo está pasando mal, muy mal.

Los partidarios de Rajoy siempre esgrimen dos características del personaje para defenderle: que es honrado y que es buen parlamentario. Qué mal tiene que estar la cosa para que se haya llegado al extremo de convertir la honradez en algo destacable de un responsable público. En cuanto a su capacidad oratoria, es verdad, es un buen parlamentario, aunque sería mejor si leyera menos los papeles que le preparan e improvisara un poco más. Los muy marianistas argumentan en su defensa un tercer factor: el magistral manejo de los tiempos por parte de su líder, aunque últimamente ese argumento está flaqueando, a la vista de los hechos y de las previsiones de futuro.

Pero, fuera de esos aspectos positivos, Rajoy es visto por una inmensa mayoría de ciudadanos como un político sin fuste, sin capacidad de liderazgo, de transmitir un mínimo de ilusión y de esperanza; que no genera confianza, como ponen machaconamente de manifiesto las encuestas. Además, es un político que no entiende que la democracia es ante todo un régimen de opinión pública, por lo que debería hacerse mirar su aversión a dar explicaciones de lo que hace y por qué lo hace, sea en el Congreso de los Diputados o en los medios de comunicación.

Es evidente que Rajoy no es el presidente del Gobierno que requiere la gravísima situación de crisis que vive España, que no sólo es económica, sino institucional, social y moral. Tampoco lo sería Rubalcaba, y sólo pensar que en el palacio de La Moncloa estuviera ahora, o dentro de tres años, pongo por caso, Eduardo Madina, Patxi López o Carme Chacón es como para echarse a temblar. Ese es parte del drama que vivimos ahora mismo: que en la primera línea de los dos grandes partidos políticos no hay ningún dirigente que dé muestras de tener la suficiente preparación y altura de miras que se necesita para sacarnos del fondo del pozo en el que nos encontramos.

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