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Arena negra, casas blancas y mucho color: el encanto de Santa Cruz de la Palma

El famoso cartel de Nitrato de Chile que se ha convertido en una de las señas de identidad de la ciudad.
El encanto de Santa Cruz de la Palma

La playa de arena negra –negrísima cuando la mojaba el agua del Atlántico– de Santa Cruz de la Palma, crea un contraste curioso con la ciudad, colorida en algunas zonas, blanca radiante en otras. Pero aunque sean muy diferentes, esas dos estéticas combinan bien, como si toda la vida hubiese sido así, si me permiten la boutade: es obvio que siempre ha sido así, al menos desde que a esa isla llegaron los españoles, hace cinco siglos pero con ánimo de quedarse, como se ha visto.

Santa Cruz es una ciudad pequeña, lo lógico en una isla pequeña, pero como el resto de La Palma, tiene un encanto especial, quizá menos evidente que el de la naturaleza espectacular que han creado los volcanes –incluso después de mi visita– y la humedad del Atlántico, que le da ese aspecto a ratos desértico de lava, a ratos exuberante de casi selva.

El casco viejo de la ciudad empieza con el enorme cartel hecho con azulejos que anuncia el "nitrato de Chile" en varios tonos de amarillo y un negro que no se ha desgastado por los años. Desde allí comienza la calle O’Daly, que es, al menos para los turistas pero creo que un poco también para los locales, la arteria esencial de Santa Cruz. Conocida por todos como Calle Real, desde que paseó por allí Alfonso XIII, está llena de tiendas pero la mayoría de ellas son comercios locales –no cadenas multinacionales– y tienen cierto encanto. Al menos así era antes de la última erupción, no sé cómo estará la cosa ahora.

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Las casas están en su mayoría pintadas de blanco, pero puertas, ventanas y otros detalles refulgen de colores vivos, muy saturados, que resultan una constante tentación fotográfica. La calle va subiendo poco a poco, no es una cuesta dura, lo que resulta casi milagroso en la empinada isla, y del mismo modo que no es completamente llana tampoco es completamente recta: se curva un poco, se diría que para ponerle las cosas todavía más fáciles al fotógrafo.

Hacia su final, que en realidad es el principio, O’Daly se abre en una plaza mediana que es casi el único punto monumental de la ciudad: la Plaza de España en la que se amontonan (casi) todos los edificios monumentales de la isla: la Iglesia del Salvador, la UNED y el ayuntamiento, blancos de cal y negros de piedra volcánica como es preceptivo en la arquitectura de La Palma. La torre de la iglesia, toda de roca negra, y una curiosa fuente completan el conjunto.

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El interior de la iglesia es bastante original, con tres naves separadas por unos arcos de una forma que no suele ser habitual. La nave central está coronada por un sorprendente y colorido artesonado de estilo mudéjar, del que no se tiene seguridad de quién fue el autor, pero que en cualquier caso yo no esperaba encontrar en La Palma.

No obstante, quizá la fachada más bonita de la plaza sea la del Ayuntamiento, con sus cuatro grandes arcos en la planta baja y el elegantísimo primer piso de piedra volcánica. Ya no en la plaza pero sólo a unos metros está la también espectacular Casa de Salazar, con su fachada de piedra y su precioso patio.

Los balcones

La calle Real corre paralela a la línea de costa y el mar se ve de vez en cuando en la estrechez de algún callejón. Si tiras por uno de ellos, llegas a la calle que se asoma a la larga playa, y en ella están algunos de los balcones de madera históricos que sobrevivieron a una prohibición real, creo, de tiempos de los Austria.

Son pequeños, bonitos, con un toque de autenticidad que no depende de a qué se dediquen las casas que los albergan. Algunos están acristalados, lo que les da una curiosa cualidad no sé, como gallega o portuguesa, otros están rebosantes de flores que contrastan con la madera oscura.

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No recuerdo muchos más monumentos reseñables de una pequeña ciudad que en realidad no los necesita: visiten el restaurante El Casino, con su improbable y hermosa arquitectura neomudéjar, y también el Real Castillo de Santa Catalina, también modesto y con el encanto de su blanco de cal y negro de lava.

Más arriba, la ciudad es un intrincado laberinto de calles blancas y estrechas con algún toque oscuro de volcán. Calles que recuerdo refulgir al sol vertical del mediodía y en las que el tráfico, como en toda la isla, se movía con esa pachorra tropical llena de encanto pero que puede llegar a exasperar a los madrileños que tan acostumbrados estamos al frenesí de la gran capital. Si es su caso, como era el mío, relájese, recupere la calma y el sosiego, nada en La Palma va de dos ni de cinco minutos. Disfrute, está en un pequeño paraíso que es el lugar perfecto para ello.

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