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Cuba vs Hawái: 1959, el año que lo cambió todo

La revolución cubana triunfó y Fidel Castro implantó el comunismo en la isla caribeña. El archipiélago del Pacífico, en cambio, abrazó el capitalismo.

La revolución cubana triunfó y Fidel Castro implantó el comunismo en la isla caribeña. El archipiélago del Pacífico, en cambio, abrazó el capitalismo.
Calle de la Habana con un mural del Che. | EFE

Ricky Martin fue uno de los invitados sorpresa del espectáculo que tuvo lugar en el descanso de la última Super Bowl. El puertorriqueño se unió a su paisano Bad Bunny, para interpretar la canción protesta que éste hizo a su país: "Lo que le pasó a Hawái". Un tema que habla de la gentrificación y la pérdida de la identidad cultural a raíz de la anexión del archipiélago del Pacífico a Estados Unidos.

La crítica llegaba en un momento en el que la situación de Latinoamérica está en el punto de mira. La intervención de Estados Unidos en Venezuela, que comenzó con la captura del sátrapa venezolano Nicolás Maduro y su esposa, está cambiando el escenario geopolítico. No hay más que ver los movimientos de Gustavo Petro en Colombia o Daniel Ortega en Nicaragua. Y el 2026 podría ser el año del fin de la dictadura cubana.

La canción de Bad Bunny sataniza lo que ocurrió en Hawái. "Quieren quitarme el río y también la playa / Quieren al barrio mío y que tus hijos se vayan / No, no suelte' la bandera ni olvide' el lelolai", dice la letra de la canción. Pero no cabe duda de que más vale el ejemplo hawaiano que el cubano. Si tomamos como punto de partida el año 1959, cada país inició un nuevo camino: uno de la mano del capitalismo y el otro del comunismo. Veamos a dónde les llevó.

Hawái, el 50º estado de EEUU

El 21 de agosto de 1959, Hawái se convirtió oficialmente en el 50º estado de los Estados Unidos, tras la firma de una proclamación del presidente Dwight D. Eisenhower. Lo hizo con el respaldo de una mayoría abrumadora —el 94,3% de los votos— en el referéndum que se celebró el 27 de junio de ese año, en el que hubo un índice de participación del 90%, el más alto de su historia hasta ese momento.

El interés estratégico de Hawái para Estados Unidos es innegable. De hecho, llevaba décadas intentando anexionarse el archipiélago. El proceso lo inició el presidente William McKinley con la firma de una resolución conjunta que convertía al conjunto de islas en territorio estadounidense en 1898. Pero la oposición de la población indígena, que presentó diferentes iniciativas en contra, retrasó la incorporación.

Hawái tiene dos idiomas oficiales: el inglés y el hawaiano. Y es, por tanto, el único estado de los Estados Unidos que reconoce oficialmente una lengua indígena. No obstante, estuvo a punto de perderse. En 1990 cayó en desuso, pero se puso en marcha un plan gubernamental que lo reintrodujo en las escuelas y lo recuperó. Con la anexión se inició un proceso de transformación que ha tenido muchas luces pero también alguna sombra.

En cualquier caso, la balanza parece que se inclina del lado de la luz. El archipiélago, al que hoy conocemos por sus fiestas Luau, sus volcanes —el Kilauea y el Mauna Loa, son dos de los más activos del mundo—, sus playas paradisíacas —como la popular Waikiki, en Honolulú—, sus maravillosos acantilados y el sabroso poke, apenas recibía unos cientos de miles de visitantes al año (menos de medio millón) a finales de los años cincuenta.

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Carátula de la película 'Blue Hawaii'.

La población vivía fundamentalmente de las plantaciones de caña de azúcar y piña. Con su incorporación a los Estados Unidos de América, el turismo se convirtió en su principal motor económico de Hawái. Alrededor de 10 millones de personas visitan el país cada año, lo que se traduce en más de 20.000 millones de dólares. Entre otras cosas, fue gracias a la llegada de la aviación comercial y la imagen que proyectaban películas como ‘Blue Hawaii (Amor en Hawái, en España) de Elvis Presley en 1961.

La renta per cápita actual es de 65.000 anuales aproximadamente, según los datos del Bureau of Economic Analysis (BEA) de Estados Unidos, lo que le sitúa en la mitad de la tabla en el ranking de los 50 estados. Las críticas llegan por parte de quienes sufren las consecuencias de la gentrificación, aunque las autoridades locales trabajan para minimizar el impacto del turismo en el medioambiente y la población indígena.

La cuestión que sigue generando más discusiones es la que tiene que ver con la soberanía y derechos de los nativos. Aunque los avances en libertades y derechos civiles son innegables, especialmente en relación con la comunidad LGTBI. Tanto es así que Hawái fue uno de los primeros seis estados en despenalizar las relaciones homosexuales, en el año 1973.

Cuba, el infierno de la revolución

Cuando triunfa la revolución cubana y Fidel Castro llega al poder, el 1 de enero de 1959, el país caribeño estaba a la cabeza de Latinoamérica. Tenía uno de los PIB más altos del continente, pero también una de las mejores tasas de alfabetización —cerca del 80%— y de médicos por habitante —ocupaba la tercera posición del ranking—. Por otra parte, contaba con una estupenda red de carreteras y ferrocarriles. La Habana tuvo el primer tranvía eléctrico de Latinoamérica en el año 1900. Y si hablamos de tecnología, la isla ostentaba el primer lugar en la región y el quinto en el mundo en número de televisores por habitante.

La revolución transformó Cuba, que hasta ese momento se regía por un sistema de libre comercio, en un estado socialista. Esto se tradujo en expropiaciones y nacionalizaciones masivas. Primero despojaron de sus bienes a las personas vinculadas al derrocado Fulgencio Batista y después a todos los demás. Los castristas confiscaron las empresas extranjeras, pero también las propiedades de las familias adineradas de Cuba. Y se quedaron con la práctica totalidad de la superficie cultivable en la isla. Arrasaron con todo y, por supuesto, sin derecho a compensación alguna. El régimen acabó por completo con la propiedad privada.

Y así llegamos a la situación actual, en la que todo es del Estado. O, mejor dicho, del régimen. Desde los hoteles a las fábricas. La élite castrista lleva décadas llenando sus arcas mientras el país se cae a pedazos. Tanto que el turismo, una de las piedras angulares de su economía, ha caído estrepitosamente ante el deterioro de las infraestructuras y la calidad de los servicios. En 2025 registrará su peor dato de visitantes anuales desde 2002 (obviando el periodo de restricciones de la pandemia). Hace mucho que desapareció el país próspero y pionero de los años cincuenta. También el de las ‘jineteras’ que promovió Fidel cuando perdió el apoyo de Rusia en los años 90 y comenzó el mal llamado ‘Periodo Especial’ —la peor crisis de su historia hasta que llegó la actual—.

Cada vez son menos los que quieren pasar sus vacaciones entre apagones, basura y mosquitos, que es lo que había ya antes de que Donald Trump capturara a Nicolás Maduro y le cerrara el grifo del petróleo a la dictadura cubana. El pueblo lleva años padeciendo una crisis energética que el régimen no ha sido capaz de resolver, a pesar de los miles de barriles de crudo diarios que le ha estado regalando Venezuela y que vendía a Asia en lugar de usarlos para aliviar la situación de los cubanos. Los sanitarios —en las brigadas médicas— y otros profesionales —en las misiones de internacionalización— han sido obligados a salir a trabajar a otros países en condiciones de esclavitud para seguir contribuyendo a la riqueza de la dictadura.

A los cubanos, ni siquiera su esfuerzo y su trabajo les pertenecen. Los derechos y libertades individuales son inexistentes. Ejemplo de ellos son los más de 1.200 presos políticos que continúan en las cárceles en condiciones infrahumanas: sin alimentos, ni medicinas, ni higiene, bajo presiones y torturas. Muchos de ellos por participar de las protestas masivas pacíficas del 11 de julio de 2021, cuando el pueblo se echó a la calle para pedir una "Cuba Libre". Los que se mantienen firmes en sus convicciones dentro de la cárcel acaban siendo apaleados hasta muerte, o —en el mejor de los casos— invitados a marcharse al exilio —obligados bajo amenazas— si quieren proteger a sus familias.

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