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Cristina Losada

Para espectáculo, América

Contra lo que dicta la primera impresión, la veta espectacular de los partidos norteamericanos no es tanto un signo de modernidad como una reliquia.

Cristina Losada
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Por huir de la sensación de calor y moscas de nuestro proceso de formación de Gobierno me pongo los vídeos de la Convención del partido Demócrata y disfruto del espectáculo. No hay duda. Quítense los pobres shows de nuestros diputados con camisetas reivindicativas, con bebés (¿qué se fizo del bebé de Bescansa esta vez?), con bicicletas (¿irán todos los días en bici a la Cámara o sólo el día que los sacan las cámaras de las teles) o con las clásicas fórmulas estrambóticas para prometer la Constitución. Quítese todo eso, porque es un ridículo quiero y no puedo comparado con las producciones de los auténticos profesionales. Los norteamericanos son los reyes del espectáculo y sus políticos también.

La convención Demócrata, más aún que la Republicana, ha sido un prodigio de espectáculo visual, perfectamente organizado, medido al milímetro para aprovechar cada minuto de cobertura televisiva, con un plantel de celebridades políticas y del espectáculo propiamente dicho (Meryl Streep, Alicia Keys, Paul Simon, Lenny Kravitz), que no pudo aburrir ni por un segundo a los miles de delegados reunidos en Filadelfia. Como buen espectáculo, la convención ha ofrecido un constante derroche de emociones y diversión, y si hay alguien que encarna esa fórmula de éxito es Obama, un orador extraordinario, entre otras cosas, porque domina como nadie al público: es capaz de estar lejos y cerca a la vez. Y tiene algo que decir, pequeño detalle.

Ningún congreso o conferencia de un partido europeo es comparable con estos gigantescos festivales políticos que son las convenciones de los dos grandes partidos norteamericanos. En ellas se perciben con toda nitidez las diferencias con la tradición política europea, incluida la británica, por si no fueran ya suficientemente visibles. Tradiciones, sí, porque en contra de lo que dicta la primera impresión, la veta espectacular de los partidos norteamericanos no es tanto un signo de modernidad como una reliquia. No viene de la adaptación de los viejos partidos a los nuevos usos, y en concreto, a los mediáticos, sino de un legado: la peculiar manera en que allí se generó el sistema de partidos.

Estados Unidos fue la primera democracia que amplió el derecho al voto y lo hizo antes de disponer de un Estado moderno, y este adelanto histórico, esa ampliación de la democracia previa a la modernización del Estado, obligó por un lado a desarrollar los partidos, que no estaban previstos en la Constitución, y por otro, condujo a los partidos a buscar la forma de llevar a sus seguidores a las urnas. Esa forma, tal como expone Francis Fukuyama en su Orden y decadencia de la política, fue el clientelismo. Cuando las elecciones dejaron de ser un asunto de las elites, la movilización de los nuevos votantes resultó más fácil de conseguir bajo la promesa de obtener beneficios personales que bajo las banderas más abstractas de los programas. De hecho “una de las razones por las que el socialismo nunca arraigó en Estados Unidos”, dice Fukuyama, "es que los republicanos y los demócratas captaban los votos de los norteamericanos de clase obrera ofreciéndoles recompensas a corto plazo, en lugar de cambios programáticos a largo plazo".

Movilizar a los votantes, gestionar el clientelismo, no son cosas tan sencillas y requieren organización. Había que contactar con los votantes individualmente o reclutar a agentes electorales que lo hicieran, organizar desfiles, marchas y concentraciones a favor del partido, y, naturalmente, repartir los favores, favores que podían ser desde empleos en Correos hasta pavos el Día de Acción de Gracias o cubos de carbón. Para poder hacer todo eso, los partidos se convirtieron en “máquinas políticas”, sobre todo, en las ciudades, como la famosa Tammany Hall de Nueva York, lideradas por jefes en muchos casos corruptos, pero que servían para organizar a los inmigrantes recientes y prestar servicios sociales que no brindaban otras instituciones.

El sistema clientelista norteamericano se reformó, no sin dificultades, gracias a la presión de las nuevas clases medias, y hace mucho tiempo que es historia. Pero de aquella época germinal han quedado unas formas de hacer política diferentes a las europeas: una política más personalizada, una política menos programática y más atenta a los intereses de los distintos grupos de votantes, y unos partidos que apenas tienen estructura, que son en sí mismos coaliciones y que constituyen auténticas máquinas electorales. Si antaño movilizaban a los votantes con desfiles y marchas, ahora los movilizan con espectáculos mucho más impresionantes. Las convenciones son uno de ellos, y uno de los raros momentos en que el partido aparece. Porque si en otras democracias, en los partidos hay vida, o algo parecido, fuera de la época electoral, allí el partido existe prácticamente sólo entonces. Incluso sólo hasta el instante en que decide quién va a ser su candidato presidencial.

Yo no sabría decir, ni tampoco querría, si el modus operandi de los partidos norteamericanos es mejor que el europeo. Es otro sistema, con sus propias luces y sombras, aunque esto sí diré: trasplantar un rasgo de un sistema a otro distinto, y me refiero a las primarias, tiene muchos más inconvenientes que ventajas. En cuanto al espectáculo, ahí no hay nada que hacer. Ellos son los profesionales y nosotros, los amateurs.

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