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Antonio Robles

Vargas Llosa como síntoma

El atrevimiento del librepensador al subrayar que es importante votar bien nos permite reflexionar sobre la democracia en lugar de sacralizarla.

Antonio Robles
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Un desliz de Vargas Llosa digno del peor marxismo-leninismo ha provocado una ola de indignación entre los mayores detractores del liberalismo. Curiosamente, los mismos que consideran a la libertad la disculpa del capitalismo para impedir la igualdad social. Libertad burguesa, la catalogan para acabar con la libertad misma. ¿Libertad para qué?

Muy posiblemente Mario Vargas Llosa pretendió decir: "Lo importante en unas elecciones no solo es que haya libertad, sino votar bien". No pretendo corregir al Nobel, ni siquiera defenderle, su obra y su vida entregadas a la defensa de la libertad y la democracia se bastan y se sobran, sólo aprovechar el escándalo de sus detractores para remarcar dos imposturas de nuestro tiempo: la indignación moral sobreactuada y la sacralización de la democracia.

La primera es un recurso muy socorrido entre los políticos para hacer de una anécdota o un error puntual, categoría. Y de esa manera desacreditar al adversario. Dos ejemplos, el patinazo de Mario o el inoportuno "espectáculo maravilloso" de la ministra Reyes Maroto ante la fascinación del volcán, que la llevó a ignorar la tragedia, preocupada seguramente por un exceso de celo en su labor ministerial. Como seguramente le pasó a Mario al querer remarcar la responsabilidad del electorado en la deriva de los pueblos. Ni uno ni otra hubieran cometido ese error de haber mediado el sosiego.

En cualquier caso, el atrevimiento del librepensador al subrayar que es importante votar bien nos permite reflexionar sobre la democracia en lugar de sacralizarla. La demagogia del ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, al afirmar que "la ciudadanía no se equivoca nunca" le lleva a confundir el derecho a votar, que no se cuestiona, con el resultado empírico de la acción de votar.

No es nuevo lo que ahora dice el Nobel, ya lo sostenía en 2008 en la Venezuela de Hugo Chávez con duras palabras. Se declaraba entonces espantado por el "populismo y autoritarismo" en América Latina, una "ceguera" que revela que "a veces los pueblos se equivocan". Y "lo pagan caro".

La democracia puede ser el menos malo de los regímenes políticos, como sostenía Churchill, pero no es infalible. En determinadas circunstancias puede aupar al poder a los más ineptos e indeseables. Adolf Hitler es un ejemplo, lo cual no quiere decir en absoluto que deba abolirse, sino cuestionar sus fallos, plantear posibles soluciones e incorporarlas para fortalecerla.

La democracia no garantiza la verdad ni la justicia, solo impide que nos matemos. Que ya es mucho. Pero habríamos de buscar que nos proteja de nosotros mismos. El populismo es un cáncer que la falsifica y convierte la libertad es un espejismo. ¿Elige bien alguien que no distingue la información de la propaganda? ¿Elige bien quien se deja seducir por quienes le prometen lo que no generan ni garantizan? ¿Elige bien quien sólo atiende a sus derechos y se desentiende de sus deberes inducido por populistas cuyo objetivo es excitar sus emociones y deseos en lugar de advertirle con razones, que nada se logra en esta vida sin esfuerzo y responsabilidad? Decía Jean-Claude Juncker, expresidente del Consejo Europeo: "Sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos".

Platón diseñó un sistema de educación para los futuros gobernantes con el fin de seleccionar a los mejores. Y no se les permitía ejercer el poder hasta los 54 años, después de una vida dedicada a prepararse, previa renuncia a la propiedad, mujer e hijos propios para evitar la corrupción. Buscaba el gobierno de los mejores, técnica y moralmente. Su reminiscencia aristocrática, la del gobierno de los mejores. Karl Popper lo consideró el origen intelectual de todos los totalitarismos de Occidente. El debate sigue abierto.

A la luz de los estragos del populismo que Platón sufrió en su tiempo, no deberíamos echar en saco roto la advertencia del Nobel. Sin un pueblo advertido, informado y con criterio, la libertad siempre estará secuestrada por los demagogos. Esa peste empalagosa que sobreactúa y corrompe todo.

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