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Islas Aran: donde Irlanda se sumerge en el océano

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"No sé si es verdad, pero dicen que por aquí hay hadas", me comenta el peculiar guía que me acompaña en Inishmore; "sí, de esas pequeñitas", aclara ante mi cara, que debe ser todo un poema. "Pero no sé si es verdad", insiste y remata dejándome en la duda de si realmente no sabe si es verdad, si me está tomando el pelo con especial saña, o si todos en la isla han quedado de acuerdo para contarle esa historia a los forasteros y el hombre lo hace con notable profesionalidad.

La escena se produce en la mayor de las Islas de Aran, Inishmore, junto a un pequeño altar con una talla de Cristo crucificado y expuesto a la intemperie que encontramos al lado de la carretera y en mitad de la nada.

"El inglés no es nuestra lengua materna, nosotros todavía hablamos en gaélico" me ha dicho un poco antes el mismo guía -¿les he dicho que era bastante peculiar?- que me lleva a toda velocidad en un microbús para mí sólo por los estrechos y empinados caminos de la isla, a unos kilómetros de la "tierra madre"motherland- que es el nombre que los lugareños dan a Irlanda, tan grande respecto a su pequeño islote que se diría todo un continente cuando, como ustedes y yo sabemos, está muy lejos de serlo.

Tres son las Islas de Aran que forman este archipiélago que es la última frontera de Irlanda frente a la inmensidad del Océano: Inishmore, Inishmaan e Inisheer de más grande a más pequeña. Desde Galway, los acantilados de Moher o Connemara sabes que está el mar y también las pequeñas islas, pero desde éstas sabes que ya no hay más que agua y tormentas hasta llegar a Terranova, miles de kilómetros más allá.

Una tierra de frontera, pobre, alejada, en la que sus habitantes hablan gaélico y en la que se dice que junto a un Cristo abandonado en la mitad de la nada hay hadas, así de peculiares son las Islas de Aran que, por todo eso y por su descarnada y agreste belleza, son una etapa imprescindible de su viaje si visitan la costa oeste de Irlanda.

El ferry y el delfín

Mi viaje para conocer las Islas de Aran comenzó en el pequeño y un tanto destartalado muelle de Doolin, a sólo unos kilómetros de los famosos Acantilados de Moher, de los que prometo hablarles otro día. El ferry es un barco un tanto viejuno que avanza con calma cargado de turistas que observan el azul intensísimo del mar.

El trayecto incluye parada en cada una de las tres islas, lo que lo hace aún más lento, pero guarda una pequeña sorpresa: en el muelle de Inishmaan un delfín se acerca al barco y juguetea a nuestro alrededor un rato mientras lo fotografiamos como si fuese una estrella. Por lo visto el delfín es un habitual del puerto, pero eso no lo sabemos mientras apretamos convulsamente el disparador de nuestras cámaras

Hora y media y un delfín después de la partida llegamos a Inishmore, la "isla grande" que tiene unos 12 kilómetros de largo y tres o cuatro de ancho en su parte más espaciosa. Junto al puerto los turistas alquilan bicicletas y se lanzan a pedalear por los caminos de la isla, creo que sin ser conscientes de las cuestas tremendas a las que se van a enfrentar.

Lo primero que hacen, además, es dirigirse a Dún Aengus, uno de los lugares imprescindibles no sólo de la isla sino de toda esta parte de Irlanda pero al que se llega después de un duro ascenso al que sigue un paseo a pie, también cuesta arriba, de una media hora.

Dún Aengus es un fuerte de la Edad de Bronce como hay otros en las Islas de Arán, sólo que este es el más grande de todos. Se trata de varias estructuras circulares de piedra oscura, rodeadas por rocas desperdigadas aquí y allá y, sobre todo, ubicadas justo en el borde de un impresionante acantilado que no es tan alto como los de Moher pero al que el viajero –con mucho cuidado por Dios- puede acercarse hasta el mismo borde.

A mi llegada al fuerte una excursión de estudiantes están en Dún Aengus y se asoman al acantilado tumbándose sobre la roca o se sientan con los pies colgando en el vacío, se diría que burlándose de mi miedo y mi vértigo

La pared no es vertical, sino que se comba hacia el interior de una forma que asomado desde el borde no ve otra roca que aquella en la que tenemos los pies. Y un centenar de metros más abajo, el agua, por supuesto, con las olas golpeando sin parar la pared tal y como lo han hecho hora tras hora, día tras día y siglo tras siglo durante miles de años. El sonido rítmico de las olas será la banda sonora que nos acompañe durante la visita, y no podría haber ninguna mejor.

Dún Aengus nos ofrece una vista panorámica de prácticamente toda Inishmore. Desde la altura podemos darnos cuenta de lo pequeña que es en realidad una isla cuyo paisaje pedregoso y desolado -no hay árboles en toda esa superficie azotada por el viento, el frío y las tormentas- resulta más que fascinante.

Un paisaje rocoso que se sumerge en el mar en playas de arena o en acantilados -ninguno tan grande como el de Dún Aengus, eso sí- y que es la forma hermosa en la Irlanda se despide de la tierra firme, aunque sea tan poca como la de las pequeñas Islas de Arán, ese reducto último de lo irlandés, tan solitario, tan pobre, tan bello.

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