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Cristina Losada

¡España es un desastre!

No es cierto que sólo aquí pasen estas cosas. Tenerlo en cuenta no justifica los fallos. Señala que no se puede transformar cada incidente grave en una prueba de que 'estepaís' no tiene remedio.

Cristina Losada
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Cualquier mal suceso sirve en estos tiempos para concluir que España es un desastre. Hemos tenido, al respecto, más de un par de casos durante el verano. Los incendios y las Olimpiadas proporcionaron material para cebar el cuadro depresivo. No se hicieron comparaciones ni se consideraron atenuantes. Me sorprendió especialmente, quizá porque estaba fuera, el derrotismo ante los resultados de los deportistas españoles en Londres. Como si obtener medallas, ¡y de oro!, fuera lo más natural del mundo y no hubiera países, de mayores recursos, que regresaron a casa sin haber pisado el podio. Pues bien, el epílogo, y doloroso, de la temporada catastrófica ha venido en forma de error policial. El descubrimiento de que la policía científica se equivocó al analizar unos restos óseos relacionados con la desaparición de los niños Ruth y José despertó nuevamente el tópico: "Sólo aquí pasan estas cosas".

Por supuesto, "esas cosas" no pasan sólo aquí. Tenerlo en cuenta no justifica los fallos ni minimiza su efecto. Señala únicamente, aunque ya es mucho, que no es racional ni razonable transformar cada incidente grave en una prueba indubitada de que estepaís "no tiene remedio". Ciñéndome a la gestión del error, el ministro del Interior estuvo desacertado al tratar de contrarrestar la "indignación popular" (léase "en las redes sociales") quitándole importancia. Igual pretendía evitar un cuestionamiento drástico y global de la actuación de la policía, pero consiguió el efecto contrario. Hubiera podido defender la investigación, por lo demás impecable, y al tiempo anunciar una revisión de los procedimientos empleados. Conviene recordar, en cualquier caso, una obviedad: los técnicos, los peritos y los científicos no gozan del don de la infalibilidad y pueden equivocarse. Y, puestos a escandalizarse, ¿por qué no escandaliza, sino que se transmite con fruición, el acoso contra el acusado y sus padres?

El error en el caso Bretón es, como decía, un caso más entre otros que conforman un clima de opinión según el cual España es un enfermo incurable. Tal y como si padeciera algún trastorno exclusivo e incorregible, una patología de raíces imposibles de extirpar por estar profundamente hundidas en la Historia. Y ya que hablamos de ella: en la facilidad y la frecuencia con las que asoma la tendencia al hipercriticismo y la autoflagelación, sin duda propiciada por la situación económica, resuena el eco de la fase más amarga y pesimista del noventayochismo. Cuando Unamuno escribía de España como "un pantano de agua estancada", Baroja de "una sociedad de botarates y mequetrefes" y Azorín de un "parlamento atiborrado de vividores". Entonces fueron los intelectuales. Ahora, actualícese el lenguaje, hágase más coloquial, y tendremos algo parecido a lo que se vierte cada día, qué digo, cada minuto, en nuestras redes sociales. 

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