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Maldivas, el paraíso hedonista en un mar de gloriosos azules

Las pequeñas islas de Maldivas son espacios perfectos para unas vacaciones en las que abandonarse al disfrute.

Las pequeñas islas de Maldivas son espacios perfectos para unas vacaciones en las que abandonarse al disfrute.
Imágenes del paraíso: así son las Maldivas

Unos cuarenta y cinco minutos de lancha rápida nos llevaron desde el curioso puerto de Malé hasta el Oblu Xperience Ailafushi, el primero de los dos hoteles que iba a conocer en mi aventura en Maldivas. Tres cuartos de hora cuyo resultado final era como si hubiésemos viajado a otro mundo: de una ciudad peculiar pero con sus coches, autobuses, edificios altos y toneladas de cemento y asfalto a un paraíso a la vez minúsculo y tan infinito como el mar.

Las pequeñas islas, en realidad partes de gigantescos atolones, en las que están los hoteles a los que viajamos los turistas en Maldivas se recorren en menos de una hora –calculo que media si no te paras cada pocos metros para hacer una foto– pero en su espacio reducido tienen todo lo necesario para unas vacaciones volcadas en el disfrute sensorial y, por supuesto, en regocijarse con la contemplación y el uso del océano, un Índico de bellísimos azules que está siempre presente y no deja ni por un minuto de ser una tentación.

El Oblu Xperience Ailafushi es más agradable que lujoso, pero qué puede haber más lujoso que una habitación sobre el mar, con su escalera para sumergirte en el agua directamente desde tu propia terraza. Me bañé por la noche y lo hice de buena mañana, antes de que saliese el sol –a veces el jet lag es una ventaja– y en las dos ocasiones pensé que sí, que aquello de lo que estaba disfrutando era, es, el paraíso.

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El Índico justo antes de la salida del sol | C.Jordá

Un paraíso que nos exige un disfrute sobre todo pasivo, relajado y hedonista, entregarnos a la contemplación de ese mar de superficie plácida y colores intensos, a los amaneceres y los atardeceres y, sobre todo, a los placeres de la buena comida y la buena bebida: la amplia gama de restaurantes de la pequeña isla es una invitación a volver a casa con un par o tres de kilos extra que quemar.

También se pueden hacer excursiones tan sencillas como deliciosas: un paseo en barco para contemplar la puesta de sol desde un punto aún más ventajoso que la propia isla, que tiene algo de pequeño gran barco; un viaje a un arrecife rebosante de vida que es un espectáculo de belleza sorprendente y en el que, buceando aunque sea sólo con un sencillo snorkel, al menos a los de mi generación nos hacía recordar las maravillas televisivas de Jacques Cousteau.

Además de todo lo anterior el Oblu Xperience Ailafushi guarda un tesoro que, desde mi punto de vista, lo eleva un par de grados: un restaurante submarino, el Only Blu, que según el director del hotel es el mayor de Asia. Lo sea o no, cenar allí es una experiencia completamente inolvidable: a seis metros por debajo de la superficie la gran ventana junto a cada mesa se convierte en un alucinante desfile de especies marinas entre las que no faltan los tiburones.

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El Only Blu y sus increíbles vistas submarinas | C.Jordá

Quizá lo que más me sorprendió fue, no obstante, que en esas condiciones la comida era excelente. Nada habría sido más fácil que dejarse llevar por lo excepcional del entorno, sin embargo la cocina realiza un trabajo de primera y, además del espectáculo increíble de la fauna, se disfruta de una estupenda gastronomía maldiva. Un diez.

Cosas que definen el lujo

Nuestra segunda parada fue en el Varu by Atmosphere, en una isla similar a la anterior, quizá un poco más aislada, pero con la misma exuberancia tropical y, obviamente, el mismo mar de gloriosos azules alrededor.

Sin embargo, se trata de un hotel de categoría superior y, sobre todo, que transmite esa categoría casi en cada detalle, desde los más importantes, como una habitación maravillosa de más de 90 metros cuadrados, con acceso directo al mar y una pequeña piscina privada en la terraza, hasta algunos que pueden parecer nimios, pero que realmente están hechos para marcar la diferencia. Por ejemplo: en el espléndido bufé de las comidas un empleado se encargaba de preparar pasta en el momento, permitiendo al cliente elegir entre un completo catálogo de espaguetis, macarrones, farfalle y todo tipo de exquisiteces de una reputada firma italiana. Era como la versión 3.0 del cocinero que hace tortillas en los buenos desayunos, pero unos cuantos pasos más allá.

Les pongo otro ejemplo: los excelentes masajes que son habituales en estos hoteles se daban en cabinas individuales, por supuesto, en las que expertas manos y delicados aceites iban creando una experiencia de relajación y satisfacción totales. Pero, además, justo bajo el punto de la camilla en el que el cliente coloca la cabeza una ventanita en el suelo permitía ver un pedacito de un mar de aguas cristalinas por el que iban pasando peces.

Espacios comunes muy cuidados y un catálogo de excursiones que completan un poco la experiencia maldiva –entre ellas una de pesca con anzuelo muy divertida– son otras propuestas de Varu by Atmosphere.

Pero quizá lo más relevante sea la parte gastronómica: además del que se disfruta dentro de la oferta de todo incluido con la que la mayoría de los clientes llegan a la isla –el del tipo haciendo pasta, para que me entiendan–, hay otros tres restaurantes que son francamente excelentes: uno al borde de la playa en el que se puede cenar en la misma arena, y es una experiencia que les recomiendo, basado sobre todo en el producto de calidad y las elaboraciones sencillas, por ejemplo a la brasa.

El segundo es uno de corte mediterráneo muy notable junto al que, además, una extensísima cava de vinos permite hacer experiencias de cata muy interesantes y bastante curiosas, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos en un país musulmán.

Y el tercero era el más interesante de todos ya que no sólo está dedicado a la cocina maldiva sino que su chef, Mohamed Niyaz, es un excelente cocinero. Tuvimos la oportunidad de hacer un pequeño taller de cocina con él que fue muy divertido e interesante y en el que aprendimos mucho sobre la gastronomía de ese extraño conjunto de islas, que resulta que es muy rica. No obstante, fue mucho mejor disfrutar de sus deliciosos y preciosos platos, una experiencia excepcional.

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Un plato del restaurante Kaage | C.Jordá

Como excepcional son las Maldivas en conjunto: un viaje para hacer al menos una vez en la vida, para asomarse a un mar de azules bellísimos, a un nivel de hospedaje y atención que no es fácil encontrar y, sobre todo, a esa vida de placer hedonista que tanto nos gustaría llevar y que, por lo menos por unos días, allí podremos lograr que sea la nuestra.

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