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Sintra, un tesoro portugués que tiene la suerte (y la desgracia) de estar muy cerca de Lisboa

El Palacio da Pena, impactante entre otras cosas por sus vibrantes colores.
Sintra y sus palacios

Sintra tiene la suerte de estar muy cerca de Lisboa: en un día se puede ir y venir desde la capital lusa viendo casi todo lo que hay que ver, aunque yo recomendaría quedarse una noche y disfrutar de todo más despacio, porque los tesoros de la pequeña localidad merecen ser paladeados con algo más de calma.

Y también tiene la desgracia de estar demasiado cerca de una ciudad tan grande y un destino tan importante como Lisboa, haciendo que algunos días la marea de turistas en la que nosotros somos sólo unas gotas más sea un tanto excesiva y pueda resultar incómoda, por no decir agobiante.

Sin embargo, es tal su encanto, el de sus palacios y también el de su paisaje, que sobrevive a la aglomeración, a la multitud y tanto al calor de un sol inclemente de julio como al viento frío de mi primera visita, en una primavera poco primaveral hace muchísimos años.

Lo primero, subir

Si hace usted esa visita relámpago desde Lisboa, le recomiendo que empiece por subir lo antes posible al Palacio da Pena, una locura romántica edificada por un rey portugués nacido en Viena y en la que se mezclan los estilos arquitectónicos como en una ensalada, pero con un resultado final que en lugar de ser un pastiche imposible resulta de una belleza espectacular.

Lo cierto es que, bien sea por adaptación al entorno o bien porque han sido el entorno y el propio país los que se han adaptado a las caprichosas y un tanto enloquecidas formas del palacio, ese edificio encargado por un rey vienés y construido por un ingeniero y arquitecto alemán se ha convertido en una representación muy reconocida de cierta alma portuguesa, con su romanticismo, su punto de chifladura y, sobre todo, esa saudade calma tan propia de nuestros vecinos.

Tanto el interior del palacio, que no es muy grande, como el exterior son delicados y llenos de detalle. La visita es muy agradable e interesante: se ven un montón de estancias y muchas de ellas con esa cosa, tan republicana por otra parte, de parecer que los reyes se fueron corriendo anteayer dejándolo todo como estaba.

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Y por supuesto están las vistas: está construido en el pico más alto de una montaña –lo que no es un baladí para esa sensación romántica que transmite el conjunto– y desde allí el paisaje verde y ventoso es espléndido: una gozada que se disfruta desde esas almenas coloridas tan características.

Ese paisaje y esa naturaleza que rodea a Sintra y al Palacio da Pena es otra de las grandes bellezas en su haber: el viento húmedo del Atlántico ha creado un bosque de un verde intenso y espeso, lleno de caminos que se recorren montaña arriba y abajo y por los que hasta se puede ir desde el pueblo al palacio, pasando por el Castelo dos Mouros, que es otra de las grandes atracciones de la zona: una fortaleza construida por los musulmanes en los siglos VIII y IX y cuyas almenas se pueden recorrer también según suben y bajan por la montaña.

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Y al final, otro Palacio Real

Una vez visitados el Palacio da Pena y el Castelo dos Mouros y pateada parte de la montaña, nos queda un tercer premio que tengo la impresión de que pasa un poco más desapercibido frente a la originalidad y colorido del primero: el Palacio Real, ahora Nacional, de Sintra.

Mucho más antiguo que su rival en la cima de la montaña, aunque renovado, restaurado y ampliado en varias ocasiones a lo largo del tiempo, es un palacio mucho más tradicional y sobrio, pero no por ello deja de ser muy hermoso, con sus paredes llenas de historiados azulejos en blanco y azul como manda la tradición.

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Algunas de sus salas, como la de los escudos, son verdaderamente espectaculares, otras como la cocina –de la que parten las dos gigantescas chimeneas que le dan ese aspecto tan curioso desde el exterior– resultan llamativas e interesantes. En conjunto, además de lo bonito que era mucho de lo que vimos, recuerdo la visita como extremadamente placentera, tranquila, compartiendo el espacio con unos pocos turistas más, lejos, se diría que a mil kilómetros, de la marabunta del Palacio da Pena.

Pero como les decía, con más gente o con menos ese conjunto de los palacios, el Castelo y el entorno natural hacen de Sintra un lugar muy especial, una visita imprescindible y un tesoro tan portugués como el vino de Oporto o el fado. Si tienen la oportunidad, no se la pierdan.

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