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Antonio Robles

Cárceles de tela negra

Dime por quién te humillas y te diré quién eres.

Dime por quién te humillas y te diré quién eres.
Margarita Robles, ministra de Defensa. | EFE

Sería motivo de estudio indagar por qué nuestra prensa ha considerado a Margarita Robles como la única ministra moderada de este Gobierno Frankenstein. Quizás haya sido por aquello de que en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Pero no, porque la ex magistrada de la Audiencia Nacional de tuerta no tiene nada, es una persona preparada y capaz, con personalidad contrastada y criterio propio. No, no, no. Esta gaita no va de currículums y profesionalidad, sino de compromiso. Y Margarita, como Adriana Lastra, lo ha tenido con Pedro Sánchez desde que decidió convertir la política en una pira donde sacrificar cualquier institución, valor o persona con tal de seguir en el poder. Algo que contrasta con la imagen de una ministra celosa de nuestras instituciones, rodeada de militares y presta a servir a España.

Algo no cuadra. Ya en el 2000 la Fundación Sabino Arana del País Vasco la premió. El lehendakari Juan José Ibarretxe le entregó el galardón. Y Txema Montero resaltó de ella el haberse decidido a tomar el diálogo como "resolución política del conflicto vasco".

No todos los días el mundo abertzale premia a una magistrada de la Audiencia Nacional. "Algo habrá hecho", decían por entonces los cómplices de los etarras cuando caían asesinados los malos vascos con un tiro en la nuca. Pues eso, algún mérito tendría la magistrada Margarita Robles para merecer un premio que lleva el nombre del mayor racista vasco, Sabino Arana.

Albert Boadella rechazó la Creu de Sant Jordi de la Generalidad de Cataluña en 2004. El premio ni siquiera llevaba el nombre de un racista, pero el dramaturgo no quiso que le confundieran ni le utilizaran. Por lo que se ve, a Margarita Robles no le importó.

Algo no cuadra, sobre todo con esa imagen suya de servidora del Estado en contraste con la colaboración de su Gobierno en el blanqueamiento de Bildu, la concesión de indultos a los golpistas en contra del criterio del Tribunal Supremo, la complicidad con el incumplimiento de las sentencias del 25% de castellano en Cataluña, el control de la Fiscalía y de la Abogacía del Estado o la destitución/sustitución de la presidente del CNI en una rueda de prensa vergonzosa diseñada por filólogos achispados. Demasiados perfiles del Poder Judicial dañados por un Gobierno donde la ministra de Defensa es magistrada de profesión. Tantas tragaderas contrastan con su pavoneo de persona íntegra.

La semana pasada los talibanes de Afganistán volvieron a instaurar el burka. Las mujeres, recluidas nuevamente en cárceles de tela negra. O azul, qué más da de qué color es la cárcel. Debería ser un escándalo en el mundo entero, también en España.

Las cárceles de tela de los talibanes son físicas, las llevas contigo, te siguen a todas partes, te entierran en vida. Las cárceles que está generando la turba que sigue acríticamente a Pedro Sánchez son mentales, asumidas y beligerantes con los adversarios.

Las mujeres encarceladas por el burka aguantan el tormento, no les queda otra, las quieren sumisas. Una realidad aún más cruel después de haber vivido en libertad los últimos veinte años; sin embargo, la turba que sigue a este Gobierno de "mangantes" parecen satisfechas consintiendo las mentiras y atropellos de su macho alfa.

Es difícil asumir que aplaudan intervenciones como ésta: "Debe ser bastante frustrante el sentirse tan bueno y tan poco reconocido". A falta de argumentos, Pedro Sánchez arremetió contra Edmundo Bal a costa de humillar los valores democráticos que defendía. Es un macarra, mala persona y muy peligroso. Un miserable. El contraste entre la honestidad de uno y la macarrada del otro da cuenta del desprecio que siente el primero por las instituciones y los valores que las sustentan. Y Margarita sumisa. Dime por quién te humillas y te diré quién eres.

Ya sólo nos quedan las urnas.

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